Ecos del Evangelio

7 diciembre, 2017 / Carmelitas
LA INMACULADA CONCEPCIÓN. CICLO B 2017

¡Bienaventurada, María! ¡Bienaventurada tu pureza!

 

En este tiempo de Adviento, es decir, de espera y esperanza, sale a nuestro encuentro María modelo de esperanza. Deseó con tantas ansias la venida del Salvador que mereció ser ella la que lo llevara en sus entrañas. Deseó con tales ansias la manifestación gloriosa de Jesús que fue llevada a su encuentro en toda la plenitud de su ser, en su asunción corporal.

La Inmaculada es el primer acto de una elección que resultó un éxito completo.

María lleva a feliz término el largo adviento del pueblo de Dios, Israel. Ella concentra en su persona la esperanza de todo su pueblo. En ella se cumplen las profecías mesiánicas y su esperanza se convierte en posesión. Es la puerta que nos introduce en la Nueva etapa de la Historia de la Salvación: el tiempo de Cristo y de la Iglesia.

María es la primera redimida, la primera creyente, la primera santificada y glorificada de la Iglesia de Cristo. Y esta grandeza de María tiene su punto de partida en su concepción inmaculada. “María es la imagen purísima de lo que la Iglesia misma ansía y anhela ser”

La Madre del Salvador figura del Adviento -Ntra. Sra. del Adviento- y su inmaculada concepción, es el primer destello en la raza humana de la venida salvadora de Dios. María es la primera y la más perfecta de entre los salvados.

María es modelo de nuestra vocación cristiana

Como ella un día aceptó la palabra de Dios y acogió en sus entrañas el Espíritu de Dios y engendró de su carne a Cristo, así también cada uno de los cristianos ha de realizar su vocación aceptando dócilmente la palabra de Dios, acogiendo en su vida al Espíritu de Dios y continuando en el tiempo la encarnación de Cristo.

De la misma manera que María, proclamada dichosa por su fe, su obediencia y su esperanza, puso punto final al adviento precristiano, dando a luz al “Deseado de la Promesa”, así también ha recibido la misión -“he ahí a tu hijo”- de preparar la venida incesante a la Iglesia y a toda la humanidad del “Deseado de todas las naciones”.

Se trata de llevar a Jesús y darlo al mundo. El mundo espera. El mundo no hace más que esperarlo, porque todos los afanes de los hombres tras el dinero, el poder, el éxito, el amor, todo esto son afanes tras de Jesús sin saberlo, equivocándose de camino y provocando palabras de decepción cuando caen en la cuenta de que no han encontrado lo que buscaban.

-El “sí” de María a la palabra de Dios expresa un compromiso total, una confianza absoluta en el amor y en el poder de Dios que la hace salir de sí misma y poner toda su vida -no en su razón ni en sus fuerzas- sino en la palabra de Dios.

Y este compromiso total de una sencilla muchacha con la Palabra de Dios compromete también el destino de la humanidad.

Consigue que acabe el tiempo de la Promesa y comience el tiempo de la Realidad. Consigue que termine el tiempo de la Espera y se inaugure el tiempo del Cumplimiento. Consigue poner en el mundo al Descendiente de la Promesa, al Deseado de las naciones.

María es un ejemplo vivo de los grandes contrastes.

Sencilla, pobre, socialmente insignificante, se ve lanzada, por su respuesta rápida y fiel, al centro mismo de la Historia. Su figura será mucho más importante y tendrá mayor trascendencia que la de cualquiera de los grandes hombres o mujeres que han ocupado las primeras filas del acontecer del mundo.

Artistas, gobernantes, políticos, estrategas, investigadores, santos, hombres poderosos y mujeres deslumbrantes quedaron por detrás de la sencilla doncella israelita que en el silencio de su casa dio la respuesta adecuada al encargo que recibía.

El secreto de la actitud de María está-sobre todo- en la sencillez de su alma.

