Ecos del Evangelio

9 junio, 2017 / Carmelitas
La trinidad es comunión

LA SANTISIMA TRINIDAD CICLO A 2017 El dogma de la Santísima Trinidad no es un simple enunciado que hay que creer, sino un medio para ayudarnos a conocer la realidad de Dios y del hombre. Cuando hablamos de la vida íntima de Dios estamos expresando, a la vez, la clave o la raíz de ser hombres en el mundo. Desde la experiencia del mundo en profundidad y de nosotros mismos, podemos llegar a rastrear a Dios. La Trinidad significa que nuestro Dios no es un Dios solitario, sino que en Dios hay calor familiar. Dios no es único a pesar de ser tres, sino que es único precisamente porque en Él son tres que comparten todo lo que son, hasta llegar a realizar aquello que para las personas que se aman siempre será un sueño: sin dejar de ser ellos, ser una misma cosa. Porque Dios es amor y comunión, crea comunión allí donde se hace presente. Y la comunión será siempre, si no una realidad, sí una exigencia para los creyentes. La Trinidad es para nosotros un misterio de salvación, de vida en plenitud. Dios es indefinible, impensable, respuesta total y auténtica a las aspiraciones de los hombres. Dios es lo primero y lo último, lo profundo, el fundamento de todo lo que existe. No tenemos palabras para expresarlo. Es tan claro, que no hay pruebas. Es tan hondo, que no se ve con los ojos corporales. Es una llamada, una experiencia más seria que todas las demás. Es un acto de fe, una sugerencia aclaradora, una aventura y, a la vez, base de todo. A Dios lo vamos conociendo a través del Hijo. Y creemos que la comunidad de vida que es Dios es posible en nosotros, es una realidad en nosotros gracias al Espíritu. La Trinidad tiene que estar presente en cada momento de nuestra vida, porque es la vida del hombre. Sólo desde la Trinidad se nos aclaran todos los interrogantes que nos van surgiendo a través de nuestra vida: qué es vivir, por qué no podemos ser felices solos, porque nos gustan muchas cosas pero ninguna nos llena, la sed de infinito y plenitud… “Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor” (Jn) ¿Quién de nosotros puede afirmar de verdad que ama? ¿No somos egoístas incluso cuando amamos? ¿Quién puede decir que ha puesto en común todo lo que es y todo lo que tiene? Entonces, ¿cómo “ver” a Dios? (Mt 5,8). Vivimos apoyados en la miseria de los pobres, edificamos sobre los que pasan hambre. Nuestra comodidad es fruto de los que trabajan como esclavos. Perdemos el tiempo de un modo lamentable, mientras tantos de nuestros hermanos necesitarían que les dedicáramos ese tiempo nuestro desperdiciado… ¿No estamos sordos ante el gemido de los que sufren; impasibles ante el silencio de los que se tienen que callar a la fuerza; insensibles ante los encarcelamientos por causa de la insoportable corrupción de nuestra sociedad; indiferentes ante los que nos niegan los derechos humanos más elementales? Nuestra vida no manifiesta amor. Estamos llenos de fariseísmo, de cultos, de palabras de Dios, mientras los que nos ven tienen que exclamar: ¡el Dios de los cristianos ya ha muerto! Jesús nos trajo la vida eterna. ¿Cómo pretendemos poseer la vida, si la hemos matado? Llegamos a llamar a la tiniebla luz y luz a la tiniebla. Escribimos un evangelio de burgueses satisfechos y nos creamos nuestro Dios, que es una grotesca caricatura del verdadero. Vivimos solos, desterrados, incapaces de aceptar a los otros, incapaces de hacer la igualdad, incapaces de crear un ámbito de libertad y de justicia. Los cristianos hemos arrasado demasiados valores para que podamos ver el futuro con optimismo. El mundo llamado cristiano es el principal culpable de la injusticia a escala mundial. El mensaje cristiano que nos hemos fabricado está al margen del mundo. Tenemos miedo al mundo de hoy y al futuro, a la novedad y al riesgo. Dudamos de la fuerza transformadora del evangelio.Tenemos miedo porque carecemos de la fe en el Dios de Jesús. Nos dedicamos