Ecos del Evangelio

16 diciembre, 2017 / Carmelitas
“EL PASO DE LA ALEGRÍA”

DOMINGO III DE ADVIENTO CICLO B 2017

Hoy, en este tercer domingo de Adviento, se nos invita a dar un paso más. Un paso muy importante, necesario, e indispensable. Pero que, posiblemente, nos sorprenda, porque no entre en nuestros cálculos.

Este nuevo paso es -sencillamente- EL PASO DE LA ALEGRÍA. Pero la alegría verdadera, no esa alegría bullanguera de muchos en estas fiestas. Para acoger la venida del Señor, para trabajar por su venida, tenemos necesidad de abrirnos a la alegría. Sorprendente quizás, pero es indispensable. Sin vivir abiertos a la alegría, sin vivir con ilusión, no hay auténtico Adviento, ni habrá auténtica Navidad.

De hecho, hoy es aquel domingo llamado tradicionalmente « Dominica Gaudete», precisamente por ese tono gozoso que sobresale a lo largo de toda la celebración.

Ya en la primera lectura Isaías anuncia el retorno del exilio como una gran noticia: Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos. Ante tal perspectiva la única reacción lógica es el entusiasmo: Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo.

Se trata de la misma alegría y entusiasmo que María cantó en el Magníficat, hoy propuesto como salmo responsorial, por las maravillas obradas por Dios en su persona. Y san Pablo, en el fragmento de su primera carta a los de Tesalónica que leemos hoy, acaba de remachar el clavo: Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión: ésta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros.

Así pues, la actitud de espera, de preparación, y también el compromiso de anunciar, y testimoniar la venida del Señor, han de ir acompañados de un tono gozoso, festivo, alegre, sobre todo porque sabemos reconocer que el Señor ya ha venido, y sigue viniendo cada día, y ha hecho obras grandes por nosotros, por lo que debemos estarle agradecidos, esperando que continuará haciéndolas en el presente y en el futuro.

Todo lo cual queda muy bien resumido en la oración colecta que hemos rezado antes de las lecturas: Estás viendo, Señor,-hemos rezado- cómo tu pueblo espera con fe la fiesta del nacimiento de tu Hijo; concédenos llegar a la Navidad, fiesta de gozo y salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante.

Decía Chesterton que: “La alegría es el gigantesco secreto del cristiano”. Verdad vieja. Tan vieja como las cartas de S. Ignacio de Antioquia, que -incluso cuando ya se sabía trigo de Cristo próximo a ser molido en los dientes de las fieras- se dirigía a sus fieles deseándoles «muchísima alegría». ¿De verdad hoy día el cristiano se distingue por esa alegría que se desprende de ser seguidor de Cristo?

En el mundo también hay alegría, es cierto; pero una alegría-muchas veces- falsa y poco duradera. Alegría es el reclamo que coloca el mundo ante las diversiones más estúpidas o menos dignas. La fuente de nuestra perenne alegría debe brotar más hondo: la alegría viene de un fondo de serenidad que hay en el alma.

El motivo de nuestra alegría es porque Dios está cerca y porque viene a nosotros como Salvador, como Libertador. Aquí está la raíz de nuestra alegría. En que hemos sido rescatados del poder del maligno y trasladados a un mundo inundado por la gracia. En que Dios se ha hecho de nuestra carne y de nuestra sangre. En que su Madre es nuestra madre y su vida es nuestra vida. En que somos pequeños y miserables, y llenos de defectos, pero aun así, resplandece el poder y la misericordia de Dios, si le dejamos.

Toda la vida áspera y dura del Bautista estuvo comprendida humanamente por dos soledades: la soledad del desierto y la soledad de la prisión. En cambio, la revelación divina se encarga de dejar bien claro que el eje auténtico de la vida del Precursor se apoya en dos notas de júbilo y de alegría. Dice Isabel, la madre del Bautista: “Apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo saltó de gozo el niño en mi seno“.

