Ecos del Evangelio

14 agosto, 2021 / Carmelitas
LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA CICLO B 2021

María es coronada

 

 

Quien fue grande para Dios.

Quien fue, toda ternura y encanto; obediencia y entrega; sacrificio y fidelidad para Dios, hoy sube al encuentro de Aquel que es TODO AMOR.

Quien hizo de su existencia, un vivir para Dios y para los demás, hoy recoge lo que sembró. Hoy, María, como los atletas que han llegado hasta el final, sube al podium para ser coronada por el mismo Dios.

 

 

Porque, dijo “sí” al ángel, y vivió según ese “si”, María se ve coronada con la misma gloria de Dios.

Porque, se sintió dichosa por haber sido escogida por Dios, hoy está exultante junto al que la eligió.

Porque, en el silencio de la noche, dio a luz al Salvador, hoy, en este día luminoso y traspasado por el sol, María es glorificada.

Porque, en el atardecer más doloroso de una madre, quiso estar en las horas más amargas de la muerte de su Hijo, María, contempla radiante y emocionada en el suelo celeste, el rostro de Aquel que resucitó. ¿Se puede hacer más por la Madre de Jesús, que lo que Dios y su Hijo Cristo han hecho?

 

 

Esta solemnidad de la Asunción de la Virgen María, es para nosotros, un adelanto de lo que estamos llamados a compartir un día: la presencia de Dios. Pero para el viaje de nuestra asunción, debemos contar con el mismo equipaje que María: la obediencia, la sencillez, la naturalidad y el compromiso de lo que significa la fe. En la fiesta de la Asunción de la Virgen María, celebramos lo que aguarda al que cree y espera por la fe: la gloria de Dios.

 

 

El mayor gozo y la mayor alegría que podemos dar a la Virgen, es el que nos vea a nosotros, sus hijos, por la dirección adecuada: recordando las maravillas del Señor; viviendo según su voluntad; proclamando su santo nombre y abriendo las ventanas de nuestro vivir, para que Dios entre por ellas y sea el gran huésped de nuestros corazones.

María, desde Nazaret, así lo hizo. Su vida, es un canto a la bondad del Señor. Su “sí”, fue desde el principio un ponerse manos a la obra y a lo que Dios mandase. Su constante afán, colocarse al lado de Jesús y lo hizo desde la humildad y con el silencio. Bien sabía María quién era Dios, qué esperaba Dios, y qué tenía que hacer para que Dios cumpliera en Cristo lo profetizado desde antiguo. Y lo sabía, porque tenía trato constante con Él, a través de la oración.

Hoy, en este día, la vemos triunfante. Sale de este mundo, en cuerpo y alma, porque sabemos que junto a Dios existe el cuerpo y el alma.

 

Hoy, en esta jornada, cantamos el esplendor de María y –sobre todo- su inmensa generosidad con todo lo que el Señor pensó y le confió.

 

Hoy, en el cielo, se hace fiesta por la Madre de las madres.

 

Hoy, damos gracias al Padre (porque nos ama); al Hijo (porque lo vimos nacer del seno de la Virgen); al Espíritu (que nos comunica tantas gracias); y a la Virgen porque, en el cielo, sigue intercediendo, insistiendo por cada uno de nuestros avatares y acontecimientos.

 

Hoy, como en el día de la Ascensión de Cristo, no nos quedemos mirando a los ángeles que encumbran sobre sus alas el cuerpo virginal de María.

 

Hoy, mirémonos a nosotros mismos para descubrir y fortalecer lo que fue grande en María: Dios. Una vida es grande cuando se vive desde Dios y para Dios. Y eso, no resta nada para nuestro quehacer diario, sino todo lo contrario.

 

 

 

Mientras tanto, y porque sabemos que vivir como creyentes es una gran aventura no exenta de dificultades, como San Bernardo nos sugiere: “miremos a la estrella e invocamos a María”.

 

 

*Con ella, el camino hacia el cielo, está sembrado de estrellas con sabor a pobreza, docilidad, amabilidad, sufrimiento, acogida, amor, entrega.

