Ecos del Evangelio

24 diciembre, 2020 / Carmelitas
NAVIDAD MISA DEL GALLO CICLO B 2020

ALÉGRATE ¡ES NAVIDAD!

 

 

La Navidad un año mas llama a nuestra puerta, a la puerta de nuestro corazón, porque sólo desde ahí se celebra la verdadera Navidad. La Navidad es el comienzo de la locura definitiva de Dios. Y la sola razón no es suficiente para comprenderla. ¡Sí, Dios se ha vuelto loco! ¡Que bendición, si el mundo se apuntara a la locura de Dios! Y sin embargo, que poca atención se le presta. Esa locura de Dios, sólo sirve para que muchos se vuelvan locos pero de desenfreno y de consumismo. Y todavía mas grave, en estos días se esta produciendo- no una locura de amor, sino de muerte: se aprueban leyes para matar-, cuando de lo que se trata, es de cuidar de la vida has el ultimo momento. ¿Se puede llegar mas lejos en la degradación, degeneración y miseria del ser humano? A pesar de los pesares…

 

Dios se ha vuelto loco por dar vida, porque se hizo un niño pobre y que creció como tú y yo.

Dios se ha vuelto loco por dar vida, porque permitió que una joven campesina lo tomara en sus manos, lo arrullara en sus brazos y le diera amor de madre.

Dios se ha vuelto loco por dar vida, porque dejó el cielo y a sus ángeles en Gloria, y con maleta en mano, y sin más protección que sus sandalias rotas vino a compartir nuestro pan y nuestras derrotas.

Dios se ha vuelto loco por dar vida, porque dejó su trono, abandonó el paraíso prometido para conocer en carne propia nuestros infiernos más temidos.

Dios se ha vuelto loco por dar vida, porque llegó una noche por sorpresa, cuando no esperábamos a nadie en nuestra mesa, cuando ya creíamos que nos había olvidado, y no contábamos con que quería caminar a nuestro lado.

Dios se ha vuelto loco por dar vida, porque tuvo que esconderse al caminar. Refugiarse como un malhechor. Permitir ser juzgado por la ley mundana. Y dejarse ejecutar por nosotros, aunque no había cometido ningún pecado, ni crimen.

Dios se ha vuelto loco por dar vida, porque siendo eterno e inalcanzable, se hizo el invitado en nuestro hogar, aceptó las reglas de nuestro juego y con nosotros quiso caminar.

Sí, se volvió loco por nosotros. Dios se enamoró de ti, de mí, y como amante enloquecido y vulnerable, no tuvo en cuenta nuestros desprecios. Pudo habernos obligado a amarle. Pudo habernos convencido a adorarle. Pero no eligió la ruta de los reyes, aquellos que nos llevan a servirles con sus leyes.

 

Sí, se volvió loco por nosotros. Para conquistarnos, se volvió de carne y hueso. Se convirtió en uno de nosotros para amarnos. Por eso celebramos en esta noche (día), aquello que siendo paradoja, se convirtió en una bella poesía. Pues Aquél que sostiene el Universo con su mano, cruzó el infinito mar de estrellas, para hacerse nuestro Amigo, y nuestro Hermano.

 

Decía Chesterton que en Navidad celebramos el gran trastorno del universo. Adorar a Dios significaba hasta la Navidad, alzar la mirada a un cielo inabarcable que nos estremecía con su vastedad. A partir de la Navidad, adorar a Dios significa dirigir la mirada hacia el interior de una cueva lóbrega, para reparar en la fragilidad de un niño Divinidad y fragilidad a partir de la Navidad, son ya una única realidad indivisible y eterna, que hace tambalear nuestras certezas y subvierte por completo nuestras categorías mentales.

