Ecos del Evangelio

31 mayo, 2017 / Carmelitas
Pentecostés 2017

PENTECOSTÉS CICLO A 2017

Si el hombre es, como se ha dicho, un animal racional, es decir, está dotado de razón o de palabra (logos), el deterioro de la palabra será la deshumanización del hombre y de la convivencia humana. Por tanto, debiera preocuparnos y mucho, el uso y el abuso que hacemos de la palabra. Se abusa de la palabra en la publicidad y en la propaganda, y se utiliza para sembrar incomprensión y violencia. Pero si los hombres ya no se entienden hablando, ¿cómo pueden entenderse? y si no se entienden los unos a los otros, ¿cómo pueden vivir juntos?

La Biblia nos dice que la confusión de lenguas, el caos que se produce cuando cada cual habla desde su punto de vista y utilizando su propio lenguaje, sin importarle nada de nadie, y sin respeto alguno a los que hablan o piensan de modo distinto, lleva a la división y a la dispersión de los pueblos.

Los cristianos, en esta situación, tenemos si cabe mayores dificultades, pues somos portadores de un mensaje que debemos anunciar a todo el mundo y, con frecuencia, advertimos que nadie nos entiende o que no conseguimos hacernos entender. ¿Será que tampoco nosotros escuchamos a los demás?, ¿o acaso hablamos de memoria, sin espíritu, y como quien no cree lo que está diciendo?, ¿será que hacemos “propaganda de la fe” sin tener fe?

Pentecostés, el misterio que celebramos hoy, la venida del Espíritu Santo en lenguas de fuego sobre la cabeza de los apóstoles, es la réplica de Dios a la confusión de las lenguas, a la torre de Babel.

De una parte, el Espíritu que desciende es la fuerza de Dios que hace hablar a los mudos. Los discípulos de Jesús estaban callados como muertos, encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos. Pero vino sobre ellos el Espíritu Santo y les concedió la capacidad de hablar y el valor para confesar en público que Jesús es el Señor. Porque “nadie puede decir que Jesús es el Señor a no ser por el Espíritu Santo”.

De otra parte, el Espíritu es el que abre los oídos para escuchar el evangelio. Partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, romanos, árabes, cretenses… escucharon en su propia lengua el mismo evangelio. El acontecimiento maravilloso de Pentecostés irrumpe en un mundo fraccionado en lenguas y culturas, y, sin suprimir las diferencias, sienta las bases para una fraternidad universal.

Pentecostés es a la pascua lo que la confirmación al bautismo. Los que se han sumergido en la muerte de Cristo para participar de su resurrección, los que han sido bautizados en su muerte, han sido también confirmados por el Espíritu en la nueva vida. Del Espíritu reciben también la fuerza para proclamar lo que viven.

Un modo nuevo de hablar no tiene sentido si no es expresión de una vida nueva… De ahí que el problema que padecemos los cristianos, el problema de comunicación, es en principio un problema de vida, de auténtica fe, de una fe con obras. Porque una fe sin obras está muerta y no tiene nada que decir al mundo.

Si hemos sido bautizados por rutina y vivimos el cristianismo como una costumbre, el evangelio no llegará a los hombres y no podrán entender lo que les anunciamos. Y entonces añadiremos confusión a la confusión de lenguas que padece nuestra sociedad. La evangelización será un poco más de propaganda, un poco más de ruido. No contribuiremos en absoluto a la convivencia y al entendimiento entre todos los hombres de la tierra.

Aquellos apóstoles que estaban muertos de miedo, se llenan de vida y de coraje al recibir el Espíritu Santo. Los que se habían encerrado por miedo a los judíos, salen a la calle y dan señales de vida, predican en las plazas y desde las azoteas, anuncian el evangelio a las multitudes y les dicen que no es el vino lo que les hace hablar sino el Espíritu. Este mismo Espíritu que abre la boca de los testigos es el que abre los oídos a los creyentes, vengan de donde vengan y cualquiera que sea su lengua. Porque es el Espíritu el que restablece la comunicación con Dios y, por tanto, también la comunicación entre los hombres. Y esa es la tarea de la Iglesia.

La Iglesia es ante todo el cuerpo de Cristo y no la corporación de personas que cumplen unas normas para tranquilizar la conciencia. Por eso lo que da unidad a la iglesia es el Espíritu Santo, o el Espíritu de Cristo, que ha sido derramado en nuestros corazones, y no el derecho canónico.

Cuando la unidad se entiende desde la ley se trata más bien de una unidad impuesta y, en consecuencia, de una uniformidad. Pero si la entendemos y la vivimos desde el Espíritu que habita en cada uno de los creyentes -pues nadie está desposeído en la iglesia del don del Espíritu-, entonces la unidad no está reñida ni mucho menos con la diversidad y lejos de ser una imposición es la expresión de la libertad de los hijos de Dios. En efecto, hay pluralidad de dones, de servicios, de funciones y “en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”. Hay pluralidad de miembros, pero todos están animados por un mismo Espíritu.

