Ecos del Evangelio

8 julio, 2016 / Carmelitas
Misericordia quiero

La Palabra de Dios de este domingo-y el evangelio en concreto- nos invita a hacer un profundo, real y honrado examen de conciencia, sobre como es, nuestro seguimiento de Cristo: si es teórico o si es realmente como Él nos pide.

Jesús va de camino a Jerusalén, la ciudad donde acabará su vida y su misión. También nosotros vamos de camino por la vida. ¿Hacia dónde? Como los judíos, también nosotros tenemos una respuesta aprendida, pero acaso no asumida. Sabemos que la vida es un paso hacia el cielo, que es nuestro destino. En este contexto tiene pleno sentido la pregunta del letrado: ¿Qué hacer para alcanzar la vida eterna? PERO NO ERA UNA PREGUNTA, SINO UNA TRAMPA.

El letrado sabía perfectamente la respuesta. Por eso Jesús no le responde, sino que le acorrala para que responda: ¿qué está escrito en la ley? Y el letrado, comprometido, responde de carretilla: amarás al Señor, tu Dios, y al prójimo como a ti mismo. Pues eso es lo que hay que hacer, sentencia Jesús. Pero el letrado insiste en el debate: ¿y quién es mi prójimo?

Un hombre iba de camino de Jerusalén a Jericó y fue asaltado, maltratado y robado, quedando medio muerto en la cuneta. Este hombre no tiene nombre, ni nacionalidad, ni cargo, porque ese hombre somos todos, podemos ser todos. De hecho, hay muchos, demasiados hombres en la cuneta. Todas las estadísticas que tratan de evaluar el número de pobres, de marginados, de discriminados, de inmigrantes, están hablando de los hombres arrojados medio muertos en la cuneta de la vida.

Porque en nuestro mundo “desarrollado”, nos hemos empeñado en convertir la vida en una competición, en vez de en una cooperación. De ahí que la insolidaridad presida la vida y la ley. Cada cual va a lo suyo, tratando de impedir que los demás lo consigan. Porque el principio de compartir, que debería obligarnos a racionalizar, ha montado una teoría económica para justificar la ley de la selva, la ley de los fuertes, la ley de la mentira, la ley de la imposición

LOS BANDIDOS El hombre fue asaltado por unos bandidos. La pobreza nunca es una fatalidad, es siempre el resultado de la rapiña de los bandidos. No se trata sólo de esos pintorescos bandoleros o rateros y cacos, que son una anécdota en la vida. Bandidos son todos esos que no están expuestos en los bandos públicos con el letrero de “se busca”, porque su actividad está civilizada y legalizada por las sociedades avanzadas y que saben cubrir las apariencias.

Bandidos son toda esa serie de especuladores, explotadores, ambiciosos, usureros, corruptos, desaprensivos y un largo etc., que juegan con las necesidades humanas para hacer sus “negocios”.

Bandidos son todos esos violentos, terroristas, fanáticos y desalmados, los torturadores e inquisidores.

Bandidos son todos los que maltratan y explotan al hombre, a la mujer, al extranjero, a los niños, a los de otra raza, a los parados que buscan empleo, a los que están en extrema necesidad, y pasan de estas situaciones.

Bandidos son cualquier sacerdote y levita, tan escrupulosos cumplidores de todo, menos del amor que es para lo que fueron llamados por Cristo.

Bandidos son los que convierten la religión en un pretexto y la comparten con sus ideologías con las que menosprecian a los demás.

Bandidos son los que convierten a Dios en una excusa para encerrarse en sí mismos, porque piensan que primero es Dios y luego el prójimo, para el que nunca tendrán tiempo ni voluntad.

EL BUEN SAMARITANOEl que atiende a su hermano que está en cualquier cuneta, ése es el buen samaritano. No importan sus siglas de identificación, ni su ideología, ni su partido o sindicato, ni su religión, lo que importa es el amor a los otros. El samaritano era odiado por los judíos, porque era extranjero, porque era de otra clase, de otra cultura, de otra religión, distinto. No importan las ideas, sino la actitud. Hay muchos que tienen buenas doctrinas, pero sus obras no lo son. Cuantos cristianos, presumen de algo tan maravilloso como el evangelio, pero después ¿qué hacen? ¡Cuántos rodeos y cábalas para no atender a los necesitados! ¡Cuánto evangelio predicado teóricamente y qué poco puesto por obra!

Jesús deja claro que todos somos compañeros, prójimos, porque todos vamos por el mismo camino, que todos deberíamos comportarnos como buenos compañeros, como el buen samaritano. Sobran pretextos para caminar en corros y encerrarnos en el corral de nuestros prejuicios religiosos e ideologías, etc. Por encima de todo lo que nos diferencia (lengua, religión, cargo público, jerarquía, nación, sexo…), hay algo, lo único importante, que nos hace iguales: todos somos personas, hijos de Dios. Por eso deben prevalecer el amor y la solidaridad por encima de cualquier otra consideración.

