Ecos del Evangelio

1 febrero, 2020 / Carmelitas
LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR 2 DE FEBRERO 2020

La «luz» que llega hoy

 

Coincide este año la fiesta de la Presentación del Señor o de la Candelaria mas popularmente conocida, en domingo, y como pasa con otras fiestas, lastimosamente se ha quedado en una simple tradición y rito, (por ejemplo la de retirar el belén)pero sin entrar el verdadero significado de la fiesta.. Vamos pues a entrar en lo que realmente significa.

 

María, como hacían todas las mujeres israelitas, fue a cumplir los ritos de la purificación, obligatorios para las que acababan de dar a luz. Toda madre, al tener un hijo, quedaba legalmente «impura», y tenía que ser declarada «pura» en el templo por un sacerdote. Además, todo primogénito pertenecía a Dios. Los primeros nacidos de los animales eran sacrificados. Y el primer hijo de cada familia era rescatado por medio de una ofrenda. Hasta ahí la tradición y el rito correspondiente.

 

Pero el verdadero significado de la fiesta de hoy es que:

 

1.- La «luz» que llega al templo-Cristo- tiene un destino universal.

 

2.- El amor de Cristo por todos y cada uno de los hombres no se puede encerrar en unos ritos y tradiciones.

 

3.- El amor de Dios en Cristo no es un amor puramente sentimental, no es sólo ternura y expresión de sentimiento, sino también exigencia y renuncia. El amor de Dios no es paternalista, sino que es, sobre todo, liberador: hace personas libres. Haber cuando se quiere entender esto de una vez en la Iglesia ¡Que no se trata de estadísticas ni de clonar a la gente quitándoles su personalidad, que la Iglesia no es una empresa!

 

 

Ser creyente, es decir, ofrecerse y comprometerse con Cristo, es caminar en la incertidumbre y en la inseguridad, caminar de sorpresa en sorpresa. Nuestro Dios no es un Dios de costumbres sino de sorpresas. El amor de Dios es exigente, siempre está empujando para que los hombres crezcamos y maduremos, todo lo contrario de lo que muchas veces aun se predica. Por eso hoy es un día para preguntarnos si nuestra presentación al Señor se ha convertido en ofrenda y compromiso de nuestras personas con el evangelio de Cristo. Ese es el significado de la fiesta de hoy.

 

Ofrecerse a Dios, a Cristo, es aceptar ser suyo, comprometerse con Él, es ponerse a su servicio.

Ofrecerse y comprometerse con Dios es no aceptar en la propia vida otro dios que no sea el de Jesucristo, ni otro reinado que su Reino.

Ofrecerse y comprometerse con Cristo es, en fin, convertirse en regalo de Dios para los hombres, pues Dios no busca «coleccionar personas» a su servicio, sino enviar, a quienes se ponen en sus manos, a que sirvan a los hombres.

 

 

¡Pero cuantos por desgracia se han presentado y ofrecido a dioses de barro, a los becerros de oro de nuestro tiempo!

*Cuantos se presentan y ofrecen al dios dinero, a la inversión rápida, a la especulación fácil, a la doble vida, al chantaje, a la manipulación, a la corrupción.

 

*Otros se presentan al dios consumo, al dios moda, al dios jolgorio, que son los modernos vía crucis con bastantes más de catorce estaciones y que suelen terminar en el calvario del aburrimiento, del alcoholismo o la toxicomanía.

 

*Otros al dios estética, en los templos gimnasio, o entregados a los ritos de cuidar la imagen, aparentando hasta la saciedad, confesando el credo de la fe en la eterna juventud y cerrando los ojos a lo que consideran el «pecado» de envejecer.

 

*Otros se presentan al dios activismo, entregados en cuerpo y alma, sin tiempo para nada ni para nadie, sin tener ojos, oídos ni corazón para otra cosa que no sea consumir tiempo, y ambicionar y a acaparar, pero perdiendo la vida.

 

*Otros eligen presentarse a la diosa fortuna o se rinden incondicionalmente ante la diosa ciencia; a ella la ven como auténtica salvadora del ser humano.

 

*Otros, al dios de la droga, nuevo en su «formato», pero viejo en su sed de sangre, que reclama insaciablemente sacrificios humanos ofreciendo a cambio un paraíso de media hora tras el rito de la aguja o la esnifada.

