Ecos del Evangelio

2 septiembre, 2016 / Carmelitas
La vida plena sólo la da Dios

DOMINGO XXIII T.O. CICLO C 2016

Nos encontramos ya en el mes de septiembre, todo empieza a volver a la normalidad. Pronto se pondrán en marcha todas las actividades escolares, laborales y pastorales de las parroquias. Entre esas actividades que se ponen en marcha, hay una que a veces me ha hecho reflexionar y que hoy nos puede servir para darnos cuenta de lo que quiere decirnos el evangelio que acabamos de escuchar. Se trata del hecho de que, dentro de pocos días, numerosos jóvenes empezarán a ir a la universidad, para hacer el primer curso de la carrera que hayan podido escoger. Y lo que me hace reflexionar es que, de estos jóvenes, sin duda, un buen número va porque lo desea, porque son capaces de sacar bien los estudios, y porque quieren aprovechar esta oportunidad de una mejor formación. Pero, al mismo tiempo, hay otros que van porque eso es lo que hacen los jóvenes de su ambiente, o porque la posición social de su familia casi obliga a ello, o porque si no lo hicieran les parecería que son menos que los demás… Esos jóvenes que empiezan sus estudios universitarios en esas condiciones, probablemente lo pasan muy mal para superar las pruebas de acceso a la universidad. Y luego, cuando están dentro, suspenden y repiten cursos, y todo lo que están haciendo les sirve de muy poco. Digo, que este ejemplo, nos puede servir para entender mejor lo que Jesús quiere decirnos en el evangelio. Porque Jesús nos dice: “Si queréis ser mis seguidores, si queréis ser cristianos, pensadlo bien. Porque para ser cristiano: 1- hay que tener realmente ganas de serlo, es decir, estar convencido; 2- hay que ser capaz de hacer, de comprometerse por y con el evangelio, porque no se trata solo de creerlo; 3- hay que escoger ser cristiano personalmente, desde la libertad. No se puede ser cristianos sólo porque de pequeños nos bautizaron y toda la vida lo hemos sido, sino porque yo opto libremente por seguir a Cristo con todas las consecuencias. Jesús compara el seguimiento del discípulo tras Él con una empresa muy seria, tal como construir una torre o hacer una batalla. Antes de decidirse, es mejor medir bien todas las consecuencias, calcular las posibilidades, costos, riesgos, etc., y finalmente elegir, y ser consciente de aquello en lo que uno se embarca. Y luego Jesús termina con una sentencia clara y definitiva, que explica las condiciones que uno debe ser capaz y estar dispuesto a aceptar: “El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío”. Así como para entrar en la universidad, si uno no tiene ganas de estudiar, es mejor que no entre; para ser seguidor de Jesús, uno tiene que estar dispuesto a renunciar a cosas y a maneras de vivir, y escoger a Jesús y su evangelio por encima de todo. Hay que amar a Jesús por encima de todo; hay que aceptar la cruz de Jesús. Y si no, mejor no meterse. ¿Qué significan esas condiciones que Jesús pone a los que quieran seguirlo? La primera condición es: amar a Jesús por encima de todo. Lo explica el -Evangelio con claridad: hay que posponer al padre y a la madre, a la esposa y a los hijos… amar a Jesús más que todo lo que uno pueda amar. Desde luego que diciéndonos eso, Jesús no nos está diciendo que no debamos amar a nuestra familia. Ni nos está diciendo que no debemos amar a las personas ni a las cosas que hay en nuestra vida: los amigos o nuestra tierra, o las pequeñas aficiones que nos dan alegría. Pero sí nos dice algo muy importante: que no podemos quedar encerrados en ninguno de esos amores. Que uno no puede decir: “Ya me preocupo de mi familia, procuro que tengan las mejores cosas, el mayor bienestar, procuro que en casa todos tengan una buena educación, que estén bien situados ante el futuro, y con eso ya quedo tranquilo”. Pues Jesús nos dice que con eso no basta para seguirle a Él. Jesús nos está diciendo que no podemos convertir a nuestra familia en lo más importante de nuestra vida, ni tampoco nuestro trabajo, ni nuestro partido político, ni nuestro amor a la patria, ni ninguna otra cosa. Y menos aún, claro está, nuestro dinero, o el fútbol, o la tele, o internet, etc Que por encima de cualquier cosa que amemos debemos ponerle a Él, debemos poner la salvación que Él nos da, y debemos poner la llamada que Él nos hace a seguir su evangelio. Debemos saber que todas las cosas -todas- son relativas, porque la vida plena sólo Dios la da. Y debemos saber que el camino de esta vida es el camino del Evangelio, con todo lo que el Evangelio implica de apertura a todos –también a los que no son de nuestra familia, o los que no piensan como nosotros- por ejemplo, de entrega y atención a los demás, de preferencia por los pobres… Todo lo que amamos debemos amarlo teniendo muy en cuenta eso que nos dice Jesús. Si no, difícilmente nos