“ABEL DONDE ESTÁ TU HERMANO?” No, no me he confundido. Ya sé que el libro del Génesis, al narrar el primer conflicto humano, terminó con la muerte del bueno. Y Dios le hace la famosa pregunta precisamente al malo: “Caín, dónde está tu hermano?”.

He hecho la pregunta al revés, porque el relato desarrolla una lógica que va muy en consonancia con un criterio legalista, según el cual, a quien hay que pedir responsabilidades es solamente al delincuente, porque éste es quien actúa contra la ley. ¿Seguro que es así?

Con estas ideas, el ciudadano normal no tiene que preocuparse de que le pidan responsabilidades de nada, pues, siguiendo el dicho popular, puede decir: “yo no mato, ni robo”. Esa es la mentalidad que tenían en sus cabezas tanto el sacerdote como el levita que, al ver al herido a la vera del camino, no se sintieron interpelados por la situación. Realmente, ellos no estaban en el caso de Caín, así que Dios no les podía pedir responsabilidades.

Siento contradecir muchas conciencias tranquilizadas falsamente. Pero la parábola del buen samaritano cambia totalmente toda esta mecánica defensiva que el egoísmo humano se ha creado. ¿Cómo es posible que muchos vivan tan tranquilos a pesar del mal que existe a nuestro alrededor?

Jesús presenta al samaritano como el único que actuó responsablemente ante la desgracia del herido. No porque hubiese tenido algo que ver con el atropello -él no tenía la culpa de lo que habían hecho los bandidos- sino porque su corazón estaba tocado por el amor al prójimo.

¿Después de todo lo dicho, entenderemos que estamos llamados a ser samaritanos para con el prójimo, cualquiera que sea ese prójimo?

Prójimo es quien me abre los ojos y me ayuda a pasar de una fe de conocimiento a una fe practicada y volcada en los demás.

Prójimo es quien desde su situación, me invita a no instalarme en una piedad fría y me ayuda a bajar a su sufrimiento.

Prójimo es aquel que, sin darse cuenta, es acorralado por la sociedad opulenta robándole la riqueza interior.

Prójimo es aquel que es vapuleado por la materialidad de las cosas y, una vez utilizado, es arrinconado en el olvido.

Prójimo es aquel que ha sido arrastrado por las corrientes de lo inmediato, de lo pragmático y lo dejan tirado al borde del camino.

Prójimo es aquel que espera un detalle por nuestra parte y no sólo teorías o lecciones magistrales.

Prójimo es aquel que nos estropea nuestras agendas para hacernos entender que a Dios se le sirve con la misericordia y el corazón y no con la razón.

Prójimo es aquel que necesita de nuestro compromiso y de nuestra palabra, de nuestro consejo y de nuestra presencia. Lo contrario y lo más fácil, a veces, es dar un rodeo a las personas y a los acontecimientos, a los problemas y a las cruces que salen a nuestro encuentro: “ojos que no ven… corazón que no siente”

Prójimo es aquel que creyendo vivir en la verdad ha sido asaltado por los delincuentes de la mentira y de la farsa.

Prójimo es aquel que no puede o no sabe sostenerse por sí mismo; el zarandeado por el ladrón poderoso don dinero o el humillado por los usurpadores de conciencia y de la verdad.

Prójimo es aquel que, de la noche a la mañana, ha sido arrojado en el abismo de la incredulidad o de la desesperanza, de la tristeza o del desencanto por la vida. Prójimo es aquel que ha sido despojado de su dignidad por aquellos que cabalgan en el caballo del poder y del “todo vale” para que la sociedad se quede sin moral ni ética alguna.

La parábola del buen samaritano es la respuesta a la pregunta que el egoísmo de muchos les impide formularse, y al mismo tiempo, es una denuncia a la hipocresía del que se pregunta quien es su prójimo.

Amigos, sólo el amor aproxima y nos hace descubrir al prójimo. Por eso para el que ama, cualquiera es prójimo. El prójimo es sólo y siempre aquel a quien tenemos que amar, mejor dicho, aquel a quien ya amamos. Quizá por eso, porque muchos no aman al prójimo con obras, no se acaban de enterar de que el prójimo es el otro, cualquiera que sea el otro: el rico para el pobre y el pobre para el rico, el débil para el poderoso y el poderoso para el débil, la izquierda para la derecha y la derecha para la izquierda, el católico para el ateo y el ateo para el católico, el hombre para la mujer y la mujer para el hombre.

Espero de verdad que haya quedado claro lo que significa seguir a Cristo, o lo que es lo mismo, ser cristiano. Aquello que Cristo dijo de: “misericordia quiero y no sacrificios”, este domingo se puede traducir perfectamente como:”misericordia quiero y no cumplimientos”

 

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