Ecos del Evangelio

5 enero, 2020 / Carmelitas
LA EPIFANÍA DEL SEÑOR CICLO A 2020

 

La fiesta de Epifanía es la prolongación de la fiesta de Navidad. Hoy celebramos la manifestación de Jesús a los paganos, es decir, a los no judíos, o no pertenecientes al pueblo de Dios. Celebramos la universalidad de la salvación traída por Jesucristo. Ese es el significado de la fiesta de hoy, y debemos esforzarnos para rescatar su significado, porque como ninguna otra fiesta cristiana, ha sido mercantilizada y degradada.

 

Unos magos procedentes de Oriente, que no reyes, sino hombres curiosos y dados al estudio de los astros, se sorprenden ante la presencia de una estrella nueva, y sin pensarlo dos veces, se ponen en camino. Salen de su patria, abandonan su casa, sus comodidades y rutina, prescinden de sus propios prejuicios y se dejan guiar, emprendiendo la aventura de la fe: ¿Dónde está el nacido rey de los judíos? Esa es su pregunta y su inquietud, porque han visto su estrella, han visto una señal, un indicio… y han creído.

 

Todos nosotros nos hemos encontrado en la vida con una estrella que nos ha interrogado y nos ha llevado a hacernos las preguntas mas profundas del ser humano .Y no me refiero a ninguna estrella de los medios de comunicación , ni ninguna estrella mediática de la canción ,ni del deporte, ni del sex simbol. No, esas estrellas son humo y con pies de barro. Me refiero a esa otra estrella de una conversación con una persona, de una situación vivida, de una contrariedad. Hemos visto la estrella, cuando nos hemos tropezado con una pregunta esencial, nos hemos cuestionado por la vida o por la muerte.

 

Pues los magos, conducidos por la estrella de la inconformidad de la vida que llevaban, llegaron a Jesús. Y adivinaron al verlo, lo que muchos no quisieron o no pudieron ver, porque tenían miedo que fuera verdad. Que aquel niño en brazos de su madre era el rey de los judíos. Por eso le adoraron como a Dios. Y ése es el gran misterio, que hoy festejamos con gozo.

 

Muchos quieren ver a Dios para creer. Muchos piden señales, pruebas, hechos contundentes. Pero no se atreven a descubrir a Dios en un niño, en su prójimo, en el hombre. Y por eso no se encuentra a Dios, porque no se busca a Dios, sino que busca un ídolo que se ajusta a la imagen muchos se ha hecho.

 

A partir de la Epifanía de Cristo, para Dios ya no hay extranjeros. Ya no existe Dios judío, gentil, griego o bárbaro, blanco o negro, paisano o forastero. Por tanto el problema para reconocer a Dios no está en Dios; el problema está en el hombre, en su mayor o menor capacidad de acogida, en su mayor o menor escucha de la Palabra y de los signos, o sea, en su fe o falta de fe.

 

¿Quienes no podrán nunca encontrar la estrella que les lleve a Cristo?:Los que se creen en posesión de la verdad, porque lo único que hacen es enseñar «sus verdades» despóticamente. Los magos dejaron atrás su sabiduría y fueron a Belén preocupados y encaminados por encontrar la verdad, el sentido de sus vidas. Fueron a Belén para contemplar la verdad hecha carne, y salieron de allí con un giro absoluto en su vidas. Por eso nos dice el evangelio que los Magos regresaron por otro camino: porque la demostración de la fe es la conversión. Y convertirse significa cambiar de camino. No es posible creer y vivir como si tal cosa, como si la fe fuera un añadido a mi vida. El que cree en Dios no puede vivir como si Dios no existiera o como si Dios fuera un superman o un remedio para todo a nuestra disposición y conveniencia. Y el que cree en la paternidad de Dios, no puede vivir como si los demás no fuesen hermanos.

 

Lo he dicho muchas veces y lo repito : creer más que aceptar una serie de verdades y formulas, es una forma de vivir. El evangelista, como quien no dice nada, subraya ese cambio de ruta en el camino de los magos, que se vuelven por otro camino, porque sus vidas ya no eran las mismas después del encuentro con el Señor.

 

Amigos los que se las saben todas, los que van de sabihondos, se quedan sin saber de la misa la mitad, porque han perdido la capacidad de sorprenderse, de preguntar, de buscar, y así, ya no pueden encontrar nada más. Pierden miserablemente el tiempo y la vida. El que de verdad sea creyente, no puede seguir disimulando su fe. Si se cree en la encarnación del Hijo de Dios, no tenemos por qué ir buscando a Dios donde a buen seguro no está. Y Dios no está en nuestros prejuicios, en nuestros intereses, ni al lado de los poderosos, sino al lado del débil, de los pobres, del otro.

