Ecos del Evangelio

8 diciembre, 2020 / Carmelitas
LA INMACULADA CONCEPCIÓN 8 DICIEMBRE CICLO B 2020

¡Miremos a María!

 

 

En el corazón del Adviento, y arropada por Isaías y Juan Bautista, sale a nuestro encuentro la Virgen María, en uno de los misterios más populares y sentidos por el pueblo cristiano: pura antes y después del parto. La figura de María, ante todo, es adelanto y aperitivo de la pascua definitiva. Su belleza y su sencillez, su obediencia y su blancura, su humildad y su hondura, son signos de la bondad del mismo Dios que se va hacer presente en Belén.

María es la mujer que reúne ese gran cúmulo de valores, que para muchos, parecen imposibles de alcanzar o sostener:

Ante la sencillez, la sociedad nos vende el tener más y más.

Ante la obediencia, se nos arrastra hacia el anarquismo (hago lo que me apetece, aunque perjudique a los demás).

Ante la pureza, los poderes mediáticos, vitorean el simple deseo o placer.

Ante el respeto se proclama, el insulto o la aniquilación del que no piensa como yo.

Ante la pobreza, el hombre prefiere cabalgar en el caballo del materialismo

 

¿No hemos lapidado muchas de las cosas que representa la Inmaculada Concepción?

 

Claro que sí. Por ello mismo, la Inmaculada, se convierte en un exponente de aquello que aspiramos y de lo que nos falta por alcanzar. La Inmaculada es el lienzo donde Dios se fija para proyectar y dibujar su morada. Un lienzo sin mancha donde, Dios, va perfilando con trazos de amor y de Padre, todo un plan que se iniciará en Belén y pasando por la cruz, concluirá en la mañana más luminosa y triunfante de la Resurrección.

 

¿Por qué, a nosotros cristianos de a pie, nos cuesta tanto evitar situaciones que nos corrompen y nos degradan?

 

¿Por qué, si llevamos a Jesús desde el mismo día de nuestro Bautismo, muchos cristianos se resisten,(con el mirar a otro lado y con el silencio) a las nuevas serpientes que nos seducen y nos inyectan el veneno del secularismo, de la incredulidad, del todo vale o aquello de a “Dios ni pan”?

 

¿Qué mundo estamos construyendo?

¿Podemos sinceramente estar orgullosos de la obra de nuestras manos?

¿Seríamos capaces de medir la sangre y las lágrimas injustamente derramadas?

¿Seríamos capaces de contar las muertes injustificadas, las torturas indignas, las heridas inútiles?

¿Y qué decir de los errores, los fracasos, los fanatismos, las supersticiones y los miedos absurdos?

¿Qué es lo que le pasa al hombre?

¿Qué clase de demonios se ha metido en nuestra vida?

¿Por qué tanta violencia y avaricia?

¿Por qué tanta ambición y orgullo?

¿Por qué tanta ceguera y obcecación?

 

El hombre ha cambiado trágicamente los planes de Dios y, en vez de buscar la superación, se deja llevar de manías destructivas. El hombre, es capaz de todo lo bueno, pero es capaz de todas las perversidades y aún las más refinadas.

 

La Solemnidad de la Inmaculada, dentro del Adviento, es un redoble de esperanza. Dios sigue haciendo obras grandes en aquellos que se fían de Él. En aquellos que se brindan, desde la belleza del corazón y del pensamiento, para formar parte de esa gran cadena que va transmitiendo –de generación en generación- la Encarnación del Hijo de Dios en el seno virginal de María y el mensaje que, un Niño, nos trae.

