Ecos del Evangelio

31 marzo, 2021 / Carmelitas
JUEVES SANTO CICLO B 2021

«Este es mi Cuerpo y

mi Sangre derramada por vosotros»

 

 

«Si quieres decirle algo importante a quien más quieres, díselo en una mesa”. Este adagio, el Jueves Santo, toma cuerpo y forma en Jesús. Alrededor de una mesa les dijo a los doce, que eran hermanos. A los pies de la mesa, con sus manos, les indicó que el servicio era el carnet de identidad de los cristianos. Y sobre la mesa, les inmortalizó en Sacramento, algo que en principio no llegaron a entender: «esto es mi Cuerpo y mi Sangre derramada por vosotros»

 

Hoy, en esta mesa de nuestra parroquia, Jesús también nos dice -a nosotros cristianos del siglo XXI- algo esencial y tan importante como entonces: sigue estando presente, vivo, fraterno y sacerdotalmente entregado en nosotros. ¿Llegaremos a entender la belleza (incluso estética) que guarda este cenáculo del Jueves Santo?

 

Hoy aquí, también Jueves Santo, el Señor, y también alrededor de una mesa, comienza a dejarnos etapas apasionantes y sangrientas de su existencia, de su paso entre nosotros.

 

Hoy aquí, con los colores de la Eucaristía, de la fraternidad y el sacerdocio, el Señor nos marca un camino: no podemos vivir sin este Misterio que es manjar pero, tampoco, sin buscarnos los unos a los otros con un objetivo: ayudarnos sin límite. Aunque a veces pese y, ese servicio, se nos haga pesado.

 

Ahora, en torno a una mesa, el Señor se nos hace confidente. Nos anuncia horas amargas.
Sabe que, los que estamos participando de su Cuerpo y de su Sangre, podemos darle la espalda al salir de este momento de intimidad y de sacramento.

Sabe, que aun diciéndole que compartimos con Él todo lo que nos trae, le seremos infieles, lo mismo, que cuando rompemos con algo y con alguien que nos rodea.

Sabe que aunque el Pan del Cielo nos hace valientes y decididos, también alrededor de la mesa, continúan existiendo quienes lo negaran como Pedro, o como Judas lo traicionarán.

Sabe que aunque se queda con nosotros en la Eucaristía hasta que Él vuelva, para darnos y enseñarnos un amor humilde y sin farsa (nos costará darlo), y una fraternidad sin limites (la disfrazaremos muchas veces).

 

 

 

ES AHORA, en Jueves Santo, cuando vemos los quilates del amor divino. Desciende Dios para que, nosotros, no nos olvidemos de buscar, cuidar y dignificar a tanta gente, que están también alrededor de mesas pero mesas muy diferentes: mesas opulentas, indiferentes, frías o interesadas.

 

¿Seremos capaces? ¿No correremos el riesgo de anhelar ser servidos antes que servir? Examen de conciencia hoy para todos: para nosotros los sacerdotes y, también para vosotros cristianos de a pie. Que, el servir, no es algo exclusivo de los consagrados sino algo esencial de todo cristiano.

 

Como sacerdote sé…

Que, un sacerdocio sin obras, son palabras que se lleva el viento.

Que una entrega clavada y escrita en discursos, exige como broche de oro el amor, porque un verdadero amor, es sacrificio, sufrimiento, pasión, y no pocas veces incomprensión e incluso rechazo.

Que, si digo ser de Cristo, he de descender a la realidad del que llora, o al que desde la pobreza añora una mano amiga.

Que he de derramar el agua de mi tiempo cuando, la soledad que a tantos atenaza, reclame mi atención, mi presencia o mi consejo.

Que he de enjugar con las lágrimas de mi compasión, a los peregrinos que por el camino de la vida han perdido el norte de sus almas.

Que he de caer a vuestros pies con la toalla de mi comprensión y con la jofaina de la oración.

Que me he de inclinar a tantos pies dolientes y esculpidos por las cruces de la vida.

