Ecos del Evangelio

24 diciembre, 2017 / Carmelitas
MISA DEL DÍA 25 DICIEMBRE 2017

Y La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros…

“Y La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”, nos dice San Juan en el evangelio del día de Navidad  ¿Qué quiere decir esto? Que Dios se hace hombre, como uno de nosotros, que Jesús es el rostro de Dios, el lugar de Dios para el hombre.

Así la pregunta por Dios del hombre de hoy y de todos los tiempos, se concreta y se aclara de forma definitiva. La pregunta por Dios es la pregunta por Jesús. Si queremos conocer y saber como es Dios, fijémonos en Jesús, porque Él es la Encarnación de Dios.  La revelación definitiva de Dios, el verdadero rostro de Dios es Jesús, la persona de Jesús. Las palabras de Jesús son palabras de Dios, las actitudes de Jesús son actitudes de Dios. Para el cristiano Dios es Jesús.

He aquí unos cuantos rasgos de Jesús, rasgos de Dios, para que tengamos claro quien es , a quien seguimos ,y a que nos compromete

1) El Dios del Evangelio no es algo indefinido y lejano, sino algo personal y cercano. Es alguien, una persona. Es Jesús el hermano que acoge y el padre que perdona, como el de la parábola del hijo pródigo. La respuesta a este Dios hermano y padre es la fe y la confianza.

2) Dios es amor, dice la Biblia, un amor que es entrega hasta la muerte, por el hombre. Todo lo que dice y hace Jesús tiene este sentido. Un amor que es respeto a la libertad del hombre y perdón. El perdón es un signo de Dios.

3) El Dios de Jesús es un Dios que salva, que libera. Es el Dios del Éxodo y de los profetas y que se hace presencia viva en la sinagoga de Nazaret cuando se anuncia la llegada del Reino de Dios y la Buena Noticia, porque los pobres y los pequeños son liberados de la esclavitud y de la opresión.

4) Un Dios de futuro y de esperanza más que de pasado. Un Dios que más que “existir”, “viene”. Nunca atrapado, ni por el tiempo ni por el espacio, ni por el  poder. Siempre novedad.

5) Un Dios que se hace hombre, que apuesta por el hombre, encarnado, metido en la historia, que está a nuestro lado y pelea con nosotros contra las fuerzas del mal. Un Dios fiel y presente. Comprometido por el hombre y muy especialmente por los pobres y pequeños.

6)Un Dios débil, que sufre y muere como uno de nosotros, solidario con nuestros dolores.

Y una cosa hay que tener bien clara en la pregunta o búsqueda de Dios.

Jesús es el rostro de Dios, no Juan el Bautista. Juan fue sólo su precursor, el que puso a la gente en la pista de Dios, pero él no era el camino, ni la vida, ni la luz, ni el rostro, ni el lugar de Dios. Tampoco la Iglesia, ni el papa, ni los obispos, ni los curas, ni los cristianos. Todo lo más somos precursores como Juan, o intermediarios, o testigos como el evangelista, que ha contemplado su gloria y lo transmite para que se propague la luz y se extienda la vida.

“A Dios nadie lo ha visto jamás”. Se nos pone en guardia para que no caigamos en trampas. Sólo Jesús es el verdadero rostro de Dios.

Creer o no creer en Dios, es algo que marca una vida, nuestra manera de ser, y la idea que tenemos de Dios .No es lo mismo creer en un Dios omnipotente, lejano, autoritario y justiciero, que en un Dios padre, amor, cercano y misericordioso. No es lo mismo creer en el Dios de Jesús, que en el dios que no pocos se inventan a su imagen y semejanza y que naturalmente lo hacen para manipular cosas tan decisivas como son: la vida, la autoridad, la educación y la comunidad eclesial.

“Vino a su casa, y los suyos no la recibieron”, nos dice también San Juan en el evangelio de este día. Es como si el hombre , cuando nace Jesús, le hubiera dicho y le siga diciendo:”Que Dios le ampare”.

Esto es lo que le dijimos a Dios cuando vino a su casa. Se lo dijimos el mesonero de Belén, los vecinos de Belén y todos nosotros, los vecinos del mundo. Porque el vino a “su casa”. No es el cielo la única casa de Dios. La casa del Dios encarnado es la nuestra; la casa de los hombres: nuestro mundo.

Aquel Niño que llegó en la Nochebuena venía a “su casa”. “Y no le recibimos”. Es curioso el que sigamos celebrando todos los años con el mayor regocijo, satisfacción y hasta con emoción y ternura, este día en que Dios vino a su casa… y muchos siguen sin recibirlo. Ni el mesonero de Belén ni los vecinos de Belén, desde luego.

