Ecos del Evangelio

28 marzo, 2018 / Carmelitas
JUEVES SANTO. CICLO B. 29 DE MARZO 2018

 

DE LA SAGRADA ESCRITURA DE LA LITURGIA EUCARÍSTICA DE ESTE DÍA.

“Les doy un mandamiento nuevo, dice el Señor, que se amen los unos a los otros, como Yo los he amado” 

 

“Jesús se levantó, se quitó sus vestiduras y tomando una toalla, se la ciño, luego puso agua en y comenzó a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido”. El hijo de Dios, siendo el Señor, se muestra como el servidor de los servidores, el Señor se inclina a lavar los pies de sus siervos con la delicadeza y amor que le identifica, dejándonos así ejemplo de humildad y sencillez de trato con el hermano. Jesús no solo enseña sino que pide, sí de verdad se le acepta como el “Maestro o el Señor, a que continuemos repitiendo este acto de amor “os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.”

 

Misterio de amor y de humildad es la que nos muestra el Maestro en esta escena del evangelio de San Juan, es tan sencillo salir al encuentro del otro cuando dejamos atrás el amor propio, el egoísmo, el afán de protagonismo y nos “ceñimos a la cintura”, la humildad y el amor de Jesús por los suyos.

 

Este es uno de los tres regalos que nos deja Jesús en este día, el de la FRATERNIDAD. Al abajarnos a ser servidores, lavar los pies del más necesitado, los que están cerca o lejos, se da cumplimiento al mandato primordial que lleva a alcanzar la santidad “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo”.

Aun sabiendo que están fácil alcanzar el Reino somos tan duros de corazón, que no dejamos que actué el Espíritu del Señor en nuestro ser, por eso necesitamos preguntarnos ¿Cómo hacer que el mandato de Dios triunfe en el corazón del hombre?

 

Hoy al proclamar la lectura de la Carta de San Pablo a los Corintios, recordamos la cena del Señor con los suyos, momento en que Jesús “se parte, se reparte y comparte, perpetuando su sacrificio en la Cruz”. Hacemos memoria de aquel acto de amor en que Cristo se entrega por completo a sus discípulos al tomar el pan y el vino entre sus manos y dirá: “cada vez que comáis de este pan y bebáis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva”, instituye LA EUCARISTÍA. Cristo Jesús entrega su Cuerpo en el pan y su Sangre en el vino, he aquí dos elementos primordiales que constituyen la vida espiritual de la Iglesia, de nosotros los creyentes. La Eucaristía es el centro de todos los sacramentos donde Cristo se queda para siempre su esposa la Iglesia. Afortunados nosotros, ya que Cristo se nos da como alimento que perdura hasta la vida eterna.

 

Con todo ello, caemos en la cuenta que, la Eucaristía no se podría celebrar si en la comunidad de creyentes no hubiera hombres que perpetuaran la presencia de Cristo, por eso, nos deja el gran regalo del SACERDOCIO. Hombres de carne y hueso son elegidos por Dios para ser “otros Cristos” que se configuran y representan a Cristo, que es Cabeza y Pastor de su Iglesia y les deja este compromiso “vosotros también hacerlo en memoria mía”. Seres humanos llamados a configurarse con Cristo, para ser sus servidores, hacer realidad la presencia de Cristo en la Iglesia y hacer presente el Reino con la palabra y el testimonio.

 

Con la celebración de la Santa Cena, se inicia el triduo pascual que nos lleva a contemplar en silencio absoluto los momentos de más sufrimiento de Cristo. Jesús, después de la alegría del encuentro con los suyos, se retira a orar y en aquella noche oscura llega el abandono y la soledad, la traición y el maltrato, que culmina con la muerte.

La fe nos dice que desde este acontecimiento estamos invitados a esperar un nuevo paso de Dios entre los hombres, esperar una nueva Pascua donde celebraremos por siempre “la Fiesta del Señor”.

 

 

OREMOS.
Señor entra dentro de nuestro ser, transfórmalo y has que busquemos siempre lavar los pies de nuestros hermanos, que la comprensión, la escucha, el perdón, la verdad, la sinceridad, los sacramentos y la oración, sean el rescoldo que queda en el corazón del hombre, que sea capaz de avivar hoy tu amor y prenda fuego que devore lo viejo y caduco, que dé paso a una transformación “en hombres nuevos”.

Como en aquellos días, Yo quiero hoy celebrar tu presencia en el Banquete Eucarístico, hacer realidad tu “mandato de amarnos como tú nos has amado” y trabajar para lograr de un mundo más humano. Que María del silencio y la soledad nos ayude a descubrirte como nuestro único baluarte en el caminar hacia Ti y con la gracia del Espíritu Santo alcancemos una vida nueva en ti, Señor.

 

Hna. Glorena Ricardo Machuca CSJ

 

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