 

 

Hay, en fin, tantos dioses ante los que se presentan y se ofrecen los hombres y mujeres de nuestro tiempo, que la imagen de Jesús hoy, niño en brazos de su madre presentado al Dios que prometió estar siempre junto a su pueblo y cumplió sus promesas, debe hacernos reflexionar y sobre todo a los que se dicen cristianos, incluso cristianos comprometidos y clero.

 

Reflexionar sobre el dios o los dioses a los que se están presentando cada día.

Reflexionar sobre la religión de pret a porter que se han construido a su imagen y semejanza no pocos cristianos.

Reflexionar y darse cuenta de que esa religión de plástico, descafeinada y a tiempo parcial les hace cada día más y más esclavos.

Reflexionar también el clero sobre el “si” que dieron de ofrecerse y comprometerse con el Señor y en cambio lo están utilizando para buscarse un status de vida, un cargo o una poltrona para que le rindan pleitesía su corte correspondiente. No obrar en consecuencia con el “si” que se dio, no es ser pecador es ser corrupto, son palabras del Papa.

 

 

Amigos presentarse a Dios-como hacemos el domingo- es ofrecerse a Cristo y comprometerse con Él en un nuevo estilo de vida. Por eso mismo, ser cristiano debe traer una serie de consecuencias en la vida. El cristiano no debe ni tiene por que tener miedo a ser una persona diferente. Ser fiel a Jesús, vivir como cristiano, seguir el Evangelio, conlleva una serie de consecuencias y eso hay que tenerlo claro; eso de que con una serie de jaculatorias, tradiciones y devociones, con eso ya basta es falso, lo siento.

 

 

Hay que decirlo con claridad: un cristianismo reducido al cumplimiento de unas obligaciones religiosas que no afectan a la vida; unas prácticas que no tienen repercusión en la vida y que solo se hacen por tradición y después todo sigue exactamente igual; y se hace compatible el realizar esas practicas, con un estilo de vida idéntico al de cualquier no creyente. Ese cristianismo el falso, lo repito. Y no es que lo diga yo, sino el propio Evangelio y el Papa.

 

 

Vivir al estilo del Evangelio nos puede llevar a «vivir la vida al revés», valorar lo que normalmente no se valora: la fidelidad, la abnegación, la entrega, la servicialidad, el estar al servicio del prójimo, el tener más confianza en Dios que en ninguna otra cosa, el compartir, el renunciar a un afán ilegítimo de posesión, la valoración de las personas por ser seres humanos y no por su categoría, sus posesiones, su edad o su belleza, etc. Y dejar como secundario y no importante aquello por lo que la mayoría se desvive (el dinero, el poder, la superioridad sobre los demás, la presunción, la obsesión por la belleza, la valoración sólo de lo juvenil, el afán de ser más que los demás, etc.)

 

Y ante esto se producen una de estas dos consecuencias:

 

-O uno tiene mucho temple para aceptar esa vida «a contrapelo», aguantando las incomprensiones de quienes le rodean e incluso las envidias y celos.

 

-O termina por adaptarse al estilo de vida de la mayoría, valorando, luchando y buscando conseguir exactamente las mismas cosas que cualquier otro, aunque conservando, por la razón que sea, esa capa externa, ese barniz de religiosidad, reducida a su más mínima expresión: unas cuantas prácticas más o menos interesantes para tranquilizar la conciencia y para eludir el compromiso que comporta el evangelio, y esto hay que reconocerlo, es mas frecuente de lo que pensamos.

 

 

No, lo importante no es tanto llamarse cristiano o no; sino ser sinceramente cristiano o no serlo. Ya es hora de poner coherencia en el cristianismo comenzando por los que predican y los que representan a la Iglesia. E ir más allá de las puras tradiciones, apariencias y vanaglorias.

 

Resumiendo: ofrecerse y comprometerse con Cristo puede quedarse en «una consigna bellísima escrita en una pancarta al lado de nuestro camino». O puede convertirse en vida de nuestra vida, pasando a grabarse en nuestros actos y en nuestro corazón. Esto segundo es lo que quería Jesús y es lo que significa ser cristiano. Espero haber me explicado

 

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