Ecos del Evangelio

22 mayo, 2020 / Carmelitas
LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR CICLO A 2020

 

Con la Ascensión comienza para los seguidores de Cristo la hora de la verdad. Es decir, la hora de celebrar, de vivir y de llevar al mundo la Gran Noticia. Es la hora de acabar con la pandemia anti-espiritual (por acción o por omisión), que asola a muchos cristianos, y no digamos ya a nuestra sociedad y al mundo.

 

-“Id y haced discípulos”. Ese es el encargo. Pero antes, hay que salir de confinamiento pagano de no pocos cristianos. Del despiste, de la rutina y del si me apatece, en que tienen instalada su fe, para poder ir a los demás.

 

Porque somos Iglesia, y la Iglesia no es un club de amigos, sino una realidad de amor que hay que llevar a todos: a los pobres, a los enfermos, a los marginados, a los pecadores, incluso a los enemigos. Hay que ayudar a la gente a descubrir en la vida la huella de Dios, pero antes hay que sacudirse del confinamiento voluntario en que muchos tienen la fe.

 

Los Apóstoles, después de la angustia del Viernes Santo, debían vivir gozosos los días siguientes a la Resurrección disfrutando de la presencia del Señor. Pero no se puede vivir de nostalgias. Aquellos hombres no estaban llamados solo para estar siempre sentados alrededor del Maestro, oyéndole y comiendo con Él y teniéndole como escudo para cualquier problema.

 

Todo lo que habían vivido, lo que habían oído, lo que habían presenciado, todo lo que se les prometía, no les era dado para ellos solos, ni para que lo guardaran en el fondo de su corazón o en su memoria, sino para que lo transmitieran a los hombres, a todos los hombres. Y para ello tenían que estar al lado de los hombres compartiendo con ellos el día a día de la vida.

 

Por eso, de ninguna manera se puede concebir a un cristiano viviendo confinado su fe, al margen de los hombres. Hay que ir al mundo. Y además Cristo nos dice para qué hemos de ir: para hacer discípulos. Atención a la palabra discípulos y démosle el sentido que tiene, el que le dio Cristo.

 

Prosélitos hacían los fariseos, y en su fanatismo eran capaces de recorrer el mar para conseguir un solo prosélito. Pero cuando lo conseguían, convertían a la persona en un ser desgraciado, agobiado con las pesadas cargas que echaban sobre sus hombros. Los convertían en autómatas, robots, gente encasillada, reprimida y sin personalidad. Y a lo que parece aun no han desaparecido.

 

El Señor no quiere prosélitos, sino discípulos, personas que, como Él…

 

digan y lo hagan, que hay que ocupar los últimos puestos y los ocupen;

digan y lo hagan, que hay que servir a los hombres y que los sirvan de verdad;

que digan que Dios es amor y se lo crean y lo vivan;

que digan que hay que perdonar y perdonen;

que digan que los pobres y los que sufren y los que no saben son los preferidos de Dios y sean también sus preferidos.

 

 

De ahí que los cristianos no seremos eficaces, si no somos capaces, individual y colectivamente (como Iglesia) de vivir lo que decimos creer. Es fundamental adquirir ese estilo de vida, si queremos cumplir fielmente el mandato del Señor que hoy nos recuerda de forma muy explicita el Evangelio.

 

Y para que podamos cumplirlo, el propio Evangelio recoge hoy una espléndida promesa de Cristo: «Y sabed que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». Es una promesa que deberíamos recordar «todos los días». El que manda a los suyos al mundo con la misión de descubrir a Dios, no es ningún muerto ni un gran ausente, es un ser vivo que está respirando al lado de cada uno de los suyos, todos los días. Sí, no estamos solos. No, estamos huérfanos. Es importante que nos creamos esto y que lo vivamos, porque ahí radicará nuestra fuerza.

 

 

Por tanto no cabe el miedo en nuestra misión: digo esto, porque echando una mirada al mundo, a la sociedad que nos ha tocado vivir, quizás sintamos la tentación de abandonar, y refugiarnos en nuestros cuarteles de invierno, ante el desaliento o la impotencia que muchas veces sentimos. Si de verdad creemos que a nuestro lado, participando de nuestras dudas, decisiones, avances y retrocesos está Cristo vivo, no cabe ni encerrarnos ni callar.

 

En este Día de la Ascensión hemos de revisar, cómo llevamos a cabo el mandato de ir al mundo. Si; revisemos el cristianismo cómodo, de fin de semana, rutinario y muchas veces indiferente que se ha instalado en este occidente nuestro y que nada tiene que ver con el evangelio.

 

El mundo nuestro, a pesar de sus ampulosas declaraciones, y sus risotadas, está falto de la voz que le lleve el eco de Cristo y le haga reaccionar ante tanta promesa incumplida, tanto deseo insatisfecho, tanto manipulador y tanta mentira

 

-¿Qué podemos hacer? Esa es siempre la gran pregunta. Pero esa es también, a veces, la gran coartada para no hacer nada y justificar el quedarse encerrados entre las cuatro paredes de una iglesia. Jesús no nos abandona. Con su Espíritu no tenemos nada que temer. Dejemos que se exprese libremente en nuestra vida.

 

Y la Iglesia además de maestra debe ser madre, que nos ayude encauzar nuestras iniciativas y encontrar aliento en nuestros esfuerzos. Cualquier estructura y organización eclesial debe ser vehículo que canalice los esfuerzos y anhelos de la gente. No podemos hacer todos todo, pero entre todos, podemos hacer todo lo que Jesús nos ha encomendado. Ese es el papel de la Iglesia y no otro.

 

Y lo vuelvo a repetir: Jesús no es un difunto. Es alguien vivo que ahora mismo está presente en el corazón de la historia y en nuestras propias vidas. No hemos de olvidar que ser cristiano no es admirar a un personaje del pasado. Jesús y su mensaje están más vivo que nunca. La cuestión está en si nuestro testimonio es fiel para poder aportar al mundo alguna luz en el momento presente, ante tanta oscuridad, desorientación y manipulación a la que asistimos.

 

No nos está permitido el desaliento.

 

No puede haber lugar para la desesperanza. Claro que la fe no nos dispensa del sufrimiento ni hace que las cosas resulten más fáciles. Pero es el gran secreto que nos hace caminar día a día llenos de vida, de ternura y esperanza.

No podemos quedarnos mirando al cielo cuando hay tanto que hacer en la tierra.

No podemos rezar «venga a nosotros tu Reino», si no ponemos nuestro esfuerzo para que la sociedad cambie.

No podemos esperar «un cielo nuevo y una tierra nueva», si no hacemos algo por conseguirlo.

No podemos «quedarnos ahí plantados mirando al cielo». O mejor tendremos que «mirar al cielo y a la tierra» a la vez. Al cielo, para «escuchar la palabra» que tenemos que transmitir. Y a la tierra, para acertar con eficacia en el camino.

 

Al final de la vida lo único que cuenta es lo hayamos hecho por Dios en nuestros hermanos.

 

Gastarnos por Dios y por nuestros hermanos en Dios, es lo único razonable y seguro. Todo lo demás es consumir tiempo pero perder la vida, y por supuesto, privarnos de nuestra propia Ascensión.

 

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