Por otra parte, el Espíritu acaba con las diferencias que nos separan y nos une a unos con otros, creando entre todos una fraternidad y una solidaridad, una comunión de vida. Sumergidos en un mismo Espíritu, entusiasmados, “emborrachados” con un mismo Espíritu, no puede haber entre nosotros diferencias entre judíos y griegos, esclavos y libres. La unidad que crea el Espíritu es inseparable de la igualdad y de la fraternidad entre todos, porque todos somos hermanos y uno solo es el Señor, Jesucristo.

“Como el Padre me ha enviado…”: La Iglesia de Jesús no es una comunidad cerrada sobre sí misma y alejada del mundo. Porque es iglesia para el mundo. Si Jesús reúne a sus discípulos es para enviarlos al mundo, para que continúen en el mundo su misión: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y por eso mismo, para que puedan cumplir la misión que les encomienda, les comunica su Espíritu: “Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”.

Su gesto nos recuerda lo que leemos en el Génesis, cuando Dios “insufló su aliento” en el rostro de Adán y “resultó el hombre un ser viviente”. A partir de Cristo y en virtud del Espíritu de Cristo, comienza una nueva creación, una nueva vida. La iglesia es el símbolo y el instrumento al servicio de esta nueva vida, que es vida para el mundo.

Por eso, la Eucaristía termina siempre con la misión al mundo: “Podéis ir en paz”. Lo cual no quiere decir que todo haya terminado y que podemos estar tranquilos, sino más bien que todo comienza o ha de comenzar de nuevo. Quiere decir también que nuestra misión al mundo es una misión de paz, de reconciliación, de esperanza. Los cristianos somos mensajeros de una buena noticia, y las buenas noticias se ofrecen y no se imponen nunca a los demás. Por eso no podemos ir al mundo en son de guerra. No somos soldados de Cristo, somos sus testigos.

En Pentecostés, ciertamente, el miedo desparece, la luz se impone sobre la tiniebla; la verdad sobre el error; la universalidad de la iglesia frente a los personalismos; la valentía vence a la cobardía y la fortaleza se hace dueña de la debilidad.

Es posible que basten estas pocas consideraciones para que nos demos cuenta de algo que cierta vez dijo Jesús: «La letra mata; sólo el espíritu da vida.» Si el cristianismo de Occidente agoniza en nuestra cultura, es porque se sigue poniendo el acento en la letra y no en el espíritu. ¿Pero alguna vez es posible que nos demos cuenta Dios mío?

El Espíritu que nos ha sido dado por Cristo Resucitado es para que la Iglesia sea una comunidad viviente, no una tumba o un mausoleo, con unos jerarcas que la custodien. No bastan los sacramentos, no bastan los concilios y congresos… Sin Espíritu, todo eso es letra muerta. Y éste es el mensaje de este domingo: un mensaje que debe herir orgullo y sacudir la pereza de jerarquía y de muchos cristianos

Volvamos a los orígenes de nuestra fe. A las paginas de la Biblia, a los evangelios, allí encontraremos las huellas del Espíritu: el mismo Espíritu que empujó a Cristo a predicar, que lo sacó de la tumba como lo había sacado del seno de su madre; el mismo Espíritu que hizo de los apóstoles, muertos de miedo, una comunidad de profetas y de mártires.

¡QUE VENGA, SEÑOR!

Tu Espíritu de escucha; cuando como María, estamos atentos a lo que nos dices.

Tu Espíritu de serenidad; cuando las noches son más fuertes que el día.

Tu Espíritu de fortaleza; cuando la debilidad se impone al tesón.

Tu Espíritu de alegría; cuando nos dormimos en los laureles.

Tu Espíritu de constancia; cuando no vemos fruto a su tiempo.

Tu Espíritu de comunión; cuando surgen las divisiones.

Tu Espíritu de comprensión; cuando se hace inteligible tu mensaje.

Tu Espíritu de fraternidad; cuando se quiebra la unidad.

Tu Espíritu de valentía; cuando nos quedamos inmóviles.

Tu Espíritu de compromiso; cuando nos ataca el inmovilismo.

Tu Espíritu de eternidad; cuando habla más la muerte que la vida.

Tu Espíritu de vida; cuando estamos llenos de todo menos de lo importante.

Tu Espíritu de aliento; cuando nos asfixia la contaminación del mundo.

Tu Espíritu de resurrección; cuando nos instalamos en lo efímero.

Tu Espíritu de misión; cuando todo nos parece hecho.

Tu Espíritu de perdón; cuando el hombre se sienta incomprendido.

Tu Espíritu de Eucaristía; para que nunca nos falle el alimento.

¡Que venga, Señor! Amen.

 

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