a transmitir normas y ritos en lugar de ser transmisores del amor universal. Buscamos en ideologías o políticas -“cisternas rotas”- lo que hemos sido incapaces de encontrar en el evangelio. A pesar de todo, el amor de Dios está en el mundo, ofrecido. Dios sigue empeñado en salvarnos. Podemos volver del aislamiento y del destierro. ¿Seremos capaces de aceptar que el amor salve nuestras vidas? La relación de Dios con el mundo no puede ser más que de amor. Cuando el mundo se construye sobre el egoísmo, el mundo no puede invocar en su favor al Dios amor. Dios está en contra de la cerrazón, del repliegue sobre uno mismo, del aprovecharse de los otros, del deseo de apropiación, de la voluntad de poder, de la división, de los sistemas económicos que provocan hambre y marginación, de las opresiones, represiones y explotaciones humanas. Afirmar que Dios es amor nos obliga a aceptar al amor como el único móvil, único proyecto y única meta del mundo, de la sociedad y de uno mismo. El Dios del amor nos libera de la soledad al sentirnos habitados por el Padre, el Hijo y el Espíritu, cuando nos entregamos a la comunicación en la amistad fraterna. Para el cristiano, vivir es con-vivir, es amar. El encuentro del hombre con Dios es imposible si está separado del encuentro del hombre con el hombre. Sólo vivimos si convivimos, porque somos imagen de Dios trino, comunidad de amor. Sólo en comunidad somos signo en el mundo de nuestro Dios trinitario, y sólo en comunidad nos realizamos como personas verdaderas. Mirad, para entender la Santísima Trinidad, entendamos que: El creyente se encuentra con Dios en tres dimensiones fundamentales. Vemos en el evangelio a un Dios que está sobre nosotros. Es el padre nuestro. Un padre lleno de amor, respetuoso con la libertad de sus hijos -no es paternalista, no da todo hecho-, siempre dispuesto a perdonar. También encontramos a un Dios que, en Jesús, ha tomado un rostro humano, fraterno. Un Dios que está a nuestro alrededor. Un Dios hermano nuestro: “Tuve hambre…” (Mt 25,31-46). Y Dios se encuentra también en la dimensión interior, en las profundidades de nuestro ser. Dios está “dentro” de nosotros. Decía san Agustín: “Dios es más íntimo a mí que yo mismo”. Y así, Dios es nuestro padre, nuestro hermano, nuestro espíritu. Lo vamos descubriendo en la medida que seamos hijos, hermanos y verdaderamente espirituales. En lugar de abordar el misterio de la Trinidad utilizando imágenes y comparaciones insuficientes y gastadas -como el famoso triángulo-, será más útil para nuestra vida reflexionar sobre la Trinidad en una perspectiva de comunión. Dios es una familia, una comunidad. Resultan así iluminadas nuestras relaciones humanas: seremos imagen de Dios siendo familia, siendo comunidad. Dios Uno y Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo, está muy cerca de nosotros, pero tenemos que darnos cuenta para que no pase desapercibido. Por eso la experiencia religiosa no es un privilegio, sino un compromiso: Si somos los elegidos e hijos de Dios, vivamos como hermanos. Si hemos escuchado su voz, cumplamos su palabra. Si el Señor nos ha salvado, vivamos con la alegría de sentirnos salvados y comuniquemos a otros la Buena Nueva de la salvación. ¿CUAL ES EL SECRETO, SANTISIMA TRINIDAD? Tu secreto, Trinidad Santa, es la comunión. No existe el “yo” en Ti, sino el “nosotros” No existe lo mío, sino lo nuestro. No existe mi bien, sino el bien de todos. Tu secreto es la enemistad con el egoísmo. Tu secreto es la búsqueda de la unión. Tu secreto es la verdad transparente. Tu secreto es la voz que se comunica. Tu secreto los tres corazones fundidos en uno: UN SOLO DIOS Y PADRE UN SOLO DIOS E HIJO UN SOLO DIOS Y ESPÍRITU UN SOLO DIOS VERDADERO ¡LA TRINIDAD ES AMOR! ¡ES UNA FAMILIA QUE VIVE EN EL AMOR! ¡SU FUERZA ES EL AMOR! ¡SU SECRETO ESCONDIDO ES EL AMOR! ¡Y DIOS, ES DIOS, PORQUE ES AMOR COMPARTIDO Y ENTREGADO!

 

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