Ecos del Evangelio

26 mayo, 2018 / Carmelitas
LA SANTÍSIMA TRINIDAD CICLO B 2018

 

EL AMOR ES LO QUE DELATA A NUESTRO DIOS

 

La fiesta de hoy es una invitación a entender quien es nuestro Dios. El domingo pasado, con la solemnidad de Pentecostés, acabábamos el largo tiempo de  Cuaresma y Pascua: el tiempo central de la muerte y la resurrección de Jesús. La fiesta de hoy viene a ser como un eco de todo lo que  acabamos de celebrar.

 

¿Qué quiere decir esta fiesta? ¿Qué nos invita  a recordar, a tener presente?  Nos invita  sobre todo a mirar hacia nuestro Dios y empaparnos bien de Él. Mirarlo, e intentar  comprender más y vivir más quién es Él: quién es el Dios en quien nosotros creemos.

 

 

-Porque hay gente que cree en Dios y se lo imaginan como un personaje poderoso que  nos vigila desde el cielo para poder castigarnos si desobedecemos sus leyes.

 

 

-Otros se lo imaginan como una especie de motor lejano que lo pone todo en movimiento,  incluso a nosotros, como si fuéramos unas marionetas.

 

 

-Y otros que piensan que es alguien  a quien podemos utilizar para que nos resuelva los problemas, o incluso para ponerlo a  favor nuestro cuando tenemos conflictos con alguien, incluso en las guerras, ¡muchos  creían que podían poner a Dios a su favor y en contra de sus enemigos! 

 

 

Ciertamente, quien entienda a Dios de este modo, lo entiende muy  equivocadamente, rematadamente mal. Por eso no nos irá mal, recordar otra vez  quién es este Dios en quien creemos.

 

 

Lo que hemos celebrado a lo largo de la Cuaresma y Pascua es  que Dios nos ama infinitamente incondicionalmente. 

 

Dios, origen y fin de toda vida, nos ama. Y por eso, la palabra que más se ajusta para  hablar de Él, y para dirigirnos a Él, es la palabra Padre. Cuando nosotros le decimos a Dios  “Padre”, estamos diciendo que lo sabemos más grande que nosotros; que nos ponemos en  sus manos; que lo reconocemos como al único grande; y a la vez, que vivimos y sentimos  su bondad, su estimación hacia cada uno de nosotros.

 

 

Dios es pues nuestro Padre. Pero eso no lo decimos porque se nos haya ocurrido a  nosotros, sino porque lo hemos podido palpar. Lo hemos podido palpar en Jesús.

 

Y Dios es Hijo. A lo largo de estas semanas de Cuaresma y Pascua, hemos celebrado a aquel hombre,  Jesús de Nazaret, que ha amado hasta la muerte y ahora vive por siempre. Lo hemos celebrado, y hemos reconocido que en Él Dios estaba presente. Hemos reconocido que Él era el Hijo de Dios, Dios hecho hombre. El nos ha enseñado el  amor inmenso de Dios, y nos ha enseñado a dirigirnos a Él llamándole “Padre”. Y viéndole a  Él hemos visto a Dios mismo compartiendo nuestra condición humana.

 

Y aún es más. Aún es más fuerte el amor de Dios. Dios Padre, y Dios Hijo hecho  hombre, nos han dejado un don: nos han dado su mismo Espíritu para que esté por siempre  con nosotros, y nos dé vida, y nos haga vivir el Evangelio, y nos reúna en comunidad, y nos  lleve hacia el Reino. Dios Espíritu Santo es la presencia en nosotros, constante, viva,  transformadora, del amor infinito, de la bondad para siempre, de la gracia inagotable.

 

 

Este es nuestro Dios. Es el Padre fuente de toda vida y bondad. Es el Hijo que ha  compartido nuestra condición humana amando hasta la muerte y resucitado para darnos  vida. Es el Espíritu que vive en nosotros y nos conduce, a nosotros y a la humanidad  entera, hacia la plenitud de Dios.

 

Creer en la Trinidad quiere decir que Dios no es un ser solitario y ocioso, una mónada  aislada y despreocupada, una estrella errante y lejanísima. Dios es diálogo eterno,  Donación de Amor absoluto y comunión sustancial. Dios es esencialmente relación desde el  principio. En Dios no existen diferencias, preferencias, jerarquías, distancias; pero donde todas las  personas son respetadas en su máxima dignidad e identidad.

 

 

Por tanto, las tres grandes dimensiones divinas 

 

Diálogo. El Padre ve en el Hijo toda su verdad, y el Hijo ve en el Padre toda su  identidad. El Espíritu sería como los ojos para verse

 

Donación. El Padre se entrega todo al Hijo, que se siente enteramente del Padre. El  Espíritu sería los brazos de la mutua entrega.

