Ecos del Evangelio

27 agosto, 2016 / Carmelitas
La vida se gana cuando se entrega

DOMINGO XXII T.O. CICLO C 2016 Como habréis podido observar el tema central de la Palabra de Dios de hoy es LA HUMILDAD. ¿Qué tiene la humildad que tanto gusta a Dios? Analicemos qué es la humildad, pero ya podemos dar de entrada una definición, la que Santa Teresa le decía constantemente a sus monjas: “humildad es andar en verdad”. Otra vez Jesús acepta la invitación de “uno de los principales fariseos para comer”. Comer con Jesús siempre era comprometido, porque aprovechaba las sobremesas para dar lecciones trascendentales: unos invitados encontraban en la enseñanza de Jesús la verdadera libertad; para otros, sus charlas eran motivo de rabia y hasta de odio hacia Él. Porque Jesús, no era diplomático, ni políticamente correcto ,aunque fuera un invitado. Siempre desbarataba con su enseñanza los comportamientos antievangélicos porque decía “las verdades del barquero” allí donde iba. Jesús no esquivaba las invitaciones de sus enemigos, porque vino a ofrecer la salvación a todos. Cuando le invitaron era sábado. (Los sábados solían comer de fiesta los judíos y para celebrarlo invitaban siempre a un comensal de honor, primero era invitado a hablar en la sinagoga y después agasajado en una comida festiva). “Notando que los invitados escogían los primeros puestos”, Jesús -en la sobremesa- inicia su charla .Y las actitudes que estaba viendo en aquella comida, le sirven de imagen para dar y darnos una lección para nuestra salvación. Los invitados debían observar en los banquetes un riguroso orden de precedencia, que no se otorgaba sólo por razón de la edad, sino conforme a la dignidad y categoría de los invitados. Cada uno elegía su puesto conforme al rango que tenia en la sociedad y en la institución de la religión judía. Los fariseos cuidaban mucho de su honor, gustaban de ocupar los primeros puestos en las sinagogas y de los saludos en las plazas (hoy diríamos, que les encantaba salir en la foto y que la gente les reverenciara) Y con la misma seguridad con que ocupaban los primeros puestos en la mesa, creían saber cuál era su puesto en la mesa del reino de Dios: los primeros, sin ninguna duda. Además, en aquella sociedad, viciada en sus raíces, de orgullo y de ambición, los puestos principales eran sinónimo de poder personal. Veían ridícula la actitud de Jesús en favor de los sencillos, de los que jamás se prestan al doble juego por ningún tipo de interés. ¿Será verdad que han pasado veinte siglos desde entonces? Sí, el tiempo ha pasado, pero las actitudes de no pocos son mas ruines, porque muchos no han aprendido. Aquella escena vergonzosa -que observaba Jesús- estaba y está en oposición evidente con el reino de Dios. No sólo estaban los que preguntaban cuantos se salvarán, como vimos el domingo pasado, sino los que se preocupaban por “acumular más meritos”, para así tener también más categoría en el reino de Dios. Y Jesús, les enseña y nos enseña que: la vida verdadera no se conquista con honores, buscando la propia grandeza, sino con el servicio hacia los otros. El querer pasar por encima de los demás para ser admirados, es propio de miserables. ¿Por qué la verdadera vida es tan distinta de la que muchos viven? ¿Por qué la ilusión de la mayoría es llegar al mejor puesto, aunque no se sirva para él o haya que lograrlo pisando a otros? ¿Por qué no se busca ser eficaz y útil en el servicio a los demás, sino el propio encumbramiento? ¿Por qué hay tantos llenos de vanidad, ostentación y mentiras? Para Jesús lo más importante es amar. Pero el hombre orgulloso, engreído, el que se desvive por ocupar los primeros puestos, por lucir, por aparentar, es un hombre que no sabe amar, que está obsesionado por sí mismo; sólo ve a los demás en función suya, para dominarlos, para que le admiren, para que le reconozcan No le queda sitio para el amor, para los demás. Jesús nos invita a ocupar los últimos puestos, no por falsa humildad, sino para evitar la vanidad; para evitar vivir de apariencias y de vacío, aunque muchos los recubran con una carita que parece que nunca han roto un plato. Jesús nos invita a no entrar en el juego de un mundo en el que vencen solamente los que pierden su propia dignidad y libertad. Jesús nos invita a no buscar las medallas sino el compromiso. Jesús nos invita a no buscar los aplausos sino el sacrificio por los demás. Jesús nos invita a no vivir de apariencias sino cimentados en la verdad . Jesús nos invita a esos trabajos para los que no hay condecoraciones