Ecos del Evangelio

7 julio, 2016 / Carmelitas
Jueves Santo

Aunque hoy Jueves Santo es el día de la institución de la Eucaristía, del sacerdocio y del amor fraterno, permitidme que este año me centre sobre todo en la Eucaristía, porque está siendo degradada, manipulada y falsificada por muchos cristianos. Y si no entendemos lo que significa la Eucaristía que Cristo instituyó, tampoco entenderemos lo que significa el sacerdocio y menos el amor fraterno.

1- La Eucaristía es una «comida». No un espectáculo para mirar ,ni un rito para oír, ni un decorado para una fiesta que me apetece y a la que acudo cuando me apetece .. Es, antes que nada, una mesa a la que somos invitados por el mismo Jesús para compartir su cuerpo entregado. Ya la primera Pascua fue comida (Primera Lectura), comida de primavera, del despertar de la nueva vida.

Y comer es participar juntos de la misma empresa, de idénticos sentimientos, «comiendo» el mismo pan de la existencia compartida. Los cristianos comemos el cuerpo de Cristo, cuerpo «entregado», y bebemos su sangre «derramada». Eso significa hacer nuestro al Cristo que se da por los hermanos, comprometiéndonos en ese gesto a ser otros Cristos, otros panes que alimentan al hermano necesitado. Haber si se quiere entender de una vez

2- La Eucaristía no es un gesto romántico; es mucho más que «recibir a Jesús en el corazón». Es comprometerse a vivir con sus sentimientos, poniendo toda nuestra existencia al servicio de la comunidad. No podemos comulgar con cualquier Jesús, sino con “este” Jesús: entregado -derramado-, el mismo que muere en la cruz.

Ya es hora de acabar con la misa espectáculo a la que se asiste de vez en cuando, la misa obligación, la misa tradición, la misa de caras largas y silenciosas. Misas sin saludos, sin comunicación, sin alegría, sin gestos espontáneos, sin participación sincera. Nada de eso significa la Eucaristía que Cristo instituyó, sino una adulteración de la misma .La celebración eucarística, «fiesta memorable», es el mejor índice de nuestro espíritu comunitario.

3-La Eucaristía, por eso mismo, es un desafío y una exigencia: no se puede celebrar lo que no se vive durante la semana; no se puede compartir nada si se mira para otro lado ante los demás miembros de la comunidad.¿Como va a haber interés por reunirse para hacer algo juntos, si se es indiferente ante los problemas de la comunidad cristina y humana?.Por eso para muchos la Eucaristía es un ratito pietista, personal e intimista.

¿Por que creéis que el evangelista Juan es el único que no narra la institución de la Eucaristía, colocando en su lugar el conocido episodio del lavatorio de los pies? Pues porque Juan intuye el drama de una comunidad que se queda con el rito desprovisto de sentido. Que es lo que muchos están. Por eso mismo en muchos lugares no existe comunidad cristiana.

4- La Eucaristía debe transformar a la personas y a la comunidad ¡Cuántas misas celebramos durante nuestra vida…! Pero, ¿qué cambio se produce en las personas? La Eucaristía, según Juan, no termina en el templo. Allí comienza, y desde allí se prolonga en la jornada diaria en la que cada cristiano debe interpretar su papel como un servicio a los hermanos. Pedro se opone a ser lavado por Jesús, porque Pedro -es decir, la Iglesia- se resiste a lavar los pies a sus hermanos; se opone al camino de la cruz y sólo piensa en el poder, en el «status», en la cómoda posición. Y lo de Pedro es lo que se ve en no pocas comunidades: personalismos, guetos y personas que son como gurús que se creen amos, sabihondos y señores de la comunidad.

5- Con la Eucaristía Jesús, en cambio, quiere una iglesia, una parroquia, una comunidad, como algo simple, humilde, sin nada para sí misma, preocupada por los otros; sin nada que suene a miedo, a imposiciones, a autoritarismos. Y la comunidad que se resiste como Pedro, que quiere ser más que el Maestro y el Señor, que necesita del lujo, de la riqueza, de tratamientos preferenciales; que distingue entre el rico y el pobre; que teme ensuciarse con el pueblo; que calla ante las injusticias; que se esconde cuando otros se la juegan. Una comunidad que «no quiere comprender el gesto de Jesús porque compromete», decidme a que queda reducida.

Pues la respuesta de Cristo a Pedro, el representante de los que se conforman con un ratito de ritos y después hasta la semana que viene, es tajante: «No tienes nada que ver conmigo.» Podremos fabricar apariencias de iglesia, apariencias de cristianos, sacerdotes o pastores; pero el camino está trazado con rumbo claro: «como yo hice con vosotros, así vosotros debéis hacer».

