Ecos del Evangelio

10 mayo, 2018 / Carmelitas
LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR CICLO B 2018

 

“SUBIÓ A LOS CIELOS PARA LLENARLO TODO CON SU PRESENCIA”

 

Hay acontecimientos en la vida de las personas que transforman su condición, su situación. El matrimonio convierte al soltero en casado, el último aprobado hace de uno un profesional, la ordenación le convierte en sacerdote, el nacimiento del primer hijo da origen a unos padres…

 

En la vida de Jesús también hay un momento clave, de transformación, un momento en el que Jesús pasa a ser reconocido y proclamado como EL SEÑOR, Señor de un nuevo mundo, de una nueva humanidad. Y los discípulos van a ser enviados a todos los rincones del mundo para que esa novedad se haga realidad. Ese momento es la Ascensión. Pero hemos de entender bien lo que significa la Ascensión y no quedarnos en un concepto simplemente material de la misma, porque si es así, no hemos entendido nada.

 

Ascensión -para muchos aun significa literalmente- como subida material de Jesús al cielo, y con semejante comprensión de esta fiesta, lo único que se conseguía era crear una gran confusión. La mentalidad occidental, bastante plana es este aspecto, está poco acostumbrada a las metáforas, tan habituales en la mentalidad oriental, y cuando se encuentra ante ellas, le cuesta eludir la tentación de tomarlas al pie de la letra.

 

En la Ascensión no se da una partida que da lugar a una despedida; es una desaparición física que da lugar a una presencia distinta, mas intima. Me explico: Jesús no se va, deja de ser visible físicamente. En la Ascensión Cristo no nos dejó huérfanos, sino que se instaló más definitivamente entre nosotros con otras formas de presencia.

 

¿Si se hubiera ido como nos dice: “Yo estaré siempre con vosotros hasta la consumación de los siglos”?. Así lo había prometido y así lo cumplió. Por la Ascensión Cristo no se fue a otro lugar, sino que entró en la plenitud de su Padre como Dios y como hombre. Y precisamente por eso se puso más que nunca en relación con cada uno de nosotros. Por eso es muy importante entender qué queremos decir cuando afirmamos que Jesús se fue al cielo o que está sentado a la derecha de Dios Padre.

 

La única manera de convertir la Ascensión en una fiesta es comprender a fondo la diferencia radical que existe entre una “desaparición y una partida.

 

 

Una partida da lugar a una ausencia. En cambio, dejar de verle físicamente inaugura una presencia oculta. Por la Ascensión Cristo se hizo invisible físicamente: entra en la participación de la omnipotencia del Padre, fue plenamente glorificado, exaltado, espiritualizado en su humanidad.
Y debido a esto, se halla más que nunca en relación con cada uno de nosotros. Si la Ascensión fuera el adiós de Cristo deberíamos entristecernos y echarlo de menos. Pero, afortunadamente, no es así. Cristo permanece con nosotros “siempre hasta la consumación del mundo, pero de una manera diferente a como estaba antes de morir”.

 

 

“Encielar” a Cristo es como desterrarlo, es perderlo. Su ascensión es una ascensión en poder, en eficacia, y por tanto, una intensificación de su presencia, como así lo atestigua la Eucaristía. No es una ascensión local, cuyo resultado sólo sería un alejamiento.

 

En la Biblia, la palabra cielo no designa propiamente un lugar: es un símbolo para expresar la grandeza de Dios. San Pablo dice: “subió a los cielos para llenarlo todo con su presencia”, es decir, alcanzó una eficacia infinita que le permitía llenarlo todo con su presencia.

 

Pero lo importante es enterarnos de lo que significa la Ascensión en nuestra vida. Y lo que significa es que Jesús nos pasa el relevo a nosotros, sus discípulos. «El Señor Jesús ascendió al cielo, y los discípulos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes».

 

¿Qué proclamaron? Proclamaron un mundo nuevo, maravilloso y delirante que no sólo era un sueño sino una posibilidad real. Si el crucificado había resucitado de entre los muertos y había sido constituido Señor del universo, ¿qué puede haber imposible? Nada, absolutamente nada. Si un hombre es Dios, ¿qué puede haber imposible? Nada, absolutamente nada. Todo es posible porque a nada hay miedo; todo es posible porque hasta la muerte ha sido derrotada. La utopía es posible, el amor es posible, la fraternidad es posible, la justicia es posible.

 

Lo que pasa es que tenemos que superar el miedo y creérnoslo. Lo malo es que, ante este reino, ante esta utopía, decimos “Sí, pero…” y el miedo nos puede, nos vence. «Echarán demonios, hablarán lenguas nuevas, beberán venenos sin que les haga daño, curarán enfermos imponiendo las manos…» Y pensamos que es demasiado bonito para ser realidad. Nos parecen buenos deseos, y nada más: demasiado bello.

 

Nos asustamos, nos echamos para atrás. Y hay cristianos tan inconscientes que prefieren aferrarse a su pobre, vulgar y dolorosa realidad, antes que ponerse en manos de Dios, que es, sin embargo, mucho más seguro que todas nuestras seguridades. ¿Por qué extrañarnos, después de que las cosas vayan como van? ¿Acaso no tenemos lo que queremos, lo que buscamos, aquello con lo que nos conformamos? Entonces, ¿por qué nos quejamos?
Cristo nos invita a creer en Él, a confiar. «Creed la buena noticia», nos dice al comienzo del evangelio de Marcos. No una orden, sino una invitación, una oferta. Creed en la utopía, creed en el amor, creed en la fraternidad universal, y llevad esta convicción a todos los hombres, para que todos sean felices. Pero no, nosotros creemos en nuestra belleza y en nuestra cuenta corriente, en nuestros músculos y en nuestro coche, en lo que poseemos y en lo que aparentamos. Y luego nos quejamos de que sufrimos, de que lo pasamos mal.

