Ecos del Evangelio

30 diciembre, 2018 / Carmelitas
LA SAGRADA FAMILIA CICLO C 2018

 

 

La festividad de la Sagrada Familia es una ocasión, para recordar no solo lo sagrado de la familia que formaban: José, María y Jesús, sino también lo sagrado de toda familia, aunque esté tan vilipendiada y tan amenazada en la actualidad, y a cualquier cosa se le llame familia.

 

Si, amenazada por la superficialidad y la banalización de las relaciones familiares. La familia light. Hoy todo es ligero, frívolo, efímero, inconsistente, permisivo. Hoy todo es rápido y cambiable, hasta las personas para muchos son como productos para usar y tirar.

 

Si, amenazada por la ola de la ligereza. Es el caso de la metáfora evangélica: la casa cimentada sobre arena, que sucumbe ante cualquier viento o dificultad. Se dialoga poco, se discute mucho, se vive con los nervios a flor de piel. Hay casas que se convierten en fondas o en lugar de descanso y esparcimiento. Y las relaciones entre sus miembros flojas e inconsistentes.
Si, amenazada por “el consumismo que es la nueva religión ” La familia es la presa más codiciada del consumismo. A ella va dirigida la mayor parte de sus ofertas publicitarias: para que la casa esté bien puesta, para que la familia disfrute del bienestar conveniente, para que todos sus miembros vayan a la moda, para que se pueda conseguir el éxito, para no ser menos que los demás, para que se pueda ir progresando en todo: el piso, el chalet, etc. Se trata de vivir para consumir mientras más mejor.

 

Naturalmente, para eso hay que trabajar mucho y trabajar todos: hay que vivir deprisa y vivir «estresados. Se convive, pues, no para la común-unión sino para el común-consumo y disfrute de las cosas. La idolatría del tener, del instante y del instinto. Se quiere vivir, incluso la fe, pero sin ningún compromiso. Pues a pesar de todo lo anterior, y aunque no guste a los piji-progres baratos, la familia, es un sacramento natural. Bendecida por Dios desde el principio. Si el hombre y la mujer están hechos a imagen de Dios, la familia es su modelo acabado, porque Dios es también familia.

 

 

1*La familia es… encuentro y amor: No hay nada tan gratificante como cuando dos personas se encuentran en profundidad y se sienten incondicionalmente aceptadas y valoradas. Es como encontrar el tesoro escondido. El gran engaño de nuestro tiempo, es poner la felicidad en el tener, en la seducción del dinero y del aparentar, en vez de la seducción del amor, de la entrega y de la gracia.

 

No hay dinero que pueda comprar la gracia del amor, ni llenar el vacío de la soledad .Se lo podíamos preguntar a Adán, cuando estaba solo en el paraíso: suyos eran los tesoros del mundo y era dueño de todas las cosas, pero su corazón y su alma se moría de tristeza .Sólo al contemplar a la mujer dio un grito de entusiasmo.

 

No se trata naturalmente de un amor cualquiera, de un amor erótico, interesado, pasajero. Se trata de un amor auténtico, que llega al fondo de la persona, que es incondicional y definitivo. Ya decía S. Jerónimo: “Amistad que puede perderse nunca fue verdadera”. Cuando el amor es verdadero, cuando llega al centro de la persona, ese amor desafía el futuro como la casa cimentada sobre la roca. Y entonces se hace posible el encuentro, la acogida, el dialogo, la amistad. En la familia, cada miembro es amado más de lo que merece, se vive continuamente la gratuidad.

 

 

2*La familia es… comprensión y perdón: El amor es comprensivo, da una apertura magnífica para conocer al otro y acercarse al misterio de la persona. Si conociéramos y comprendiéramos de verdad a las personas, no seríamos tan fáciles para odiar y condenar.

 

Y la comprensión se da la mano con el perdón. Por muy grande que sea el amor siempre hay algo que perdonar. Todos los días tendremos algo que perdonarnos, por los olvidos, por los cansancios, por las insatisfacciones, por las preocupaciones, por los prejuicios, por las dudas, por los nervios, por los roces, por los inevitables egoísmos, por las incomprensiones, por todo tipo de fallos y limitaciones.

 

En la familia, o se aprende a perdonar de corazón o se rompe, pero sin duda. La comprensión y el perdón son la base para la estabilidad y la armonía de la familia y de toda comunidad. La comprensión y el perdón no pueden ser una válvula de escape para la indiferencia, la dejación, el capricho o la falta de respeto.

 

La comprensión y el perdón no están reñidos con la exigencia mutua y el esfuerzo de todos. El sentirme comprendido y perdonado debe ser para mí la mayor disciplina y el mejor estímulo. La familia es, efectivamente, un semillero de exigencia y tolerancia, de perdón y agradecimiento.

 

 

3*La familia es… creatividad y superación: Es cierto que nada hay tan gozoso como el amor, pero nada tan exigente y tan fuerte como el amor. El amor es la fuerza que crea la vida, que aglutina familias y comunidades, que sostiene el mundo.

