Ecos del Evangelio

23 diciembre, 2019 / Carmelitas
LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

¡ES NAVIDAD!

 

Hoy conmemoramos uno de los acontecimientos más importantes para el cristianismo: el nacimiento de Cristo.

 

Las lecturas de hoy son de una belleza y contenido exquisito ante semejante acontecimiento de Dios que se hace carne y habita con nosotros.

 

El evangelio de San Juan es un himno a la Palabra, un canto a Aquel que es la Vida y que vino a este mundo para iluminar nuestra existencia “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Jn 1,4).

 

Los evangelios nos relatan el nacimiento de Jesús en un lugar pobre y humilde. Ello puede simbolizar nuestra propia vida, nuestra miseria personal y, sin embargo, a pesar de nuestra pobreza él nos elige sin dudarlo.

 

Ni siquiera nuestra oscuridad personal le impide acercarse a nosotros; al contrario, busca iluminar cada rincón de nuestra existencia “La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella” (Jn 1,5).

 

Ha venido precisamente para eso, para iluminar nuestras tinieblas y rescatar lo que estaba perdido.

 

No tomamos mucha consciencia de ello, pero, muchas veces, en el camino de nuestra existencia vamos perdiendo cosas que son esenciales a nosotros mismos, a nuestra identidad personal, a nuestro ser más auténtico y puro.

 

La alegría que nos caracterizaba, puede que la hayamos perdido debido a sinsabores en nuestras relaciones personales, debido a decepciones de personas en quiénes confiábamos o esperábamos, debido a frustraciones personales al no ver realizados los proyectos de vida que nos habíamos propuesto o habíamos soñado para nosotras. Todo eso nos vuelve desconfiadas, nos va forjando un caparazón de indiferencia o de amargura ante cualquier acontecimiento o manifestación del paso de Dios.

 

Quizá hemos ido cerrando nuestros ojos y nuestra capacidad de admiración ante todo aquello que puede sorprendernos y cambiarnos por dentro.

 

Hemos tirado la toalla y vamos viviendo de manera mediocre, dejando pasar la vida, mirando cómo pasan los días y las horas sin ningún sentido más que levantarnos rutinariamente para hacer nuestras tareas cotidianas y volver a la noche a nuestra cama, para repetir al día siguiente la misma secuencia rutinaria. Y así, vamos perdiendo cada día un poco más de nosotras.

 

Quizá hemos cerrado la puerta a la posibilidad de dejarnos amar, de creer que somos importantes para otras personas, que somos luz que ilumina otras vidas y las llena de sentido. Posiblemente hemos perdido la capacidad de cualquier gesto de afecto hacía otras personas, hacia nuestras hermanas de comunidad. Quizá nos hemos ido volviendo frías y duras, por miedo a mostrarnos vulnerables y ser heridas, por miedo a sufrir.

 

Todo esto que hemos ido perdiendo, Él viene a rescatarlo, a iluminarlo. Sólo hace falta abrir la puerta y dejarlo entrar. Él viene para dar sentido y autenticidad a nuestra existencia, para llenarnos de su gracia y verdad. “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia” (Jn 1,16).

 

Vivamos con plena consciencia este acontecimiento tan importante de la presencia de Dios en nuestra vida. Que no sea una fiesta más, una celebración litúrgica más, sino el acontecimiento más importante de nuestra existencia: Dios tocando a la puerta de nuestro corazón para entrar y quedarse con nosotros.

 

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