Ecos del Evangelio

7 julio, 2016 / Carmelitas
PENTECOSTÉS

Concluimos el tiempo pascual con la solemnidad de Pentecostés y lo deberíamos hacer habiendo conseguido ser unos cristianos que respondieran más y mejor a lo que su nombre significa: seguidores de Cristo. Porque si no, permitidme decir, que lo que se está haciendo es perder el tiempo, la vida y además traicionar el evangelio que Cristo nos encomendó que viviéramos y testimoniáramos.

La Pascuade Pentecostés, esla Pascuade los frutos. ¿Recordáis aquellas palabras que decía Jesús antes de su muerte, aquellas palabras que hablaban de cosechas, de frutos? Decía: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, si se deshace bajo tierra, da mucho fruto”.

Esto es lo que celebramos hoy. Celebramos el fruto exuberante que ha producido ese grano enterrado y muerto. Jesús es ese grano, esa semilla que aceptó deshacerse, desaparecer bajo tierra, vivir la incertidumbre de la muerte, llegar a ser, en definitiva, un pobre condenado a muerte abandonado de todos, Él, que había convertido su vida en una obra constante de amor.

Pero, verdaderamente, aquella semilla enterrada ha dado fruto, “el grano de trigo al morir dio mil frutos”. Es la Pascua, lo que hemos celebrado en estos cincuenta días. Jesús vive y vive para siempre. Y vive en cada uno de nosotros si lo aceptamos en nuestra vida y no solo lo proclamamos con los labios. Y vive en esta comunidad si cuando dice que cree en Él, después se nota en las actitudes y el comportamiento de unos miembros con otros. Y vive en cada fruto nuevo de amor que cualquier hombre haga florecer en este mundo, y en cada nuevo progreso solidario que los hombres seamos capaces de levantar. Y vive en cada creyente que se decide a ser testigo de la Buena Noticia del Evangelio.Y vive en los sacramentos que nos reúnen, en el sacramento del agua del bautismo que nos renueva, en el sacramento del pan y el vino de la Eucaristía que nos alimenta. Y vive en la humanidad entera y en toda la creación para conducirla hacia su Reino, aunque muchos lo ignoren.

O dicho de otra manera: esta vida de Jesús en nosotros, enla Iglesia, en la humanidad, no es sólo como un recuerdo que tenemos, como el recuerdo de un gran personaje al que admiramos. No. Esta vida de Jesús debe penetrar en nosotros y debe cambiarnos, si le dejamos.

Eso es lo que hoy recordamos de un modo especial. El fruto que ha dado la muerte de Jesús, su Pascua, es como un fuego que debe arder en nosotros, como un viento impetuoso que debe remover conciencias y vidas.

Ese fruto que ha dado la muerte de Jesús, su Pascua ,es una llamada a ir siempre adelante, a no detenernos, a no tener miedo, a mantener firme la decisión de seguirle, a trabajar por ese mundo nuevo y distinto que Él nos anunció. Lo hemos oído en la primera lectura: en cuanto recibieron el Espíritu, los apóstoles salieron a la calle. Y en el evangelio Jesús nos lo ha dicho muy claro: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Porque eso es el Espíritu: es el que nos convierte en continuadores de la tarea que el Padre encomendó a Jesús.

Y esa tarea que a su vez Cristo nos encomendó hay que concretarla en la manera de ver y vivir las cosas y los acontecimientos. Porque enla Iglesia del momento actual, se ha perdido el impulso de puesta al día y de renovación que Juan XXIII y el Concilio nos contagiaron; porque hay una tendencia a encerrarse en lo que vamos haciendo, en lugar de preguntarnos qué debemos hacer para seguir siendo testigos dela Buena Noticia de Jesús.

Y al mismo tiempo, en nuestra sociedad, que vive en la apariencia y la solidaridad tan cacareada, se queda en simples limosnas y campañas de vez en cuando, para tranquilizar la conciencia. Y mucha gente piensa que lo mejor es que cada uno se asegure lo que tiene y los demás que se arreglen. Y el miedo, aun sin confesarlo, lo domina todo, de ahí los deseos de seguridad a cualquier precio: dejando de lado la libertad y cambiándola por el soborno y el pensamiento único; dejando de lado la denuncia de las injustitas cambiándolas por el silencio cómplice y subvencionado; y dejando de lado la paz de Cristo cambiándola por pactos que sonrojan.

Todo esto, desde luego, no es digno de quienes dicen llevar dentro el Espíritu de Jesús, el Espíritu de la vida nueva. El Espíritu que fue un viento recio, un fuego que sacó a los apóstoles a la calle y sin ningún miedo. El Espíritu que hizo nacer ala Iglesia, que debe continuar siendo signo y testimonio de Cristo.

En esta fiesta de Pentecostés la Iglesia y muchos de sus miembros volverán a confesar su fe en el Espíritu Santo, y dirán: “Señor y dador de vida”.

