Ecos del Evangelio

5 enero, 2018 / Carmelitas
LA EPIFANÍA DEL SEÑOR CICLO B 2018

Tú, Señor,  eres  la LUZ

La Fiesta de hoy conocida popularmente, como la fiesta de los Reyes Magos, nos plantea sin embargo-y dejando de la lado que es una fiesta dedicada a los niños- nos plantea digo, una seria pregunta ¿Para quién ha venido Cristo Jesús? Y la respuesta nos la da hoy la Palabra de Dios: para todos los pueblos de la tierra. Esta es la  respuesta de las lecturas que acabamos de escuchar.

No sólo para Israel: también para los  paganos. No sólo para los cristianos: también para los demás pueblos y religiones. Para los  hombres de toda raza y condición. Lo que hoy celebramos en la fiesta de la Epifanía, es la MANIFESTACIÓN DE JESÚS a  los pueblos de la tierra, representados en los magos de Oriente.

Con un lenguaje poético y entusiasta lo había anunciado ya Isaías y lo hemos  escuchado en la primera lectura: “levántate, Jerusalén, que llega tu luz, y todos los pueblos  caminarán a tu luz: todos esos se han reunido y vienen a ti”.

Ahora no es Jerusalén, la capital de Israel, la que atrae a los paganos. Es Cristo Jesús, el  Salvador, el que se ha convertido en el centro de la humanidad. Precisamente los que  venían del Oriente en su busca no han encontrado acogida en Jerusalén. Ha sido cuando  han visto al Niño en brazos de su Madre cuando se ha alegrado su corazón y se han  postrado a adorarlo.

Desde la Encarnación de Dios en Cristo, todos formamos el mismo Cuerpo : Es el “misterio”- como lo llama S. Pablo-, que estaba escondido durante  siglos y que ahora se ha manifestado en Cristo Jesús: “que también los paganos son  miembros del mismo cuerpo: son coherederos, copartícipes de la promesa en Jesucristo.”  Todos formamos el mismo  cuerpo de Cristo. Todos somos coherederos con Él de las promesas de Dios. Todos somos  hermanos en la única familia de Dios, porque ha aparecido entre nosotros el Hijo de Dios,  hecho hermano nuestro.

Esto es lo que hoy celebramos: que Cristo se ha manifestado como Salvador de todos. .Y hemos  de entonar el “mea culpa”,  y reconocer, que no somos universales de corazón. Nos conviene esta fiesta de la Epifanía,  porque no nos resulta fácil ser universales en nuestra conducta con los demás.

 

No lo somos tampoco a nivel eclesial. ¡Cuantos encerrados en su grupito, apenas se dan  cuenta de que Dios ha llamado a la fe de Cristo a hombres de todos los colores,  pertenecientes a naciones que apenas conocemos, de culturas que nos resultan  misteriosas: países del este de Europa, de África, de Asia, de América… La Iglesia de Dios  es universal. No es patrimonio de ninguna cultura.

También otros de nuestra parroquia que no pertenecen a nuestro grupo tienen fe y  siguen a Cristo Jesús. Nadie tiene la exclusiva. Además, esta actitud de apertura nos viene muy bien en  nuestro pequeño mundo de cada día. Porque no somos pluralistas y abiertos. Nos cerramos en nuestras ideas, en  nuestros gustos, y a los que no coinciden con nosotros los excluimos o los ignoramos. No será tal vez por el color de la piel, pero la discriminación la ejercemos muchas veces  por las opciones políticas, las ideologías religiosas, la cultura, el grado de simpatía, la  situación económica… No somos universales en nuestro corazón.

Pues bien: la fiesta de hoy es la fiesta de un Dios que se ha mostrado radicalmente  universal: ha enviando a su Hijo también para “los otros”, los que no conocemos ni apreciamos  nosotros en nuestra estrechez de miras. Es una fiesta que nos alegra pero que también nos  educa y nos corrige.

Hay un proverbio chino que dice: “si quieres amar a otro, has de  comenzar por perdonarle que sea otro”. Y el que nos ha dado una lección soberana de esta  apertura “al otro” es Cristo Jesús, como estamos celebrando en estas fiestas de la  Navidad.

Navidad y Epifanía son las dos caras de esta revelación singular: Dios se ha hecho hombre, no una idea abstracta, sino un hombre de carne y hueso, un niño, uno como nosotros. El único camino que conduce inequívocamente hacia Dios es el otro, el hombre, el hermano. Cualquier rodeo por evitar al prójimo no lleva a Dios, sino a los ídolos, a nuestros prejuicios sobre Dios.

Los magos, que habían abandonado todo, encuentran todo cuanto buscaban en el niño en brazos de su madre. Se postran en su presencia y le abren su corazón y sus tesoros. Guiados por una estrella, han recorrido el camino de la fe, que es apertura y no cerrazón; es generosidad y no egoísmo; es encuentro y no ensimismamiento; es en definitiva, amor.

