Ecos del Evangelio

16 septiembre, 2016 / Carmelitas
No podéis servir a Dios y al dinero

DOMINGO XXV T.O. CICLO C 2016

«No podéis servir a Dios y al dinero». Así termina el Evangelio hoy. Y es verdad. Y lo comprobamos a cada paso. El dinero divide a las familias, rompe las amistades y hace que el hombre traicione hasta lo más sagrado. Aquí y en cualquier lugar. Hoy y en tiempos de Amós. Amós era un profeta que vivió ocho siglos antes de Jesús. Era una época de prosperidad económica y comercial, en la que todos, más o menos, cantaban lo de «poderoso caballero es don dinero». Tanto se convirtió Palestina en una sociedad de consumo, que sólo pensaban en eso: negociar. Ni siquiera respetaban el shabat en el que recordaban la liberación de Egipto y debían interrumpir todo movimiento de compraventa. Pero Amós no se callaba; Amós, enérgica y valientemente, denunciaba su avaricia: «Disminuís las medidas, aumentáis los precios, usáis balanzas con trampa, y compráis con dinero al pobre» Y ésa ha sido y es la eterna canción. El fraude, el engaño, la estafa, la manipulación de las conciencias, hasta la compra de la libertad de los indigentes que, por subsistir, caen en la zarpa de los poderosos y los utilizan para sus fines ideológicos. Esta lamentable situación ha sido la constante de todos los tiempos. Lo mismo en la época de Jesús. Por eso, nos contó la historia de aquel «administrador tramposo», que hizo de todo: derrochar, malversar fondos, falsificar recibos y «forrarse el riñón» para el día de mañana. Y nos lo cuenta para invitarnos a continuación a «ser fieles en lo pequeño, porque el que es fiel en lo poco, también será fiel en lo mucho». Y porque «no se puede servir a Dios y al dinero». ¡Pero que errados que van muchos! No somos propietarios sino gerentes de lo mucho que Dios nos regala. Ese es uno de los errores más arrogantes de la actualidad: los nuevos dueños del mundo (políticos, organismos internacionales, congresos y parlamentos) se consideran reyes absolutos de la conciencia y de la ciencia, de la cultura y de la moral, de la vida y hasta de la misma ética. ¿El resultado?….una degeneración de todo y en todo que lleva a creer en una ausencia total de Dios y, por lo tanto, en un todo vale caiga quien caiga. Amigos, es bueno, y hasta oxigenante, sentirse solo administrador de nuestra propia vida. Llegará un día en que el “Director” de esa gran sucursal, que es la vida de todos los hombres y mujeres, hará una auditoria de todo lo que reseñamos e hicimos en la vida. Malo, fatal será, que los apuntes del libro de cuentas estén falseados o manipulados. Porque caerá como una losa aquella sentencia de Cristo:”No os conozco…” Cierto día el Cardenal Weisman discutía con un inglés utilitarista sobre la existencia de Dios. A los argumentos del cardenal, respondía el inglés con mucha flema: “No lo veo, no lo veo a Dios”. Entonces, el Cardenal tuvo un rasgo ingenioso. Escribió en un papel la palabra “Dios”, y colocó sobre la palabra una moneda. –¿Qué ves? –le preguntó el cardenal al ingles. Una moneda –respondió. –¿Nada más? – insistió el Cardenal. Entonces el Cardenal quitó la moneda, y preguntó: Y ahora, ¿qué ves? –Veo a Dios –respondió el inglés. ¿Y qué es lo que te impedía ver a Dios?” –le preguntó de nuevo el Cardenal. Y el inglés se calló como un muerto. La sociedad pone delante de nuestra retina mil telarañas que nos impiden ver que la grandeza del hombre está en el ser y no en el tener. Alguien dijo, con cierta razón, que el mundo actual convierte a muchos en una especie de pícaros manipuladores, muy diplomáticos y modositos, pero que en el fondo son unos avaros permanentes que juegan hasta con las conciencias de las personas. Pues, en eso estamos, amigos. A veintiocho siglos de Amós, a veinte siglos de Jesús, en eso estamos. El mundo sigue igual. Las palabras de Amós -«disminuís las medidas, aumentáis los precios»– parecen presidir, en grandes pancartas, la vida de nuestras ciudades. Se multiplican cada día los casos de corrupción, de especulación en los negocios, de falta de calidad en las mercancías, de trampas y adulteraciones en el alimento, de asombrosos narcotráficos, caiga quien caiga. Y no sólo en las altas esferas. Lo mismo a nivel de la calle. Ya el kilo no pesa mil gramos, ni el pollo sabe a pollo, y, al menor descuido, nos dan «gato por liebre». Las revistas nos describen con detalle las grandes mansiones a lo Falcon Crest, que se construyen los famosos. Pero gran parte de la población se queda contando « los ceros» en las cifras astronómicas que marcan las viviendas más sencillas. Es decir, Amós sigue siendo Amós y la historia del «administrador infiel» no termina nunca. En todo, hasta en las actitudes más sagradas, por ejemplo, en la entrega al deber, en la capacidad de sacrificio, en la profesionalidad, se va también «disminuyendo las medidas y subiendo los precios». ¡Cuanta gente no hace ya nada «gratis et amore». Y, cuando no hay más remedio que «hacer», lo hacen, sí, pero muchas veces, «para ir tirando». La fe nos pone como modelo a Teresa de Lisieux, a Fray Martín de Porres, a Francisco de Asís, porque encontraron a Dios en los servicios más humildes. Pero al hombre de hoy, abrumado por las modernas técnicas mastodónticas, estas cosas les parece «pérdidas de tiempo». El pensamiento de Jesús roza aquí lo revolucionario y debemos sacar conclusiones para nuestra vida: Si uno administra mal lo propio, en todo caso sólo se perjudica a sí mismo; pero los bienes materiales son patrimonio de toda la humanidad, o si se prefiere, del mismo Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos. Evangélicamente hablando, el hombre no es el dueño absoluto de sus bienes y no puede hacer con ellos lo que le dé la gana y por supuesto, tampoco la administración pública puede usarlos a su arbitrio y para lo que quiera…, sino para el bien común de las personas, para los servicios esenciales de las personas. Jesús lo dijo con suficiente claridad a los cristianos de su tiempo y del nuestro: si muchos hacen del dinero y el poder el gran negocio, y si lo administran como algo propio hasta el punto de permitirse usar y abusar para beneficio propio, aunque esto signifique el hambre, la miseria y manipular y engañar. El Evangelio de Lucas no se cansa de recalcar una y otra vez: que cuando las riquezas se interponen en nuestro camino y cuando nuestro corazón las ama y se encariña con ellas, es literalmente imposible que nos interesemos por los supremos intereses de los hombres tal como los preconiza el Reino de Dios. No se puede invocar a Dios como Padre de todos y vivir como espectador neutral de la desgracia ajena o apuntarse al sol que más calienta a costa de anular la dignidad de las personas. Para los cristianos, no hay sufrimiento alguno que nos pueda ser ajeno. Y, sobre todo, es inadmisible ofrecer a los que sufren un «consuelo barato» hablándoles de la «ayuda de Dios en medio de la prueba», sin combatir con todos los medios a nuestro alcance, el sufrimiento que los hombres podemos evitar o suavizar. Releamos la página evangélica de hoy… y saquemos nuestras consecuencias. No será tan difícil hacerlo, si es que de verdad queremos hacerlo. La Palabra de Dios que escuchamos los domingos no es solo para oírla sino para ponerla en práctica.

 

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