 

Comunión. Hasta fundirse Padre e Hijo en la unidad perfecta, sin perder la propia  identidad. El Espíritu seria el abrazo vivo.

 

La Trinidad es tal vez es uno de los Misterios más impresionantes, impactantes y bonitos de nuestra creencia cristiana.

 

 

Nos persignamos en su nombre. Sentimos, la presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu, desde el momento de nuestro Bautismo, cada vez que entramos en un templo, al emprender un viaje o tomar un avión. Nada, de la Santísima Trinidad, nos es indiferente: nacimos a la fe en su nombre y, en su nombre, quisiéramos marcharnos de este mundo.

 

 

Poco nos importa que, nuestro Dios, sea “tres y uno a la vez”. Creemos, nos quedamos admirados, aprendemos la gran verdad que hay de fondo (el amor trinitario) y seguimos avanzando, viviendo, amando, progresando implorando su protección.

 

 

¿Qué es el Misterio de la Trinidad? Preguntaba un niño a su profesor de religión. Éste le contestaba: no te diré como se descifra, eso sí, te diré que se sostiene en el amor, que por amor conviven y que por amor se desviven.

Lo que les une a las tres personas es precisamente eso: el Dios amor.

 

 

Hoy al celebrar la Santísima Trinidad contemplamos asombrados el inmenso amor (gratuito, generoso, bello, radiante, puro y desinteresado) que destella esta gran familia. Porque, la Trinidad, es eso: familia que comparte, siente, piensa y vive lo mismo. Orientadas, las tres personas, a la salvación de la humanidad. Volcadas de lleno, las tres personas, al servicio del hombre. No descifraremos este Misterio pero, al acercarnos hasta él, se intuye el aroma que desprenden y el secreto que encierran: el amor habita en el corazón trinitario.

 

Bueno seria, a partir de esta fiesta el re-descubrir el gesto de la señal de la cruz y no hacerlo por rutina

 

 

El recuperar el persignarnos cuando pasamos por delante de una iglesia; cuando nos sentamos a comer; o cuando, ante una tormenta de granizo o espiritual, es sentir la protección de la Trinidad que sale a nuestro encuentro.

 

 

Tenemos que dar a conocer, a los demás, el amor que Dios nos tiene. Se echan en falta, y muy especialmente en el mundo católico, gestos que denoten nuestra pertenencia a la Iglesia, nuestro afecto por las cosas de Dios, la síntesis de nuestra fidelidad al Padre cada vez que nos santiguamos: en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

 

 

¿Seremos capaces de transmitirlo a las nuevas generaciones? ¿Daremos testimonio, del amor trinitario, cada vez que nos subimos a un medio de transporte, nos enfrentamos a un examen, ingresamos en un hospital o incluso al arrodillarnos en una iglesia?

 

 

 

Porque, si de la abundancia del corazón, hablan nuestros labios ¿no deberían también verse un poco más y hablar un poco más nuestros gestos cristianos? ¿O es que, tal vez, no tenemos claro el gigantesco amor que Dios nos tiene en el Padre, el Hijo o el Espíritu?

 

 

 

EL AMOR ES LO QUE DELATA A NUESTRO DIOS

 

Amor que, siendo Padre, se despliega en el Hijo y que, acariciando con las manos del Hijo, se hace eco, susurro y soplo en el aliento del Espíritu.

 

¿Cómo lo haces, oh Dios?  ¿Cómo consigues ser tres y uno a la vez?

¡Dinos dónde encontrar el secreto de tal misterio!

 

¡Dinos cómo comprender lo que, al entendimiento,  resulta tan lejano, inaccesible e imposible!

 

Amor, sí; amor que funde al Padre con el Hijo en el Espíritu.

 

Amor, sí; amor que construye una única casa donde habitan, comparten y disfrutan, por amor, el Dios Único con el Padre, el Hijo y el Espíritu.

 

Amor, sí; amor que, cuanto más ama, con más amor nos aguarda.

 

 

¿Cómo lo haces, oh Dios? ¿Cómo llegas a tal comunión íntima y perfecta? ¿Cómo, sin perder naturaleza alguna  te presentas de formas tan distintas y, a la vez, tan armónicamente unidas?

Amor; sí; amor que busca el bien y la felicidad divina.

Amor; sí; amor que disfruta entregándose.

Amor; sí; amor que es secreto de la grandeza trinitaria.

Amor; sí; amor que asombra y nos acerca a este Misterio.

Amor; sí; amor que irradia el núcleo del corazón trinitario.

Amor; sí; amor que exige ser también UNO con Dios, como, el Hijo y el Espíritu son también con el Padre.  

Amén

 

 

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