Solo los sencillos son capaces de grandes cosas; sólo los sencillos conectan directamente con la voluntad de Dios y se pliegan a sus designios prontos a ejecutarlos. Pero es difícil encontrar en el mundo personas sencillas. Estamos llenos de falsas humildades, de recovecos, de reticencias. Somos tan complicados, tan complejos, tenemos tantos “traumas”, vivimos tan mediatizados, tan dramatizados en algún aspecto, que nos resulta difícil oír con sencillez el mensaje de Dios.

El hombre actual, con su gran bagaje de experiencia, ese hombre que sabe perfectamente, o cree saber hasta donde puede llegar y cuales son los medios que debe utilizar para alcanzar sus deseos. Pero no tiene -por regla general- la capacidad de maniobra del alma sencilla, no tiene la humildad de esas personas que, con una grandeza, sencillamente impresionante, son capaces de decir a Dios que sí cualquiera que sea la empresa que Él les proponga.

Porque Dios sigue proponiendo a los hombres que colaboren en su obra, y Dios sigue llamando y hablando a lo más íntimo de nuestro ser para pedirnos nuestra colaboración en la consecución de su Reino. Lo que pasa es que resulta difícil escucharlo y difícil responderle, porque estamos rodeados de tantos miedos, queremos tantas seguridades y tantos avales, que acabamos por no fiarnos ni de Dios.

María ni se sobreestimó ni se subestimó. Simplemente se fió de Dios y, captando toda la dificultad y la grandeza de la llamada, comenzó la andadura de su nueva etapa sin alterar para nada su entorno.

María fue un éxito completo. Dios eligió bien. Posiblemente hoy, cerca de la Inmaculada, nos convendría aprender un mucho de la sencillez de la Virgen como un gran regalo para convertirnos en seres dóciles y aptos para los planes de Dios.

Hoy debiéramos revisar qué creemos y cómo lo creemos.

Quien no cree en la posibilidad de un mundo justo, libre y fraterno, no puede ser capaz de creer en la Inmaculada. ¿Seremos capaces, como María, de optar por Dios? ¿No estaremos cerrando las ventanas de “nuestro Nazaret” para que Dios no nos complique la existencia?

Ante la realidad del mal en el mundo (y mira que existe y en abundancia) os invito a que volvamos nuestros ojos a María. Necesitamos un poco de luz en medio de la oscuridad; un poco de belleza (incluso artística, divina y humana a la vez) en medio de tanta basura que la sociedad del consumo (material y carnal) nos ofrece.

Necesitamos, un personaje como María, que nos ayude a recuperar el sentido cristiano de la Navidad: limpios por dentro y bien dispuestos por fuera. ¡Viene el Señor! ¡María nos acompaña! ¡Bienaventurada, María! ¡Bienaventurada tu pureza!

¡QUÉ COSAS TIENES, MARIA!

*Dios se acerca hasta su morada, pobre y humilde y Ella responde sin más riqueza que sus pensamientos divinos, sin más grandeza que su ser para Dios.

*Dios viene a su encuentro y, un ángel virginal, le hace llegar lo que Ella no comprende; pero se fía, se entrega, mira por la ventana de su gruta hacia el cielo y, movida por su fe en Dios, exclama: ¡Qué sea lo que Dios quiera!

 

¿Qué ofreció a Dios para que se fijara en Ella?

¿Qué llamó la atención al Señor de su persona?

¿Qué cautivo, al Dios del cielo, de una humilde nazarena?

 

Encontró, lo que tanto nos falta a nosotros: Obediencia, antes que rechazo. Humildad, frente al orgullo. Pureza, frente a la corrupción. Disponibilidad, en contra de la cerrazón. ¡Un Sí! ¡Mil veces, “si”! Antes que el “no”

 

¿QUÉ COSAS TENIA MARIA PARA ENAMORAR A DIOS?

 

*Tenía la esperanza en permanente lucha.

*Tenía la limpieza de cuerpo y alma.

*Tenía el afán de superación y de perfección.

*Tenía el alma en vilo por Dios y para Dios.

*Tenía, sobre todo, en su ser virginal, al Dios que, desde el cielo y por salvarnos, tendrá rostro humanado.

 

Amén.

 

 

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