Ecos del Evangelio

4 marzo, 2019 / Carmelitas
MIÉRCOLES DE CENIZA:

INICIO DEL CAMINO PARA EXAMINARNOS EN EL AMOR

 

 

Hoy comenzamos el tiempo litúrgico de la CUARESMA, con la celebración del miércoles de ceniza.

 

En este día, la primera lectura nos hace una invitación a la verdadera conversión (Jl 2, 12-18) «Ahora –Oráculo del Señor– convertíos a mí de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad vuestros corazones, y no las vestiduras; convertíos al Señor, Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso…».

 

El Libro de Joel manifiesta un especial conocimiento del culto y le atribuye una gran importancia, y de hecho, parece que sus profecías están dirigidas a una asamblea litúrgica (como cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía), donde la gente reunida en el Templo, le escuchaba y meditaba sobre sus palabras, y donde el profeta anhelaba causar en la gente la conversión interior, «rasgad vuestros corazones y no vuestras vestiduras…» Es por eso que su predicación se ha ganado un lugar especial en la liturgia penitencial de la Iglesia, especialmente en este día que comenzamos este camino de conversión.

 

Cada año la Iglesia nos propone este tiempo de cuaresma, lo cual no significa que siempre se viva igual; verlo como una carga pesada, llena de privaciones y penitencias meramente ritualistas, no sirve para nada.

 

LA CUARESMA  es un momento para reconocernos a nosotros mismos, para clarificar nuestra vida, para discernir por dónde hemos caminado durante todo este tiempo, hacia dónde y de qué manera queremos vivir nuestra vida, y también para ser conscientes del gran don de nuestra salvación, una salvación que no nos fue dada por ser mejores que los demás, sino por el gran amor y la misericordia de Dios.

 

Nos dice el apóstol san Pablo en la Segunda Carta a los Corintios (5, 20-6,2): «Hermanos: nosotros actuamos como enviados de Cristo y es como si Dios os exhortara por nuestro medio. Mirad, ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación». Lo más importante, es que ahora nos dispongamos como decía santa Teresa, con nuestra determinada determinación a convertir nuestro corazón al Señor, buscando cumplir su voluntad, dando seriedad, profundidad y sentido a toda nuestra vida, construyendo un corazón limpio, generoso, abierto, lleno de esperanza, dispuesto a servir a Dios en los hermanos.

 

Y ¿Cómo hacerlo? ¿Por dónde empezar? Jesús es muy oportuno, y en el Evangelio de Mateo (6, 1-6.16-18) nos da las pautas de esta ascesis en el camino de preparación para la Pascua: el ayuno, la oración y la limosna.

 

Jesucristo, que se hizo igual a nosotros, menos en el pecado, sabe muy bien nuestras debilidades humanas, y sabe que a veces nos gusta sobresalir entre los demás, jactarnos de ser buenos y de dar cumplimiento a las normas externamente, para que los demás nos admiren. Es muy fuerte la llamada de atención que nos hace, porque pone en evidencia muchas cosas que nosotros no solemos decir, lo más oculto que hay en el corazón humano. Pero, en cierto modo, también nos comprende y por eso nos da las claves de cómo hacerlo, y nos dice: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Lo que hagas hazlo en secreto, y tu Padre que ve en lo secreto, te lo recompensará». Esta preparación, primeramente debe ser a nivel personal, pero tiene que extenderse después a nivel social, porque la llamada de Dios a la conversión es universal, y no podemos dejar atrás a nadie.

 

Arrepentirse y creer en el Evangelio, será la frase que más escucharemos el día de hoy y durante toda la cuaresma, pero no son palabras al aire, sino que implican una profunda adhesión personal al mensaje y persona de Jesús, adoptando unas actitudes radicales del corazón que marquen nuestro modo de vivir.

 

Pues bien, dispongamos nuestra memoria, entendimiento y voluntad para transformar nuestro corazón a la luz del camino cuaresmal, que lejos de ser una dura penitencia, es el tiempo propicio para examinarnos en el amor.

 

 

Hna. Martha González Cabrera CSJ

 

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