 

No me cansaré de repetirlo: el evangelio no sólo es bueno para nuestro mundo, sino absolutamente imprescindible. El hombre de hoy anda buscando lo que Dios hace tiempo que le ha ofrecido. Pero en algún cruce de caminos nos hemos hecho un lío fenomenal, y nosotros (los discípulos) vamos ofreciendo al hombre no sé qué cosas raras en lugar de lo que realmente necesita.

 

Y nos sentimos ofendidos por el rechazo que tanta gente de nuestra sociedad nos manifiesta. No nos rechaza a nosotros. Mucho menos rechaza a Dios; rechaza el sucedáneo barato y adulterado que mucho clero ofrece y muchas veces impone. A los que piden pan o agua, a los que suplican justicia, a los que gimen por un poco de esperanza, a los que solicitan una mano para poder salir del pozo, les estamos ofreciendo moralina trasnochada, recomendaciones piadosas, tópicos decimonónicos… ¿Por qué no nos liberamos de todas esas cargas, re-descubrimos el evangelio y lo transmitimos a la gente?

 

Tenemos la respuesta a los interrogantes del hombre de hoy en el evangelio puro y simple, en la buena noticia de Jesús, pero nos hemos atascado en algún sitio y no sabemos salir del atolladero. Aún hay que oír hoy día a predicadores que invitan a sus fieles a la resignación. ¡Lo que nos faltaba! Además de todo lo que a muchos les toca pasar… ¡Resignación!

 

La Ascensión es todo un reto, un desafío para nosotros. La Ascensión de Jesús nos está diciendo: «vosotros, que tenéis ahora en vuestras manos la buena noticia, ¿qué habéis hecho con ella?, ¿os la creéis? ¿La trasmitís?, ¿la lleváis a todos los rincones de la tierra?» La Ascensión no es para ver cómo «se va Jesús al cielo en un cohete», sino para ver cómo nos quedamos nosotros aquí para sembrar esperanza en este mundo; para hacer que el Reino crezca en el mundo; para aceptar llenos de coraje y de ilusión, el desafío que nos hace Dios de que colaboremos con Él en la tarea de transformar este mundo nuestro.

 

Mientras tanto, muchos hombres y mujeres siguen sufriendo y llorando, siguen viendo su vida sin salida. ¡Qué despilfarro el nuestro, que hemos escuchado la buena noticia, y no sabemos qué hacer con ella!
¡Qué vergüenza la de muchos sacerdotes, que no enseñan que podemos y debemos llevar la alegría a tantos seres humanos, y les dejamos seguir ahogándose en sus lágrimas! ¿Durante cuánto tiempo más vamos a seguir así?

 

La Ascensión de Jesús, es una ocasión estupenda para llenarnos de alegría por todo lo que Dios ha puesto en nuestras manos… y empezar a compartirlo con todos los hombres. Especialmente con los más pobres, con los que más sufren, con los más necesitados.

 

La Ascensión nos ayuda además de ser creyentes a ser creíbles, porque…

 

*Cualquiera sabe y reclama sus derechos. Pero pocos se preguntan por sus deberes.

*A cualquiera se le ocurre algo. Pero pocos saben razonarlo y ver si respeta la dignidad de los demás.

*Cualquiera tiene un pensamiento brillante. Pocos tienen la capacidad de hacerlo provechoso no solo para ellos mismos.

*Cualquiera puede divisar un camino. Pero pocos saben desandarlo si no es correcto.

*Cualquiera sabe criticar y apuntar defectos. Pero pocos aportar ideas constructivas y trabajar por ellas.

*Cualquiera puede señalar un mal. Pero pocos trabajan por solucionarlo, prefieren la queja continua.

*Cualquiera se compromete de palabra. Pero pocos cumplen de obra cuando llega la hora.

*Cualquiera sentencia como un juez y condena. Pero pocos indultan como debe hacer cristiano.

*Cualquiera puede hacer un brindis por lo que le conviene a él mismo. Pero pocos una alianza para comprometerse por el bien de los demás.

*Cualquiera sabe lo que se debe hacer. Pero pocos dan el paso de actuar, mas bien invitan a otros a que lo hagan.

*Cualquiera se pone el disfraz que la sociedad le propone. Pero pocos se lo quitan ante Dios y se miran tal cual son.

*Cualquiera lanza una queja de la vida. Pero pocos reconocen lo que se merecen y la hacen llevadera.

*Cualquiera está a punto para ponerse la corona del triunfo. Pero pocos están dispuestos para el compromiso desde el silencio.

*Cualquiera tiene una visión de lo que debería ser la claridad. Pero pocos salen de la apatía y se meten en la luz.

*Cualquiera quisiera mejorar su entorno y hasta el mundo. Pero pocos se ponen al servicio de la causa, se limitan a mejorarse ellos mismos.

*Cualquiera grita y se manifiesta por la paz. Pero pocos destierran la guerra en la batalla de todos los días.

*Cualquiera se enamora de una estrella. Pero pocos tienen la fuerza de alargar el brazo… ¡Y conseguirla.

*Cualquiera busca sin escrúpulos su ascensión particular. Pero pocos están dispuestos a lavar los pies a los demás, porque ahí está la verdadera Ascensión.

*Cualquiera quiere ser divino. Pero pocos saben que para eso, hay que ser lo más humano posible.

 

 

¿La Ascensión de cada uno, sin tener en cuenta al prójimo?, nanai de la china!

 

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