Ecos del Evangelio

24 diciembre, 2017 / Carmelitas
MISA DEL GALLO

FELIZ NAVIDAD 2017

¡Feliz Navidad, amigos! Mis primeras palabras son de felicitación. Porque esta noche celebramos ni más ni menos que: EL ENCUENTRO DEFINITIVO DE DIOS CON EL HOMBRE. “Tanto amó Dios al mundo que nos envió a su propio Hijo”. La Palabra por la cual fueron creadas todas las cosas, reflejo de la gloria del Padre e impronta de su ser, la luz y la vida verdadera ha descendió hasta lo más profundo de nuestra humanidad, hasta la misma muerte. Por eso……………….

*Navidad es  la gran proclamación del amor de Dios y de la dignidad de cada persona. Para los creyentes no existe un motivo mayor para valorar al hombre y propugnar sus derechos.

*Navidad es la revelación del Dios invisible, que tantas veces hemos creído lejano, porque “el Hijo único, que está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer”.

Navidad es pues la fiesta en la que confluyen, el principio de nuestra salvación: la encarnación del Hijo de Dios y la divinización del hombre.

Al ser conscientes de la divinización del hombre, gracias al misterio del Hijo de Dios hecho hombre, los cristianos nos comprometemos a “humanizar” este mundo, nuestra sociedad, para que se vaya ajustando al ideal de Dios, al plan divino para la salvación de los hombres.

En la Misa del Gallo de  esta noche, me hago y os hago la gran pregunta: ¿qué podemos hacer para que la Navidad no se quede fuera de nosotros, para que la Navidad entre realmente en nosotros, en el corazón de nuestra vida? En muchos de nuestros hogares hemos hecho -lo han hecho quizá los más pequeños- una representación sencilla del Nacimiento, un Belén. Es como un símbolo de lo que quisiéramos: que la Navidad entre y esté en el hogar de nuestra vida. Ojalá que no sea sólo una fiesta externa, sino también que sea una gracia de Dios que se haga presente en nuestra vida y la fecunde.

La Navidad no es vivir unos días de buenos deseos, eso es vivir una Navidad falsa. Muchas de las palabras que escuchamos estos días son como un surtidor de buenos deseos, de sentimientos de paz y de bondad, de fraternidad. Y esto está muy bien, es bueno que  hoy los hombres y las mujeres parezcamos mejores de lo que somos porque es como si nos dijéramos: ¡así querríamos ser!, ¡así querríamos que fuera nuestra sociedad!

 

Pero también es verdad que sabemos que este ambiente pasará y probablemente todo volverá a ser como antes, porque estas buenas palabras, estos buenos deseos, muchas veces sabemos que están faltos de la necesaria fuerza interior, del necesario peso de realidad, para que sean algo más que buenas palabras y buenos sentimientos.

La Navidad tampoco es un recuerdo o una nostalgia . Porque si así la vivimos,  nuestra celebración no tendrá suficiente fuerza, ni suficiente peso real, para cambiar algo en nuestra vida.

Es bueno que recordemos aquel hecho sucedido hace casi dos mil años, allí, en las afueras de Belén, entre aquella gente sencilla del pueblo. Es bueno, evidentemente, que recordemos lo que fue anunciado en aquella noche como “la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo”. Pero si para nosotros la Navidad es sólo un hermoso recuerdo, un hecho del pasado que ya pasó, entonces no entrará  en nuestra vida y cambiará algo en ella.

La Navidad significa ser conscientes de que Dios injerta su vida personal en la nuestra Repitamos la pregunta que nos hacíamos: ¿qué podemos hacer para que la Navidad entre realmente en el corazón de nuestra vida y en ella tenga fuerza, peso real? No bastan las buenas palabras y los buenos deseos, no basta el simple recuerdo de aquella antigua noche, aunque sea un recuerdo conmovedor.

Lo fundamental, lo decisivo en nuestra celebración cristiana de la Navidad, es que la vivamos como una gracia de Dios, como un don de Dios. O dicho de otro modo: como una nueva venida de Dios a nosotros, a cada uno de nosotros.

La Navidad se ha de vivir de algún modo con espíritu de niño. Y es verdad, si quiere decir que, como los niños, no hemos de poner nuestra confianza tanto en nosotros como en los demás. Es decir, que hemos de valorar más lo que recibimos que no lo que damos.

La Navidad significa, sobre todo, darnos cuenta de que Dios comparte nuestra vida (en la debilidad), hace camino con nosotros. Por eso es, sobre todo, la celebración de la gran gracia y del gran don: Dios no nos ha hecho sólo a su imagen y semejanza sino que ha querido injertar su vida personal -injertarse Él mismo- en la historia del hombre al hacerse carne, al hacerse hombre.