Que he de dirigir mis ojos, mis manos y mi corazón a tanta gente, para ver en ellos el rostro de Cristo: mis ojos, para infundirles la luz de Cristo; mis manos, para ser testigo de la fe y del Evangelio, y mi corazón, para no quedar disfrazado en palabras.

Por todas la razones anteriores y muchas mas, el Señor, con la institución de la Eucaristía y con el lavatorio de pies, quiso dejarles bien claro a los apóstoles y a todos nosotros, sacerdotes y feligreses que un amor que no sirve, no sirve para nada.

 

 

Tu amor, Señor, el que nos das sin limites, es un amor de locos de remate, pero es el único digno de recibir y de trasmitir. Los demás amores, son todos con fecha de caducidad y por desgracia, ¡que caducidad tan corta!

 

¡Cuantas cosas nos evoca el Jueves Santo!

Que el amor, es lo más grande que podemos dar.

Que el amor, es lo más grande que te podemos ofrecer.

Que el amor, más que todo, será lo que dirá si somos amigos tuyos de verdad.

Que con este pan, con cierto sabor amargo, comprendemos que hay que morir cuando se quiere vivir.

Que comprendamos que hay que servir, cuando se quiere ser feliz.

Que adivinemos que, si Tú estás de rodillas, no podremos nosotros estar siempre de pie.

 

 

Y, mirándonos a los ojos, nos dices que te vas. Que te vas pero que, un día, volveremos a verte. Y, que precisamente por eso, esta cena será para nosotros un memorial de tu pasión, muerte y resurrección por salvarnos.

Y, nos permites que, en esta mesa, nos acomodemos hombres y mujeres débiles. Hombres y mujeres con contradicciones. Hombres y mujeres que, a la vuelta de la esquina, diremos no conocerte.

Y nos has querido preparar esta cena porque bien sabes, que necesitaremos de su fuerza para seguir en la brecha. Para amar, cuando nos avasalle el odio. Para entregarnos, cuando nos acorrale el egoísmo. Para escuchar tu Palabra, cuando nos inunden los ruidos del mundo.

 

En unos minutos, tan solo en unos minutos, Jesús ha revolucionado el mundo de lo religioso. La autoridad, el culto, la institución…, tienen sentido si sirven para que el hombre crezca y la sociedad se transforme. Con aquel signo explicaba: la consecuencia de la Eucaristía que había instituido, la autoridad del sacerdocio y el significado del mandamiento nuevo; todo ello instituido para SERVIR Y ENTREGARSE A LOS DEMÁS ¿Por que se ha querido ahogar esta revolución, la única verdadera? Naturalmente por mantener el chiringuito y las prebendas, propias de los cesares mundanos eclesiásticos, pero no de Cristo. Si, ha llegado la hora, ha llegado la hora de decir la verdad y toda la verdad.

 

Por todo ello, te confieso Señor, que tengo, miedo, no miedo de los cesares mundanos, sino de:

De no amar a Dios como Tú Señor lo amas.

De no servirle como Tú Señor lo haces.

De no buscarle por los caminos por lo que Tú Señor me invitas a seguirte.

Digo amar a Dios….y me amo a mi mismo.

Digo entregarme a Dios…y me busco a mi mismo.

Digo soñar con Dios….y pienso en mi propio paraíso.

 

 

Por eso…

Ayúdame, Señor, a descubrirlo. A que, lo único y trascendente sea brindar a Dios mi existencia y mi adoración, mis ilusiones y mis esperanzas, mi compromiso y mis anhelos de fraternidad.

Ayúdame, Señor, a que tus mandamientos sean los míos. Que no sean sólo ley, sino convencimiento. Que no sean letra impresa, sino corazón abierto. Que te ame no por obligación y sí por necesidad de Ti.

Ayúdame, Jesús, a combatir el buen combate de la fe.

Ayúdame a defender mi fe y mi esperanza.

Ayúdame a no esconder mi rostro cuando el enemigo me pregunte si yo tengo algo que ver contigo.

 

En definitiva, no permitas que mi vida, ni la de mis feligreses se separe de la Eucaristía, ni la Eucaristía de nuestra vida, porque de lo contrario nos llegará la perdición.

 

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