 

Ante una tempestad o una lluvia de estrellas uno puede arrodillarse con miedo. Ante un niño que ha nacido en una cueva, como un proscrito, uno sólo puede arrodillarse con amorosa y emocionada piedad. ¿En qué cabeza cabe que un Dios que hasta entonces había sido invisible, omnipotente y glorioso, tome el cuerpo y el alma de un niño? Semejante cosa, sólo podría ocurrírsele a un Dios que estuviese loco de remate de amor. Por eso la Navidad verdadera, puede considerarse una fiesta de locos rematados de amor.

 

Y por eso, cuando falta el manantial originario de esa locura de amor, la Navidad se convierte en un puro sentimentalismo vacuo, que revuelve las tripas y estraga el alma, por mucho que se finja alegría y regocijo. Pues deja de ser verdadera fiesta, para convertirse en un aspaviento disfrazado de algarabía; una sórdida orgía consumista aderezada con unas dosis de humanitarismo por unas horas. He ahí la razón por las que muchas personas sienten, en medio de los regocijos navideños, un sentimiento de nostalgia, un sentimiento de que el sentido originario de la fiesta les ha sido arrebatado, y con él la posibilidad de una genuina felicidad.

 

El hombre contemporáneo persigue la felicidad como si de una fórmula química se tratase; pero esta búsqueda suele saldarse con un fracaso, pues en el mejor de los casos obtiene una sensación efímera de bienestar, o bien como si fuera un analgésico que le distrae por unos pocos días del sin sentido en que ha convertido su vida.

El hombre contemporáneo, al negar su vocación religiosa, se ha convertido en un ser amputado y, por lo tanto, infeliz. Y, como el manco que en los días que anuncian tormenta siente un dolor fantasmagórico en el brazo que le ha sido arrancado, el hombre contemporáneo, siente más que nunca esa amputación en las fechas navideñas, aunque no lo quiera reconocer.

 

«Quitad lo sobrenatural y no encontraréis lo natural, sino lo antinatural», nos enseña Chesterton. Quitadle a la Navidad ese trastorno del universo del que hablaba y no encontraréis la verdadera fiesta, sino una parodia antinatural: consumismo bulímico; humanitarismo de pacotilla; torpe satisfacción de placeres primarios; correteos en fin, de un gallo al que han arrancado la cabeza y que bate las alas desesperadamente, mientras se desangra y agoniza.

 

Dos mil años han pasado, y muchos siguen sin entrar en esa locura de Dios, que es la Navidad ¡Dios ha abierto sus puertas. ¡El cielo ha abierto sus puertas! Y, a través de ellas, ha descendido lo que es Dios: EL AMOR. ¡Si! ¡El cielo ha abierto sus puertas! Y, cruzándolas el amor sin igual, se ha hecho carne y se ha convertido en luz. Luz que se ha encarnado. Luz que se ha rebajado. Luz que se ha transformado en Niño. Luz que, en la oscuridad, es resplandor de Dios.

 

¡Sí! ¡El cielo ha abierto sus puertas! Dios, no ha querido quedarse encerrado en el cielo, ha querido estar entre nosotros: para llorar, cuando lloremos o sonreír, cuando estemos alegres. Para animarnos, cuando estemos por los suelos.

¡Sí! ¡El cielo ha abierto sus puertas! Y, al abrirlas Dios de esta manera, nos enseña que, para entrar por ellas, hay que aprender, hacerse y ser niño. Y, al abrirlas Dios tan sorprendentemente nos enseña un sendero de vida, de paz y de amor.

¡Sí! ¡El cielo ha abierto sus puertas! Nos da a Jesús, que es lo más grande que posee y, como respuesta, nuestra fe es lo único que espera.

¡Sí! ¡Porque el cielo ha abierto sus puertas, es Navidad! Los pobres, ya no deben ser tan pobres, porque Dios viene a enseñarnos a compartir. La paz, es posible alcanzarla, poniendo en práctica la paz que Dios nos trae. Las tinieblas, tienen sus días contados. El hombre, tiene su futuro asegurado, porque dios está entre nosotros.

