Ecos del Evangelio

19 enero, 2019 / Carmelitas
No tienen vino

DOMINGO II T.O. CICLO C 2019

Las Navidades nos deben haber cuestionado. ¿Para qué ha venido Jesús? ¿Por qué ha nacido Dios en un pobre portal de Belén? Dios ha nacido para que los hombres reconozcamos su presencia, su amor, su perdón, su misericordia en Jesús. Lo hemos cantado en villancicos, lo hemos formulado y expresado en belenes, estrellas, comidas familiares o luces; pero, ahora, nos espera lo más importante: ¡seguirle, para meternos de lleno en su misión, que es la nuestra!

La venida de Jesús no puede quedarse relegada a un “niñito” nacido entre pajas. Ese NIÑO ha crecido, ha sido bautizado y hoy lo vemos comenzando la vida pública. Y fijaros que Él que es el embajador de Dios por excelencia, no comienza su misión presentando credenciales- como los embajadores mundanos- ante  los mandamases de turno de la religión ni de la sociedad, Sino asistiendo Él, María su madre y los apóstoles a una boda de gente normal y sencilla de pueblo.

Empecemos pues, ya ,a sacar conclusiones:

Si Dios ha aterrizado en el mundo es porque quiere elevar al hombre al mismo cielo. Si Dios ha bajado al mundo es porque quiere compartir con la tierra el regocijo del cielo. Si Dios habla por Jesús es porque Dios quiere ser, además de escuchado y contemplado, nuestro hermano. Si Dios se involucra en la fiesta del mundo es porque sabe que le falta alegría verdadera al hombre. Si Dios pone vino bueno al final de una fiesta es porque nosotros solemos ofrecer, de aquel otro que pronto se acaba. Si Dios tarda en transformar algunas cosas de la tierra, es porque el hombre se resiste a colaborar con Él. Si Jesús no es acogido desde la libertad, Él no se va a imponer por la fuerza .Si Jesús no es invitado a las bodas de nuestro vivir, siempre diremos aquello de: ¡falta algo! ¡Falta alguien! Y en verdad es así, quien no le conoce le falta lo mas importante.

Como María, también nosotros, debiéramos de estar atentos a tantas y tantas situaciones que necesitan un poco de paz y de sosiego. María, con los ojos bien abiertos, fue consciente de que algo raro y peligroso ocurría en aquel convite. ¡Es que de repente, todo podría haberse ido al traste si el vino, elemento importante en una comida, hubiera faltado!

Esa es también nuestra misión: ser sensibles a las necesidades de las personas o situaciones que nos rodean. Aquello de “ojos que no ven corazón que no siente” no es una buena filosofía para aquellos que creemos y esperamos en Jesús. Tenemos que abrir los ojos,  para llenar de ilusión, de optimismo, de esperanza y de futuro aquellos espacios que necesitan alegría, esperanza y fe.

Primera afirmación pues para grabarla bien grabada: QUE LA ORACION UNIDA AL SERVICIO HACE MILAGROS. María, “como faltaba vino” nos narra San Juan, le dice a su hijo: “No tienen vino”. ¡Nada más! No hizo falta un gran discurso teológico de María sobre el poder sobrenatural de Jesús. ¡Sólo con decir: “No tienen vino”, bastó y sobró!  Es que en este asunto de la oración no importa la gran cantidad de palabrería, sino las obras a la que nos debe llevar la oración.

María es consciente de que tiene a su hijo delante de ella. No es cualquier hijo, es el Hijo de Dios que ha sido engendrado en ella para la salvación de todos. Pero María se dirige a Él con palabras confiadas. Con palabras tan simples y sencillas como la misma realidad: no tienen vino.

“A buen entendedor, pocas palabras”; nos dice el popular refrán. Dios entiende bien lo que necesitamos. No le hacen falta a Dios jaculatorias bonitas, ni muy extensas, ni repetitivas, ni inteligentes. Eso es lo bueno de Dios para con nosotros, está ahí atento a nuestras necesidades. Está esperando que de nuestros labios salgan las sinceras palabras que digan aquello que, sencillamente, necesitamos.

A veces hay gente tan rebuscada en su relación con Dios, lo han cuadriculado tanto que necesitan complicados rituales, casi mágicos, para establecer relación con Él y se olvidan que somos sus hijos muy amados. Un hijo no necesita grandes discursos delante de sus padres para que estos le ayuden. Un hijo no necesita complicados rituales para que su Padre lo escuche en sus necesidades. Lo único que necesita un hijo es confiar en que tiene delante a un Padre atento, que con sólo escuchar su necesidad lo va a ayudar.

Segunda afirmación para grabarla bien grabada: LO QUE HACE FALTA ES FE Y NO REBUSCADAS ORACIONES, aunque la respuesta de Jesús parezca desilusionante como la de hoy: “Mi hora no ha llegado todavía”. Muchos de nosotros hemos experimentado en algún momento de nuestra vida el silencio de Dios. ¡¿Por qué Dios no me escucha?!

Haber si queda claro que los tiempos de Dios no son los tiempos de los hombres. Muchos, ante una situación semejante prefieren buscar alguien que ore por ellos, o cambiar de religión, o cambiar de jaculatoria, o alguna respuesta mágica. La actitud correcta ante el silencio de Dios es responder con FE. ¡Y ya lo se que cuesta, pero hay que fiarse de Él aunque no lo entendamos.