*Con ella, el sendero hacia el cielo, está definido por el ¡hágase en mí según tu voluntad!

* Con ella, las escaleras que desembocan en el cielo, son elevadas con los peldaños de la fe, la esperanza y la caridad. Ciertamente, la Asunción, es el premio a la que tanto (sin darse cuenta) ha hecho y dado por Dios y por los hombres, la Madre de Dios y Madre nuestra.

 

 

Aprendamos de la mejor Madre y Maestra que Dios nos ha dado.

Porque, entre otras cosas, supo andar sin nunca apartarte de las sendas de Dios en la tierra.

Porque, de entre todo, su corazón lo ofreció como mejor regalo a Aquel que, en una mañana de Nazaret se lo pidió.

Porque, en Belén nos dio a Jesús para que nosotros ahora lo abracemos, lo contemplemos y, en Él amemos a los demás.

Porque, nos dejó su silencio como la mejor palabra; su sencillez como la mejor lección; su pobreza, como mejor riqueza; su coherencia en la fe como la mejor bandera para recorrer este mundo.

 

 

¿Y por qué Dios te Asciende al cielo, María?

 

*Porque, flor como Tú, no puede marchitarse debajo de la tierra.

*Porque, Dios, te arranca de la tierra para que sigas floreciendo en el cielo.

*Porque, Cristo, te espera con los brazos abiertos, tan abiertos como los que Tú le ofreciste en la noche de Belén.

*Porque, en el cielo, también necesitan darte gloria y honor, y los ángeles felicitarte.

*Porque, en el cielo necesitan ver en cuerpo alma, a Aquella que Dios escogió para la mayor gesta que Dios ha hecho con la humanidad.

*Porque, en el cielo, necesitan verte ya definitivamente junto al Creador.

 

 

La fiesta de la Asunción, es un adelanto, una indicación que la misma Madre nos deja a nosotros sus hijos, para que no nos alejemos del camino de la fe. Para que cumplamos, con tesón y con ilusión, aquello que más agrada al Señor.

No podemos desperdiciar nuestro tiempo, María nos aguarda junto a Dios.

No podemos romper nuestra alianza con el Señor, María nos ayuda a ser fieles.

No podemos apartarnos del camino verdadero, María es estrella que ilumina los pesares y las dudas.

No podemos consentir, que nada ni nadie, distraiga nuestra atención, María nos recuerda, con su triunfo, que sólo Dios permanece y que lo demás se extingue con las luces del día.

 

 

¡Que envidia María! La gloria de Dios te espera. Cesan las palabras, el llanto, las pruebas, las incomprensiones, la soledad. Se acabaron los misterios, porque, allá en el alto cielo, el Hijo que hizo tanto por el hombre sonriente y gozoso te espera.

 

¡Que envidia, María! Subes a lo más alto. Y, detrás de ti, dejas huella de tu ascenso, porque, también los que te queremos, los que en Dios creemos y esperamos, necesitamos encontrar tu mismo camino para un día, cuando cerremos los ojos, entrar en él y no perdernos.

 

¡Disfruta, María! Porque, bien lo sabes, tu triunfo es corona que Dios pone en tus divinas sienes. Porque, Aquel que te eligió, te quiere junto a Él, te desea con Él, no te quiere encerrada y fría en un sepulcro.

 

¡Bienaventurada, María! Porque encontraste gracia ante Dios y, en la fiesta de tu Asunción, el Padre y la Madre se encuentran de nuevo. La Madre y el Hijo se abrazan de nuevo. Solo resta que un día, nosotros sus hijos, nos sumemos a la fiesta sin fin.

 

 

Amigos, el camino a recorrer ya lo sabemos: el evangelio. Y para recorrerlo nos acompañan Jesús nuestro hermano y su Madre, que es la nuestra. ¿Qué más hace falta?

 

 

Sí, falta una cosa, el que queramos recorrer el camino y dejemos de lado las excusas.

 

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