 

Por eso el amor es creativo y hace crecer; no es tarta que se consume, sino tarea que se consuma; no es tesoro que se guarda, sino semilla que se cultiva; no es nirvana, sino creación continúa; no es solo mirarse el uno al otro, sino conjuntar miradas y esfuerzos en metas superiores. El amor hay que conquistarlo en la lucha de cada día. Hay que purificarlo en las actitudes cada día. Hay que cultivarlo con los detalles. Hay que limpiarlo del polvo de la rutina de cada día. Hay que ejercitarlo con la paciencia y el perdón de cada día.

 

El amor no es dominante ni absorbente, sino que respeta sumamente al otro y le ayuda a ser él mismo y a crecer en su propia personalidad. No se puede decir que se ama cuando se asfixia al otro. El amor hace crecer la vida. A través de los padres, Dios sigue creando, cultivando la vida, desarrollando el ser. Pero los hijos también hacen crecer a los padres: no sólo reciben, también dan estímulos vitales enriquecedores. La familia es así verdadero seminario de humanidad.

 

 

4*La familia es… presencia de Dios: Todo amor humano es un reflejo del amor divino. Toda familia humana es una participación de la familia divina. Dios está ahí, ayudando a los esposos a quererse, ayudando a los hijos a desarrollarse, ayudando a todos a integrarse desde el respeto, el diálogo y la solidaridad.

 

También la familia es un templo donde todo puede convertirse en oración. Si santa Teresa encontraba a Dios entre los pucheros, Dios también se hará presente en los abrazos multiplicados, en las lágrimas compartidas, en los esfuerzos conjuntados, en las esperanzas cultivadas, en los ideales soñados. Y su presencia será especialmente viva e intensa cuando nace un niño, cuando triunfa o cuando enferma un hermano, cuando muere un padre o una madre. Y una presencia espacialísima cada vez que la familia se reúne para hacer oración, para escuchar su palabra e interpretar los acontecimientos.

 

Otro modo de presencia es cuando las puertas de la casa se abren al amigo o al peregrino, cuando se comparte con el vecino, cuando se participa en la vida social o se trabaja de cualquier modo por los demás. Porque la familia siempre ha de estar abierta a los demás y lanzada hacia el futuro.

 

Contando con esta presencia de Dios en la familia, todas las dificultades se pueden superar: las gratificaciones prevalecerán sobre las discusiones; la creatividad sobre las rutinas; la libertad sobre la costumbre; las satisfacciones sobre los vacíos; la presencia y valores sobre los problemas; las alegrías sobre las penas; la presencia y amistad sobre la soledad.

 

 

5*Por todo lo anterior , la familia es… un sacramento cristianoEn estas festividades navideñas celebramos no sólo el nacimiento de Jesús, sino su nacimiento y su vida en familia.

 

No será tan mala esta institución cuando el mismo Hijo de Dios se asentó en ella y durante treinta largos años vivió activa y participativamente en ella. Y si algo hubiera de impuro y de limitado en la familia, la vivencia del Hijo de Dios en una familia, la purifica, la redime y la dinamiza.

 

Cristo redime todo lo que él asume. Cristo libera todo lo que toca. Cristo salva todo lo que experimenta. Por eso, todo lo humano queda salvado, porque Él lo vivió: todo, incluso el dolor, las lágrimas, el miedo, la muerte y, naturalmente, también la familia, en la que pasó la mayor parte de su vida.

 

Cristo aporta a la familia la medicina y el dinamismo necesario para que pueda convertirse en un verdadero sacramento. Cristo salva a la familia de las limitaciones de la carne, de la tiranía del sexo, del aislamiento familiarista, de la insolidaridad egoísta, de la falta de compromiso, del tradicionalismo a ultranza, del autoritarismo patriarcal, del sentido posesivo del amor.

 

Cristo cambia el agua insípida del amor humano en el vino generoso y abundante del amor del Espíritu. Cristo purifica, eleva y trasciende el amor de los esposos, de manera que llegue a ser una imagen del amor de Cristo a la Iglesia. Un amor que sea, como el suyo, limpio, gratuito, generoso, incondicional, ilimitado, entregado. No niega nada, sino que lo potencia todo.

 

Si por una parte Cristo convierte la familia en una Iglesia, convierte por otra, la Iglesia en una familia para todos, y a eso hemos de volver. Es la familia de los hijos nacidos, “no de sangre ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino de Dios”. Es la familia de Dios, en la que ya no hay distinción «entre judío y griego; bárbaro y escita; esclavo y libre; hombre y mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús».

 

La Iglesia desde Cristo debe ser la familia en la que no haya puertas cerradas, ni muros divisorios, ni murallas defensivas, ni pasos fronterizos, ni bloques cerrados, ni pactos beligerantes, ni alianzas defensivas, ni vanaglorias vergonzosas. La Iglesia debe ser la familia en la que todos hablen la misma lengua: la del amor, aunque hablen lenguas distintas; en que la colaboración sustituirá a la competencia y la solidaridad a la rivalidad y la confianza al miedo y la ayuda a la explotación. Es la familia del amor.

 

¡Buen día hoy para mirarnos en el espejo de la Sagrada Familia y examinar nuestras familias, la natural y la parroquial, haber si de verdad las hacemos sagradas!, porque como decía Lao Tsé:

Perdido el amor, queda la virtud.

Perdida la virtud, queda la bondad.

Perdida la bondad, queda la justicia.

Perdida la justicia, queda el rito.

Y el sólo rito, es apariencia de fidelidad y origen de todo desorden.

 

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