María confió en Dios, confió en su Hijo. Ella perseveró en su actitud confiada, llena de FE, y el milagro se produjo. Cuando María le dice a los sirvientes: “Haced lo que él les diga”, está mostrando que su FE es grande y fuerte. María no duda, no tiembla, está segura y confiada en lo que pide. Porque sabe a quien se lo pide. El problema de no pocos es que lo que piden, en el fondo, se lo piden a un dios que se han hecho a su medida, no al Dios de Jesucristo.

Tercera afirmación para grabarla bien grabada: MENOS PALABRAS Y MAS FE TRADUCIDA EN OBRAS. Esta es la relación correcta para conseguir lo que necesitamos para la vida de todos los días. Dios no es sordo, sólo hay que saber pedir. La sabiduría de los orantes no está en las palabras que se escogen o en la duración de la oración, ni en la intensidad emocional con que se la haga: la verdadera sabiduría de los orantes está en la ACTITUD, está en la FE.

«No tienen vino». Nosotros ya sabemos lo que sucedió: el agua, es decir, el aburrimiento, la vergüenza, el sufrimiento, la tristeza… se convirtió en vino: alegría, animación, abundancia, vida…

«No tienen vino». Es el símbolo de un mundo roto. El símbolo de una vida rota. Miremos a nuestra vida o a la vida de las personas que conocemos; miremos cuantas situaciones perdidas por falta de fe y de perseverancia y de amor.

«Ya no tengo vino»:Es lo que nos oímos decir a nosotros mismos si nos miramos al espejo ¿Lo has dicho alguna vez? Seguro que sí, aunque con otras palabras. Es decir: Ya no tengo paciencia. Ya me he quedado sin fe. Ya no confío ni en mi mujer, ni en mi marido. La luna de miel se acabó. La vida es insoportable. Cuando dices alguna de estas cosas estás afirmando que te has quedado sin vino.

Pero el problema no está en que te hayas quedado sin vino o que tengas una herida en el dedo o en el corazón. El problema es el siguiente: ¿hay una madre o un hermano o un amigo que se dé cuenta y te ofrezca ayuda o te indique donde puedes conseguir una buena ayuda, un buen consejo…?

Aquí viene en nuestra ayuda el evangelio de hoy. Jesús quiere entrar en nuestra vida con su poder, para transformar nuestra miseria en el vino de la ilusión, la alegría. Jesús contó con la ayuda de aquellos sirvientes y necesita también nuestra ayuda para seguir realizando nuevos signos.

Jesús no resolvió los problemas del mundo: la educación, la guerra, la seguridad social, las drogas, la pena de muerte… Aquel día Jesús era un simple invitado en el banquete de bodas ,pero su presencia marcó una gran diferencia. Con la ayuda de los sirvientes cambió el agua en vino y cambió la tristeza en alegría.

Y el vino nuevo no estaba en esas tinajas de piedra, -es decir- corazones de piedra, Jesús era y es el vino nuevo, el milagro nuevo, el nuevo rostro de Dios, la nueva bendición para todos los que nos hemos quedado sin vino en algún momento de nuestra vida.

Nosotros, los que venimos a la iglesia, al banquete de la boda, a la Eucaristía, debemos tener claro quién es EL NUEVO VINO, y qué dulce es. Mientras mucha gente sigue emborrachándose con el vino malo y viejo, tenemos que decirles que el mejor vino ha sido guardado para ellos y que es: el amor, el perdón y la misericordia de Jesús.

A los que tenéis maridos, esposas, hijos, amigos, vecinos que se han quedado sin vino. Por favor llenad sus copas con el vino de la amistad; invitadlos a saborear la bondad del Señor; animadles a participar en el banquete del Señor; decidles que traigan su agua, el agua de la rutina y el sin sentido, para ser transformada en vino, el vino de la alegría, del sentido para su vida.

La vieja religión, la del AT, está muy presente en el relato de hoy del evangelio.
Las seis tinajas de piedra. Seis es el número de la imperfección, de la creación del hombre, siempre esperando la séptima tinaja, el séptimo día, el de la plenitud y perfección de la creación de Dios. Y de piedra. La ley, escrita en las tablas de piedra, tiene que ser escrita en el corazón. «Os arrancaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne» Las tinajas viejas están vacías, ya no purifican. Hay que llenarlas con el vino nuevo del amor. Sólo el amor es vida y da vida.

La religión vieja, la del no, la del pensar y vivir sólo para un más allá desconectado del hoy, del mundo en el que vivimos. La religión del miedo, de la condena continua, la de la mientras mas requisitos mejor, no es la religión de Jesús. Es el yugo insoportable que imponen unos auténticos farsantes, y de ese yugo tenemos que salir inmediatamente.

A cada uno pues, le toca decidir si  quiere ser muy pietista, muy cumplidor, seguir en todo la ley y no poder jamás nada, es decir -quedarse en agua-: incolora inodora e insípida. O ser un enamorado de Dios y de los hombres-es decir- vino nuevo, capaz de hacer  posible lo imposible.

Y el camino es muy sencillo, es el mismo que La Virgen les dijo a los sirvientes: «Haced lo que él os diga».Y lo que Él nos dice está en el evangelio, pero en el de Cristo, no en el que muchos se han inventado.

 

 

 

 

 

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