podremos llamar cristianos. La segunda condición: llevar la cruz de Jesús. O, dicho de otro modo: tener muy claro que para vivir amando a Jesús y su Evangelio por encima de todo, hace falta esfuerzo y renuncias, hay que estar dispuesto a no hacer lo que a uno le venga en gana.Y eso cuesta. Y por eso Jesús dice, que si uno no está dispuesto, o no se ve capaz de llevar a cabo renuncias en su vida, mejor se borre del grupo de sus seguidores. La fe no dispensa al creyente de sufrimientos. Pero tampoco la fe carga necesariamente al cristiano con un sufrimiento mayor que el del resto de los hombres. Lo primero que escucha el creyente cuando se siente interpelado por Cristo a llevar la cruz tras Él no es una llamada a sufrir «más» que los demás, sino a sufrir en comunión con Él, es decir, a «llevar la cruz» no de cualquier manera, sino «tras Él», desde la misma actitud y con el mismo espíritu. Quien vive así la cruz, unido a Cristo y desde una actitud de confianza total en Dios, aprende a vivir el sufrimiento de una manera más humana. Los sufrimientos siguen ahí con todo su realismo y crudeza, pero con la mirada puesta en Cristo crucificado, el creyente encuentra una fuerza nueva en medio de la inseguridad y la desolación; descubre una luz incluso en los momentos en que todo parece absurdo y sin sentido; experimenta una protección última y misteriosa en medio del abandono de todos. Para poder hacer nuestras estas dos condiciones hay una premisa imprescindible: la humildad, de la que hablábamos el domingo pasado El Eclesiástico nos recuerda “hazte pequeño en la grandeza”. Es difícil ese arte de empequeñecerse. ¿Cómo llevar a cabo esa indicación? ¿Cómo ser diminuto en un mundo que valora lo supersónico? ¿Cómo ser humilde en una realidad que exalta la ostentación, la apariencia y la opulencia? Ni más ni menos que, volviendo a las fuentes de nuestra fe. La respuesta nos la da el evangelio: “los primeros, serán los últimos”. A Jesús se llega más rápidamente por la senda de la humildad, cuando somos capaces de confrontarnos a nosotros mismos con valentía y reconociendo equivocaciones o errores. Nuestra postura ante Dios no puede ser de orgullo o autosuficiencia. Alguien con cierta razón sentenció que: “el orgullo es una lente sucia que nos impide sentir, seguir y vivir a Dios”. Cuando somos gigantes en humildad estamos más cerca de lo auténticamente grande. Es un camino hacia la grandeza de Dios. En el momento crucial que estamos viviendo respecto a las raíces cristianas de Europa y en las latitudes en las que vivimos, no es bueno confundir humildad con cobardía o con decir que “sí” a todo y por todo. A no pocos, a los que les molesta las más de cuatro verdades de Jesús de Nazaret, pretenden convencernos de que la Iglesia ha de ser más humilde. Y ciertamente ha de serlo. Pero en primer lugar tendrían que comenzar por serlo ellos, ¿no? , mas que nada para predicar con el ejemplo. Y en segundo lugar, cuando dicen humilde que quieren decir, ¿más políticamente correcta? ¿Más humilde significa presentar un mensaje descafeinado que no duela a los poderosos y a las ideologías reinantes? ¿Más humilde significa replegarse en las sacristías y no molestar a las conciencias? ¿Mas humilde significa no prestar atención a la fuerza y la vigorosidad del evangelio y reducirlo a cuatro formulas pietistas? ¿Más humilde significa, ser diplomático y bizcochable para comulgar con ruedas de molino? ¿Más humilde significa callar y mirar para otro lado, acobardándose, para no llamar a las cosas por su nombre? La humildad, bien entendida, es hermana de la sinceridad y de la valentía. Y no tiene nada que ver con la diplomacia y la cobardía. Aunque por desgracia esa humildad, que diferentes estamentos demandan para relegar el evangelio a lo privado, tiene colaboradores dentro de la Iglesia. Ya los tuvo desde el Cenáculo. Ser auténticos cristianos nos puede complicar la vida. A Jesús le ocurrió algo parecido: su humildad le llevó a hablar siempre con claridad. No se plegó de brazos. No sucumbió ante el poder establecido. Sabía que, los poderosos de su tiempo, no valían, ni valen un segundo de la eternidad que el Padre le tenía y nos tiene preparada. Ser humilde no significa no ser combativo. Una visión falsa de la humildad cristiana es el ocupar los últimos puestos a la hora de defender los postulados cristianos, la vida de la Iglesia, la cruz o el mismo evangelio. Amigos, ahora que estamos comenzando un nuevo curso, todos debemos desde la libertad, replantearnos nuestros pasos como seguidores de Jesús y comprobar la solidez de nuestra andadura cristiana, para no engañarnos. Pero os aseguro que preferir todos los bienes del mundo, a Jesús, es un lamentable error de cálculo, que mas pronto que tarde la realidad lo hace pagar.

 

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