 

Esta noche comienza pues, una nueva relación Dios-hombre. Por eso la Navidad es una invitación actual, dirigida a cada uno de nosotros. Dios ha establecido una nueva relación con cada hombre , y eso, por el hecho que Él ha plantado su tienda entre nosotros, por el hecho que se ha hecho “Jesús”, es decir, un hombre concreto, hijo de una madre, nacido en una familia del pueblo. Desde aquel momento, Dios no es ya sólo el Padre que está en el cielo, sino un hombre que ha seguido un camino humano, que culminó en su acto total de amor por cada hombre al entregar su vida hasta la muerte.

La Navidad significa que Dios es también nuestro hermano, el hombre Jesús de Nazaret. Dios humanado en Cristo, entra en el corazón de nuestra vida, por eso   el evangelio nos dice que es una gran alegría para todo el pueblo. Ese Dios hecho Niño, envuelto en pañales y acostado en el pesebre de las afueras de Belén, para que ninguno de nosotros tema acercarse a Él.

La ternura que suscita el nacimiento de cualquier niño se enriquece además hoy por el sorprendente anuncio: este Niño es Dios-con-nosotros. Y de ahí surge una invitación a cada hombre para que tengamos una relación distinta -más humana- con este Dios que comparte nuestra humanidad. Esta es la buena noticia, la gran alegría que celebramos en la Eucaristía de esta noche.

Ojala, este amanecer divino, sea presagio idealista de ese mundo que todos soñamos:

Que se dinamiten los odios.

Que la pobreza, sea cada vez mas memoria histórica y menos realidad.

Que el individualismo, dé lugar a la solidaridad.

Que la incredulidad, sea vencida ante el rostro de un Niño enviado del cielo.

Que la venganza, sea enterrada por los deseos de vivir como hermanos.

Que los tibios en la fe, encuentren razones para abrazar y dejarse seducir por Dios.

¡Misa del gallo! Antes de que despunte el día, un niño llora al salir del vientre virginal de María. Nace Dios, después de haber estado nueve meses dentro de Aquella que, sin pensárselo dos veces, en Nazaret dijo un “sí” sin condiciones.

¡Misa del gallo! Despunta la aurora, y Dios que ha querido hacerlo todo con sobriedad, nos despierta para que sepamos que ya no estamos solos. Que siempre tendremos un amigo en el que confiar. Que tendremos un Dios al cual, además de escucharlo, lo podremos adorar, ver, tocar y seguir hasta ese otro pesebre que siendo de madera, en viernes santo, tendrá forma de cruz. ¿Se puede pedir más a un Dios anonadado?

¡Misa del gallo! Es el amanecer que muchos profetas hubieran querido sentir, palpar y vivir. Hoy, en estas horas de la noche, Dios nos llama desde los profundos valles que son nuestras casas, el descanso, el ocio, la televisión o la tertulia familiar, para que seamos testigos de este acontecimiento: “en la ciudad de Belén ha nacido el Salvador”. Y, antes de que el gallo cante, debemos ser nosotros los que nos unamos al gozo y a la alegría de toda la iglesia universal: hoy es una noche de paz, una noche especial, una noche que ha sido vencida por la gran luz del día que es Jesús: ¿Se puede pedir algo más?

¡Misa del gallo! Hoy, nuestra fe, se debe hacer más fuerte, más convencida, más sólida. Si Dios se ha encarnado en el hombre ¡algo de bueno debemos tener! ¡Gracias, Señor, por hacerte uno de nosotros¡ Por compartir sufrimientos y penas, alegrías y fiesta, dudas y certezas, cruces y sombras, avatares y luchas.

Hoy como amigos de Jesús, sabemos que el portal de Belén no tiene puerta, pero a pesar de eso, solo pueden entrar  en él, aquellos que se sorprendan ante este Misterio humanado. Aquellos que, sin tapujos ni vergüenza alguna, sean capaces de cantar un villancico a Dios que nace; aquellos que, sin temor ni debilidad, quieran ser trompetas que anuncien una feliz realidad: DIOS HA BAJADO A LA TIERRA.

¡Misa del gallo! ¡Gracias, Señor! Por permitirnos, en esta noche, ser zagales –frágiles y pecadores- y ofrecer ante tu portal el queso de nuestra bondad, la leche de nuestra caridad, el pan de nuestro perdón, el agua de nuestra transparencia, la vara de nuestra disponibilidad y el alma que, hoy más que nunca, se siente llena de todo porque, el todo, eres Tú, Señor.

El susurro de Dios, en esta noche santa y misteriosa, es el gran regalo de la Navidad. El gran mensaje por el que nos reunimos en familia y lo expresamos en dulces, cánticos y parabienes.

¡Hoy, la oscuridad de la noche, ha sido vencida por la gran luz que Dios nos trae en Emmanuel! ¡Que nada, ni nadie, oculte ni entierre el tesoro que encierra la Navidad!

Por todo lo dicho y mas……. ¡Feliz Navidad, a todos vosotros, amigos, amados de Dios!

 

 

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