Pero ellos no fueron los únicos ni los más significativos de este rechazo. Cuando Juan, en su prólogo, dice que “no le recibieron”, no está hablando de las puertas de Belén: está hablando de las puertas de todas nuestras casas, de las puertas de todas nuestras ciudades, de las puertas de toda nuestra historia humana, de las puertas, sobre todo, de nuestro espíritu, que es adonde El quería venir a vivir.

No nos hemos puesto a pensar en el portazo dado por muchos  a Dios. Nos lo tiene que decir Juan en una de las páginas más inspiradas del Nuevo Testamento, en una página que la Iglesia nos hace leer y meditar en este día de Navidad. En un Dios que se queda en el frío, escuchando el estallido de una puerta que le hemos cerrado a pocos centímetros de su frente.

No nos hemos puesto a pensar que es algo así como si un hijo volviera a su casa después de una larga ausencia de estudios o trabajos, y sus padres le dieran con la puerta en las narices. Que es como si un esposo regresara de una larga travesía, y su esposa y sus hijos le dijeran “que no lo conocen” Que es como ese niño pequeñito vuestro que volviera de la escuela a casita por la tarde, y vosotros le cerrarais la puerta. Trágico y absurdo… pero verdadero.

El Dios que vino a su casa en la  Nochebuena era un niño. Era “nuestro Niño”: de nuestra familia, de nuestra casa, de nuestra sangre. El que tuviera que buscarse un corral para nacer, el que tuvieran que recostarle en un comedero de animales no es sólo una anécdota; es un símbolo de nuestro rechazo de todos los días.

Es lo que va a pasar cuando el Hijo del Amo de la viña vaya a visitar su viña, y los viñadores le agarren y le maten. Lo que pasará el día que llegue a su pueblo a predicar en la sinagoga, cuando sus vecinos y amigos de niñez le arrastren para despeñarlo por el precipicio. Lo que ocurrirá cuando entre en su ciudad santa un Domingo de Ramos, para no salir de allí sino entre los gritos de todo un pueblo que le lleva a la muerte en cruz.

Todas estas cosas han pasado “cuando Dios ha venido a su casa”. Desde la primera vez que fue la noche de Navidad, hasta esta noche que nosotros celebraremos con comidas, canciones, abrazos y recuerdos. Una noche en la que muchos dejan a Dios en aquella cuadra, sin invitarle al turrón, al champán, a las serpentinas, a los cantares. En definitiva, muchos no le han dejado un sitio en la mesa.

*No pretendo aguaros la fiesta. Si lo recordamos, es porque nos lo dice, precisamente en este día, el Evangelio de San Juan y la liturgia de la Iglesia.

 

*No pretendo entristeceros porque, a pesar de todo esto y, quizá paradójicamente, por esto mismo, Navidad es nuestra fiesta más alentadora y enternecedora.

*No pretendo que se os indigeste el turrón, porque es una alegría que este Niño al que le hemos dado con la puerta en las narices, no se haya marchado para siempre, sino que haya seguido queriendo seguir llamando a nuestra casa, que es la suya, sin rabietas, ni venganzas, solo porque nos ama, y el amor lo intenta una y mil veces.

 

¿POR  QUE TANTO EMPEÑO EN BAJAR A NOSOTROS, SEÑOR?

*Una corte de ángeles te rodea y prefieres nacer en medio de la indiferencia de los hombres, sin más homenaje que el ruido de las guerras y las contiendas o indiferencia de las naciones.

*Posees el calor celestial y te adentras en el frío de la tierra.

*Destellas la grandeza de tu ser Dios y te revistes de nuestra pobreza.

*Eres Dios y, quieres ser hombre.

*Vives en la Ciudad Eterna y deseas caminar a pie de tierra.

*Hablaste durante siglos sin dejarte ver y, ahora, te descubrimos en un Niño.

*Eras intocable, y te dejas acariciar.

*Eras invisible, y te podemos adorar.

*Estabas más allá de las nubes, y, te contemplamos en un pobre pesebre.

 

¿ES NECESARIO TANTO, SEÑOR?

*Déjanos por lo menos, Señor, conquistarte con la fuerza de nuestro amor.

*Calentarte con la hondura de nuestra fe.

*Abrigarte, con la esperanza que nos traes.

*Responderte, con la humildad de nuestros corazones.

*No sé si es necesario tanto, Señor, sólo sé que, el mundo, hoy más que nunca

te necesita como salvación.

*Sólo sé, Señor, que tu llegada es motivo para la alegría, en medio de la tormenta de tristeza que sacude a nuestro mundo.

*¡Gracias por hacer tanto, Señor!

*¡Gracias por salir a nuestro paso!

 

¡Feliz Navidad a todos vosotros, amigos, amados de Dios!

 

 

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