6-La Eucaristía de Jesús en el Jueves Santo nos exige una reforma interior y urgente. Jesús le dio una forma interna a su comunidad, la forma servidora de la humanidad, despojada de las riquezas y de sus apariencias, de todo modo altanero de pensar y actuar; capaz de vivir en un trato sencillo, sereno, libre; más preocupada por los problemas de la gente que por sus cuestiones internas; de rodillas ante el necesitado, el angustiado, el indefenso, el oprimido. Y eso hay que recuperarlo si la Iglesia quiere ser la de Cristo.

Paradoja de la libertad cristiana: al despojarnos totalmente de nosotros mismos para transformarnos en sirvientes de la familia humana, adquirimos la libertad que da el amor; libertad para dar, para hacer crecer, para construir.

7-La Eucaristía y comulgar no es el gesto de personas inocentes e ingenuos o de personas que se refugian en el templo para cubrir su soledad afectiva…; es el gesto de personas valientes, arriesgadas, heroicas, que se la juegan día a día para levantar a la comunidad caída.

Celebrar la Eucaristía le costó a Jesús la vida, y a los apóstoles la persecución y el oprobio. ¡Eran temibles aquellos hombres que comían juntos al Cristo-esclavo- de los-hombres…! Con razón los judíos calificaron de «duro» el lenguaje de Jesús cuando les habló de comer su cuerpo. Y ahora lo comprendemos mejor: se nos pide arrodillarnos ante el hermano cualquiera que sea, para compartir sus necesidades aunque nos repugne su situación, en un gesto que nada nos debe reportar, quizá ni siquiera el que nos den las «gracias».

La Eucaristía, por tanto, no es el rito individualista al que estamos acostumbrados, no es comulgar «para mí»; es un gesto de alcances históricos, que rebasa ampliamente los límites del templo y los de la propia comunidad. La primera Pascua urgió a todo un pueblo a romper sus cadenas, a lanzarse al desierto para reconquistar su libertad perdida y entrar así, como pueblo nuevo, en la tierra prometida.

¿Qué alcances históricos tienen hoy nuestras eucaristías? En la Ultima Cena, Jesús tuvo presente al mundo, el de su época y el de todos los tiempos. Y por todo ese mundo dio su vida, en un gesto libre aunque doloroso, transformando su corazón -como lo recuerda Juan- en una fuente de la que mana la sangre de la vida y el agua del nuevo Espíritu. Por eso el mismo Jesús nos pide celebrar la Eucaristía «hasta que él vuelva», es decir, hasta que la Pascua sea una realidad universal.

¡Qué lejos está la Eucaristía que Cristo instituyó, del romanticismo inocuo de tantas misas! La Eucaristía nació cuando Jesús «antes de la Pascua, sabiendo que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo…». Fue aquél un momento dramático, cuando el pueblo soñaba con su libertad, cuando los enemigos maquinaban en las tinieblas. Fue un acto tenso, pleno de sentimientos, en el que el amor intentó adquirir su máxima dimensión. Fue el juramento de quienes comían «con prisa, porque era la Pascua, el Paso del Señor.

Quizá no exista en el cristianismo un gesto tan maltrecho y rutinario como la Misa. Es triste que a esto hayan reducido muchos lo que Jesús consideró como el gesto más comprometido y revolucionario de todo su mensaje, al que invitó a hombres sumamente politizados y preocupados por el destino de su pueblo sometido constantemente.

Y aquellos hombres -todos ellos trabajadores de diferentes profesiones- supieron finalmente comprender que la Eucaristía era el signo de una realidad nueva que ya estaba en marcha: la comunidad universal de los hombres de todas las razas y lenguas, sentados a la misma mesa de la libertad, tratados con el mismo respeto y dignidad, conscientes todos de un compromiso histórico irrenunciable.

Si Bécquer decía que «los suspiros son aire y van al aire», también muchos signos cristianos y entre ellos la Eucaristía, pueden quedarse en meras «señales», en puro escorzo y silueta vacía. Y, por muy elocuentes que sean, podrían convertirse en nada, en «campana que suena». Y por desgracia en eso se han quedado para no pocos

Por todo lo dicho no os extrañe que S. Juan no nos narre la institución de la Eucaristía sino sus consecuencias. Porque nos quiere hacer una advertencia clara y contundente. Es como si dijera: «De nada vale que os alimentéis con el Cuerpo del Señor, si no estáis dispuestos a lavar los pies a los más necesitados». De nada valen las eucaristías sin su proyección a la vida. Toda la liturgia se convierte entonces en un gesto vacío, si no está encarnada en un decidido y concreto amor al prójimo.

Lo que hace Jesús, el Maestro y el Señor el jueves Santo, es válido para todos y para todo tiempo. Jesús no es Señor por imposición alguna. Y el servicio que se desprende de la Eucaristía no nace del sentido del deber, sino de la espontaneidad del amor.

Así que hoy toca que cada uno repase su manera de amar y entenderá sin duda si la Eucaristía que celebra es la misma que instituyó Cristo o es la que él se ha querido inventar para tranquilizar su conciencia.

 

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