 

La Solemnidad de la Inmaculada, no es una devoción sentimentalista, es un libro abierto con la firma de Dios; es una ruta para ir descubriendo el sentido del hombre; es un espejo donde podemos descubrir nuestra realidad humana y cristiana. Con María, por si lo olvidamos, también nosotros hemos sido escogidos desde antes de la creación del mundo por pura iniciativa de Dios. ¿Nos damos cuenta de lo que ello significa? ¿Acogemos la gracia o la rechazamos? ¿Somos inmaculados o nos apuntamos a la corrupción reinante? ¿Sencillos o complicados como la vida misma? ¿Con los ojos orientados al cielo o ciegos y embarrados con los acontecimientos del duro suelo? ¿Conscientes del amor de Dios o indiferentes a su llegada en Navidad?

 

Frecuentemente, los cristianos, aducimos que –para vivir la fe- topamos con numerosas dificultades; que el horno no está para bollos; que ser cristiano o católicos, es poco menos que “ser ciudadano de segunda”; que antes se vivía con más libertad y aplauso nuestra pertenencia a la iglesia o la profesión de un credo. ¡Todo eso no dejan de ser excusas para no comprometerse; excusas para no tomarse en serio a Cristo!; excusas para ser espectadores y seguir los toros de la vida desde el tendido!

 

¡Miremos a María! ¡Pero mirémosla no resguardada en manto azul y ceñida con corona de plata! María, en su intento y afán de agradar a Dios, le importó un comino los escollos, comentarios e interrogantes que surgieron a su alrededor. Cuando hay fe y confianza en Dios, lo demás, se convierte en detector o prueba de si tengo fe, se convierte en un reto. La fe que se presume tener, o se le da consistencia o es una simple farsa.

Sí, amigos; ésta, María.

 

Es la mujer que a Dios enamoró.

Es la mujer que, Aquel que se anunció durante siglos, acogió en sus entrañas.

Es la mujer que, transparente en cuerpo, alma, vida y actitudes, nos enseña que el camino para llegar a Dios no es otro que el de la confianza y la esperanza en El.

 

 

Ante la realidad del mal en nosotros y en el mundo, os invito a que volvamos nuestros ojos a María. Necesitamos un poco de luz en medio de la oscuridad; un poco de belleza (incluso artística, divina y humana a la vez) en medio de tanta basura que la sociedad del consumo (material y carnal) nos ofrece.
Necesitamos, una persona como María, que nos ayude a recuperar el sentido cristiano de la Navidad: limpios por dentro y bien dispuestos por fuera. ¡Viene el Señor! ¡María nos acompaña! ¡Bienaventurada, María! ¡Bienaventurada tu pureza!

 

Al igual que Dios se acercó a María, Dios se acerca a cualquier morada, pobre y humilde, sin más riqueza que los pensamientos divinos, sin más grandeza que su ser para Dios. Dios viene a cada uno de nosotros, a nuestro encuentro, y un ángel virginal, te hace llegar lo que Tú no comprendes; pero fíate, entrégate; mira por la ventana de la gruta de tu corazón hacia el cielo y, movido por tu fe en Dios, exclama: ¡Qué sea lo que Dios quiera!

 

¿Qué ofreciste a Dios, María, para que se fijara en Ti? ¿Qué llamó la atención al Señor de tu persona? ¿Qué cautivó, al DIOS del cielo, de una humilde nazarena? Encontró, lo que nosotros no asumimos, porque para eso hay que vivir la fe con responsabilidad y coherencia: Obediencia, antes que rechazo. Humildad, frente al orgullo. Pureza, frente a la corrupción. Disponibilidad, frente a las excusas. ¡Un Sí! ¡Mil veces, “si”!, antes que el “no”

 

Hay que recuperar-en definitiva- muchas cosas. Cosas que agradan y gozan a Dios. Cosas que enamoran y atraen a Dios. Cosas que, en el mundo, ya no se ven ni se valoran pero que, en el mundo que nos propone Dios, son perlas de incalculable valor: la esperanza en permanente lucha; la limpieza de cuerpo y alma; el afán de superación y de perfección; el alma en vilo por Dios y para Dios.

 

¿Alguna vez nos decidiremos?

El Señor sigue esperando, y la Virgen, ídem de lo mismo.
Pero la decisión es nuestra.

 

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