¿Por qué abre el cielo sus puertas siendo Dios tan poderoso? Porque Dios, ante todo, es el Amor y quiere, que participemos para siempre de su Amor. ¡Si el cielo ha abierto sus puertas…! ¡Abramos nosotros las nuestras! ¡Dios quiere entrar por ellas!

 

Porque, yo sueño con ver a Dios y no me interesa el cortejo que lo disimula u obstaculiza.

Porque, yo busco besar a Dios y no embriagarme del licor, y olvidarme que es brindis por Dios que nace.

Porque yo quiero adorar a Dios y no quiero arrodillarme ante el vacío y el hastío de unas horas interminables.

Porque yo deseo vestirme del Misterio de la Navidad y no quiero abrigarme de falsas promesas ni de disfraces.

Porque yo intento emocionarme ante el Misterio, y no llorar por las simples calamidades, que se convierten en falsas solidaridades que duran unas horas.

Porque yo ansío ver a Dios en lo pequeño y no el poderío de las grandes cadenas comerciales.

Porque yo anhelo escuchar a Dios que habla en el silencio y no quedarme sordo con tantos mensajes de un mundo con luces por fuera, pero inseguro por dentro.

 

Quitemos tanto adorno de nuestro corazón y dejemos una CUNA sencilla y discreta , para que Dios nazca como a Él le gusta.

Que Dios quiso nacer desnudo… para que viéramos el amor caído del cielo.

Que Dios quiso nacer descalzo… para calzar el número de nuestra humanidad.

Que Dios quiso nacer indefenso… para asumir todo lo nuestro en Él.

Que Dios quiso nacer en el silencio… para hacernos entender, que es suave como la nieve y que hay que salir al balcón para contemplarle.

Que Dios quiso nacer entre cantos de ángeles… para que nunca más nos diera miedo la soledad.

Que Dios, vino a nosotros, como a veces no nos gusta ni verlo ni adorarlo: en silencio, desnudo, pobre y con los brazos abiertos

 

Por todo lo dicho, te hago algunas propuestas para esta Navidad:

 

* Entra en el portal de la vida de alguien que esté enfermo de cuerpo o de espíritu. Comprobarás que, la Navidad, es una fuerza humana y divina que sale de nosotros para alegrar la tristeza de alguien que reclama un poco de atención.

*Visita el portal de alguien que este hambriento de pan o de amor Y tu generosidad con los necesitados, se convertirá en deuda que Dios, un día te pagará muy por encima de tus sueños.

*Lánzate al portal del sediento Y, entenderás, que hay mucha gente sedienta de justicia, de paz, de palabras, de una mirada, de afecto.

*Acoge en tu portal, al que camina hacia Ti por alguna razón. Especialmente de aquellos que no te agradan. Los peregrinos son desconocidos pero, sus ideales son como los nuestros. Acoge al que tal vez necesita unas horas de tu hogar.

*Adorna el portal del desnudo. Con algo de tu vestimenta. No dudes en revestirle con aquello que más dignamente puede arropar su cuerpo. Sabrás que, la grandeza no está en la apariencia, sino en la gratuidad con que se da.

*Cruza el portal de los presos. Estamos rodeados de cárceles. Personas que se encuentran literalmente presas por los barrotes de la soledad; por las celdas de la incomprensión, de la amargura o de la tristeza tu visita, oportuna y valiente, les hará sentir un poco de libertad.

*Contempla el portal de los fallecidos. No olvides que, la misericordia de Dios, no termina con los vivos, sino que se proyecta más allá del ancho cielo. Reza por los que te dieron la vida, guarda bien su memoria y sus restos. No te dejes llevar por el relativismo que deja al margen de todo lo más sagrado de nuestros antepasados.

 

 

Te invito pues, en nombre de ese Niño Dios de Belén, a que te vuelvas loco de amor. Porque solo los locos de amor, podrán celebrar la verdadera Navidad.

¡Feliz Navidad, a todos vosotros, amigos, amados de Dios!

 

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