 

Pero la demostración de la fe es la conversión. Por eso  el que cree en Dios no puede vivir como si Dios no existiera o como si Dios fuera un superman o un remedio para todo, a nuestra disposición y conveniencia. Y el que cree en la paternidad de Dios, no puede vivir como si los demás no fuesen hermanos.

Creer, más que un asentimiento a verdades formuladas en abstracto, es una forma de vivir. Y no hay forma de vivir sin alguna fe, aunque no sea precisamente religiosa. Quien no cree en Dios, cree en otra cosa como si fuese Dios, convierte en ídolo un sucedáneo, al que absolutiza y consagra su vida. El evangelista, como quien no dice nada, subraya ese cambio de ruta en el camino de los magos, que se vuelven por otro camino.

Y los magos no vuelven a la vida que tenían antes : aunque es de suponer que regresan a su tierra y a su casa, no va a resultar nada igual. No podrían vivir como si el viaje a Belén hubiera sido una ruta turística. El camino les ha cambiado. Por eso cambian de camino, aunque parezca que siguen igual. La aventura de la fe inventa siempre nuevos caminos, porque va de sorpresa en sorpresa, de estrella en estrella, de pregunta en pregunta, siempre indagando, siempre buscando. Por eso los que se las saben todas, los “listillos”, se quedan sin saber de la misa la mitad, porque han perdido la capacidad de sorprenderse, de preguntar, de buscar. Y así ya no pueden encontrar nada más. Pierden el tiempo y la vida.

La fiesta de la Epifanía del Señor supone para nosotros el reconocimiento del Señor. No basta que Dios se nos manifieste, es preciso que sepamos verlo donde se manifiesta: en un niño, en la pobreza, en la debilidad, en la inocencia, en el hijo de una mujer, en el hijo del carpintero. Y ese encuentro con Dios requiere de nosotros un cambio profundo. Si somos creyentes, no podemos seguir disimulando nuestra fe. Si creemos en la encarnación del Hijo de Dios, no tenemos por qué andar buscando a Dios donde a buen seguro no está. Y Dios no está en nuestros prejuicios, en nuestros intereses, ni al lado de los poderosos; sino al lado del débil, del pobre, del otro .

Para encontrar a Dios, como los magos, tenemos que dejarnos conducir por la estrella, salir de nosotros mismos -de todo lo mío y lo nuestro-,para ir al encuentro de los otros, de todos los otros. Si nos decidiéramos a amar al prójimo como a nosotros mismos, no nos resultaría tan difícil creer en Dios. Pero, mientras tengamos vueltos los ojos y el corazón hacia nosotros mismos, ni podemos ver al prójimo, ni podremos descubrir a Dios en un niño en brazos de su madre.

Amigos, Dios como entonces, sigue manifestándose, pero…

*La manifestación de Dios hacia el hombre es humilde. No esperemos algo espectacular. La puerta, preferida por Jesús para que vayamos a contemplarle, es pequeña, estrecha y –por ella- pasa lo más justo y necesario: la fe y el amor. Lo demás, o lo dejamos fuera, o no podremos entrar con tanto trasto inservible.

*La manifestación de Dios es clara. Quien apuesta por Él, ha de aprender a dar signos visibles de que lo ha acogido con  la verdad y sin adulteración.

*La manifestación de Dios no lleva más pancarta que el amor. ¡Algo de esto debieron ver los Reyes cuando, dejando oropeles, palacios, siervos y riquezas, encontraron que el amor, en un Niño, todo aquello, y con creces, lo superaba!

*La manifestación de Dios invita a buscar caminos para participar en ella. Los Magos encontraron una estrella. También nosotros, por la oración, la eucaristía, la contemplación, la caridad o la misma iglesia, vamos dando con esos “astros” que iluminan el camino de nuestra existencia para que no nos perdamos en la búsqueda y el encuentro personal con Cristo.

* Y de la manifestación de Dios a todos los hombres, cuando se ha participado de verdad, se sale de ella por otros caminos. Vivir estos días de la Navidad, escuchar la Palabra de Dios, rezar en el silencio y en la intimidad, venerar al Niño Jesús, quedarnos extasiados ante la Sagrada Familia, etc., implica marcharnos luego, a las cosas de cada día, con diferente semblante. Con actitudes muy distintas. Con un corazón grande. Con las manos abiertas. Con el espíritu profundamente tocado por la mano divina.

También nosotros, como los Reyes Magos, nos tenemos que marchar a la vida de cada día por otros senderos. Siendo conscientes de que mil peligros intentarán acorralarnos y matar ese Niño que, la Navidad, ha puesto en el pesebre de nuestro corazón.

Muchos hoy, como los letrados de entonces, no habrán reconocido en estos días de la Navidad esa presencia de Dios. Ojala que nosotros, aún viviendo a veces paganamente y alejándonos del brillo de la estrella, hallamos conseguido vibrar por dentro con el nacimiento de un Dios que goza diciéndonos que es para todos.

Gracias, Señor,  ya no necesitamos más estrellas, pues, bien sabemos,  que cuando hay LUZ, y Tú, Señor,  eres  la LUZ, entonces hasta las estrellas son simple candiles.   Amén.

 

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