 

Para encontrar a Dios, como los magos, tenemos que dejarnos conducir por la estrella de la fe, salir de nosotros mismos -de todo lo mío y lo nuestro-, para ir al encuentro de los otros, de todos los otros. Cuando nos decidamos a amar al prójimo como a nosotros mismos, nos resultará mucho más fácil creer en Dios.

 

Amigos, ¿tenemos claro el por que y para que ha nacido Cristo?:

 

*Ha nacido desnudo, para que tú sepas despojarte de ti mismo.

*Ha nacido pobre, para que Él sea tu única riqueza.

*Ha nacido en un establo, para que tú te acostumbres a santificar todo ambiente.

*Ha nacido débil, para que tú no tengas más miedo de Dios.

*Ha nacido por amor, para que tú no dudes más de su amor y te pongas a mar.

*Ha nacido de noche, para que tú creas que Dios puede iluminar cualquier realidad.

*Ha nacido persona, para que tú no tengas más que avergonzarte de ser tú mismo.

*Ha nacido hombre, para que tú puedas ser «Dios».

*Ha nacido perseguido, para que sepas aceptar la dificultad.

*Ha nacido en la simplicidad, para que tú dejes de ser complicado.

*Ha nacido en tu vida, para que tú le ayudes a llevar a todos a la casa del Padre.

 

¿Dejaremos que este mensaje, destinado al mundo entero se ahogue entre las cuatro paredes de los de siempre»? ¿Nos dejaremos intimidar por las amenazas de tantos tiranos, desanimar por esos eternos espectadores de la vida que, ante alguien que se sale de lo políticamente correcto, sólo saben mofarse? ¿Permitiremos que falte «estrella» a tanta gente que busca a Jesús, a veces hasta sin saberlo, por los más diversos caminos? ¿O nos contentaremos con decirles: ¡el camino es por allí!, en lugar de: ¡ven conmigo que te acompaño!? ¿De verdad vamos a reconocer en el pesebre de nuestro corazón a ese recién nacido y a ponerlo a mandar en nuestra vida?

 

Yo por lo menos no tengo duda de que ha de mandar en mi vida, por eso, le he pedido en la carta los Magos lo siguiente: «QUERIDOS REYES MAGOS…OS PIDO»

 

1.- El regalo de escuchar. Prestar atención a lo que te dicen y cómo se siente el que te habla. Para escuchar, hay que poner el corazón y no solo el oído.

 

2.- El regalo del cariño. Ser generoso en acciones que demuestran el cariño empezando por la familia y amigos: un beso, un abrazo, una palmada en la espalda y un apretón de manos. ¡Cuánto reprimido aun Dios mío! No ha que avergonzarse de dar cariño, Dios lo inventó para algo, para darlo, para regalarlo.

 

3.- El regalo de la sonrisa. Llenar la vida de sonrisas y deja atrás las risotadas que tanto abundan. Hacer de la sonrisa un sacramento de Cristo.

 

4.- El regalo de las notas escritas. Esto puede ser desde un simple papelito («gracias por ayudarme») a una oportuna postal. Un e-mail con unas palabras tiernas y amistosas. Eso no cuesta mucho, si se entiende lo que significa la amistad.

 

5.- El regalo de un cumplido.. Un simple y sincero «qué bien te queda el color rojo», «has hecho un gran trabajo» o ha sido una estupenda comida» puede hacer especial el día a alguien. Son como flores que nacen del corazón y con las que se obsequia a la otra persona, y hacerlo con naturalidad.

 

6.- El regalo del favor. Todos los días procurar hacer un favor a alguien. Hacer de corazón algo por alguien es lo más hermoso y bienaventurado. Es como si amasarás un tesoro, te lo aseguro.

 

7.- El regalo de la gratitud. La forma más fácil de hacer sentir bien a la gente es decirle «Muchas gracias». A veces es de justicia; otras, simple cuestión de magnanimidad. En todo caso hay que recuperar el ser agradecido, porque además cualquier persona que se nos cruza en nuestra vida es motivo de agradecimiento… En fin que… esa es mi pobre y humilde carta.

 

 

¡Feliz día de la Epifanía, a todos vosotros amigos, amados de Dios!

 

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