ni agradecimiento. Jesús nos invita a que nos dediquemos a las personas a las que nadie gusta dedicarse, porque son molestas, exigentes, poco agradecidas. Jesús nos invita a que si elegimos los últimos puestos estaremos con Él en la construcción del mundo nuevo. Pero llegados a este punto hay que hacer una distinción: No es lo mismo ser humillado que ser humilde. Será humillada la persona que ahora vive por encima de sus capacidades y de sus valores; el que busca sobresalir a costa de lo que sea y de quien sea. Y es humilde el que vive el espíritu de las bienaventuranzas, que son la expresión del verdadero amor. La humildad que es uno de los pilares del evangelio, se opone radicalmente a lo que es norma en nuestro mundo dominado por el culto al éxito, por la obsesión de figurar, de imponerse; esa obsesión constantemente alimentada por la publicidad que lanza al hombre hacia el tener y hacia la ley del mínimo esfuerzo. La humildad es difícil de entender; para comprenderla es necesario vivirla. Si no partimos de la visión real de nosotros mismos, es imposible llegar a ella. La humildad es la condición para el amor; sólo el que es humilde sabe amar y ama en la medida en que es humilde. La humildad que, según santa Teresa, es la verdad, capacita al hombre para conocer con exactitud las propias cualidades y defectos, y eso, nos impide sobrevalorarnos y de paso no minusvalorar a los demás. La humildad es hermana de la sinceridad, lo mismo que el orgullo es hermano de la hipocresía y del fariseísmo La humildad cristiana no consiste en cabezas bajas y en cuellos torcidos, sino en reconocer que debemos doblegar el corazón por el arrepentimiento, para que nuestra fe no sea pobre, nuestra esperanza coja y nuestro amor ciego. La humildad no significa no ser combativo, ni ser tan, tan prudente, que uno se convierta en cobarde, ocupando los últimos puestos a la hora de defender y dar la cara por Cristo y su evangelio. La humildad, bien entendida, es hermana de la sinceridad y de la valentía. Es necesario pues, que muchos dejen de fantasear con sus méritos, de pretender saber cómo Dios hace las cosas. Dios no necesita ni consejeros, ni burócratas ni funcionarios, sino servidores humildes pero con coraje para vivir contracorriente. “Cuando des una comida o una cena…” Dar y servir a los que tienen, para poder recibir de ellos después, ha sido y es una lamentable constante también en el campo eclesiástico .La ley definitiva de la vida humana nunca puede ser el intercambio. Esa actitud convierte a la sociedad en negocio. El reino que nos trae Jesús está centrado en el amor que ofrece libremente. Nunca en esa constante práctica de estar en buenas relaciones con la gente de dinero, con las autoridades, con los que podían proporcionar prestigio y poder e influencia. Es necesario acercarse – como le gusta decir al Papa- ” a la gente que vive en las periferias”, a esas gentes, excluidas y marginadas que no nos pueden devolver el favor. Pero Dios si que nos lo premiará y de sobras. Cuando el hombre o la comunidad cristiana actúen así, tendrán la impresión de estar perdiendo, y, sin embargo, será cuando de verdad estén creando a su alrededor la verdadera humanidad, que es uno de los signos del reino de Dios. Sólo quien reparte sin calcular, quien se entrega a los demás gratuitamente, está alcanzando su verdadera grandeza. “Te pagarán cuando resuciten los justos”. Amigos, o la religión es un bien en sí misma y una entrega de amor a los demás o es una pura conveniencia, tapadera y apariencia. No se puede actuar porque esté mandado, o lo piden las normas, o para hacer meritos. El que así hace, aún no ha crecido personalmente. Hemos de obrar por propio convencimiento de amor a Cristo y a los hermanos. Si queremos seguir el camino de Jesús, es preciso vivir contra corriente. Si creemos y esperamos en un reino abierto a todos los hombres que hayan vivido con amor, es necesario que ya ahora vivamos colocando en el primer lugar de nuestra valoración: el amor, la verdad y la justicia. Nuestra vida será auténtica si no entra en el juego del dar y del recibir a cambio, a la vez que será un interrogante para los que viven instalados en su comodidad y en su egoísmo. La vida se gana cuando uno se entrega al servicio de los demás y sin pedir nada a cambio. Eso es lo que comenzó Jesús en el Cenáculo y culminó en la cruz. Y ese es el testamento que nos dejó. Cada cual pues debe examinarse como anda de verdadera humildad.

 

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