¿Qué significa poseer el Espíritu Santo?

El Espíritu es el que nos enseña a saborear la vida en toda su profundidad, a no malgastarla de cualquier manera, a no pasar superficialmente junto a lo esencial, siempre que seamos sinceros con nosotros mismos.

El Espíritu es el que nos infunde un gusto nuevo por la existencia y nos ayuda a encontrar una armonía nueva con todos y con todo lo que nos rodea, siempre que seamos sinceros con nosotros mismos.

El Espíritu es el que nos abre a una comunicación nueva y más profunda con Dios, con nosotros mismos y con los demás, siempre que seamos sinceros con nosotros mismos.

El Espíritu es el que nos invade con una alegría, dándonos una transparencia interior, una confianza en nosotros mismos y una amistad nueva con las cosas, siempre que seamos sinceros con nosotros mismos.

El Espíritu es el que nos libra del vacío interior y la difícil soledad, devolviéndonos la capacidad de dar y recibir, de amar y ser amados, siempre que seamos sinceros con nosotros mismos.

El Espíritu es el que nos enseña a estar atentos a todo lo bueno y sencillo, con una atención especialmente fraterna a quien sufre porque le falta la alegría de vivir, siempre que vivamos con sinceridad el evangelio.

El Espíritu es el que nos hace renacer cada día y nos permite un nuevo comienzo a pesar del desgaste, el pecado y el deterioro del vivir diario, siempre que nos veamos con sinceridad y sin mascaras a nosotros mismos

El Espíritu es la vida misma de Dios que se nos ofrece como don. El hombre más rico, poderoso y satisfecho, es un desgraciado si le falta esta vida del Espíritu, ¡y como podrían cambiar este tipo de personas si se vieran con sinceridad a ellos mismos!

El Espíritu no se compra, no se adquiere, no se inventa ni se fabrica. Es un regalo de Dios. Lo único que podemos hacer es preparar nuestro corazón para acogerlo con fe sencilla y atención interior, previa sinceridad con nosotros mismos

Con ese Espíritu es con el que se forja un cristiano y la Iglesia que Cristo fundó.

-Una iglesia que se debe hacer fuerte e insobornable cuando siente y se agarra a la comunión de hermanos en la misma fe y unidos por la misma esperanza.

-Una iglesia que se debe lanzar al futuro sin miedo alguno, sabiendo que lleva entre manos la mayor riqueza que el mundo puede esperar: EL EVANGELIO.

Una iglesia que debe hablar sin tapujos, sin vergüenza y que, precisamente por ello, su mensaje debe provocar chispas cuando puede más la sin razón que el sentido común; la banalidad de las cosas que la dignidad humana; el personalismo más que lo comunitario; la ambición mas que el propio hombre.

-Una iglesia a la que no le debe importar mirar con afán de superación a los orígenes de su nacimiento. En aquel alumbramiento la comunión de bienes y el perdón, la fraternidad y la alegría, la valentía y la audacia para presentar a Jesucristo….rompieron esquemas y tradiciones, corazones y modos de vida.

-Unos hombres y mujeres que llamaban la atención y que fueron formando esa gran familia que ha llegado hasta nuestros días. ¿Por qué hoy nuestra iglesia brilla más por el esplendor de su riqueza artística, por los formalismos y el compadreo para con los poderes, que por el testimonio que exige llamarse cristiano?.Ese testimonio que muchos callan vergonzosamente, empezando por la jerarquía, que calla un día si y el otro también, ante tanta indignidad.

Pentecostés….a los cincuenta días entonces, y ahora, es un soplo que nos viene bien para lanzarnos como iglesia a la conquista-desde el amor- de ese mundo tan duro para entender y comprender, vivir y amar las cosas de Dios.

Pentecostés…con todo lo quela Iglesia ha sido y es, supone un abrir de par en par la creatividad de todo creyente para que el mensaje de salvación de Jesucristo no quede clavado en las cuatro paredes de una sacristía o adornando la belleza de un templo.

Pentecostés…con nuestras fatigas e incoherencias, nos infunde aires nuevos y bríos nuevos, ganas e ilusión, compañía y fortaleza, honestidad y transparencia, vitalidad y ansias de llevar a Cristo a los demás.

La Eucaristíatermina siempre con la misión al mundo: “Podéis ir en paz”. Lo cual no quiere decir, marchar tan tranquilos hasta la semana que viene, sino, llevar a los demás lo que hemos celebrado: el amor de Cristo hecho misericordia, solidaridad, esperanza y entrega hasta el extremo.

Esa es la Buena Noticia, que hoy día debemos hacer nuestra, celebrar, vivir y testimoniar si es queremos que sea Pentecostés en cada uno de nosotros. O lo que es lo mismo: Pentecostés es ser testigos de Cristo con todas las consecuencias, y cuando digo todas, es todas.

 

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