¿Y sabéis porque muchos no tienen esa alegría verdadera?, por lo que dice el Bautista a los que le seguían: “En medio de vosotros hay uno que no conocéis. El personaje al que mira el bautismo  de Juan está ya presente: Cristo, pero ellos no se han dado cuenta aún de su presencia. Los fariseos estaban incapacitados para reconocer el Espíritu.

Lo mismo todos los que son  actualmente como ellos: la gente  de las apariencias, de la hipocresía, del orgullo, del chismorreo, la que tiene doble cara, etc. Todos esos no pueden reconocer a Cristo, y por tanto, no pueden gustar de la verdadera alegría, aunque se tengan por muy religiosos.

Se trata de reconocer a Cristo que está presente entre nosotros. Aunque su presencia sea oculta, Jesús vive a nuestro lado.¿Cómo lo reconoceremos? ¿Queremos reconocerlo de verdad? Puede ser cualquiera, puede parecerse a cualquiera. Esta encarnación-presencia de Jesús en la humanidad nos desconcierta y hasta nos oprime. Si Dios vive entre nosotros, no podemos vivir como si nada pasase, solo pendientes de cumplir unos ritos. Y eso es en lo que están muchos cristianos, solo pendientes de cumplir uno ritos.

Dios se ha hecho solidario con todos los hombres. Lo que se le hace a cada persona, se le hace a Dios. Estamos tan cerca de Dios como lo estamos del prójimo. Cada ser humano es Dios al alcance de nuestra mano y de nuestro corazón.

¿Cómo es posible que Dios se pueda presentar «así»? Es éste un tema importante de reflexión para todos nosotros. Nuestro Dios es terriblemente «molesto». Su presencia será siempre desconcertante, comprometida, nos llama a la generosidad, a la justicia, a la libertad, a la fe, al amor…

Dios ha venido a habitar entre nosotros. Tenemos que tener mucho cuidado para descubrirlo en los acontecimientos y en las personas que nos rodean. No sigamos buscando a Dios entre las nubes, está presente en nuestro mundo, en medio de nosotros, allí donde menos lo esperamos. Esto significa la Encarnación de Dios.

 

¿POR QUÉ TENGO QUE ESTAR ALEGRE?

  • Entre otras cosas, porque sé, Señor que Tú llegas por mí y para mí.
  • Porque veo el vacío que existe en el hombre si Tú no estás dentro.
  • Porque soy consciente, Señor, que la llegada de un amigo altera la vida de una familia, el orden al que estamos acostumbrados.
  • Porque, ante las calamidades, Señor, no es bueno acobardarse, no es sensato reprimirse, no es cristiano acomplejarse, ni ser un quejica: hay que sonreír, incluso, en la aflicción.

Alegre por tu llegada, Señor. Alegre por tu Nacimiento, Señor. Alegre porque Tú, me das la fuerza. Alegre porque vienes a levantarme. Alegre porque mi ALEGRÍA eres Tú. Alegre porque mi ILUSIÓN eres Tú

 

¿POR QUÉ TENGO QUE ESTAR ALEGRE?

  • Porque al final de la oscuridad brillas Tú, Señor.
  • Porque en los problemas me socorre tu mano, Señor.
  • Porque en las dudas, me envías certezas.
  • Porque en la soledad, eres mi eterna compañía.
  • Porque vienes, y si vienes, es para estar conmigo.
  • Porque, sin  tu alegría, algo faltará en mi corazón.
  • Porque, sin  tu alegría, puede que mire para otro lado.
  • Porque, sin  tu alegría, la vida no es vida.
  • Porque, sin tu alegría, falta la luz a cada uno de mis días
  • Porque, sin  tu alegría, ¿puedo acogerte en mi casa, Señor?

 

¿POR QUÉ TENGO QUE ESTAR ALEGRE?

Simplemente porque al tenerte, Señor, no siento otra cosa en mí, sino la ALEGRÍA. Tú, Señor, tu Nacimiento y tu llegada es la causa de mi gozo,  la música de mí alma, la alegría de mi corazón, la causa de mi felicidad.

 

¡Gracias, Señor!

 

 

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