Ecos del Evangelio

18 mayo, 2018 / Carmelitas
PENTECOSTÉS CICLO B 2018

VEN ESPÍRITU SANTO… RENUEVA NUESTROS CORAZONES

 

Con la fiesta de Pentecostés llega su término la cincuentena pascual. Después de haber celebrado a lo largo de estos 50 días la victoria de Jesús sobre la muerte, su manifestación a los discípulos y su exaltación a la derecha del Padre, hoy la contemplación y la alabanza de la Iglesia destaca la presencia del Espíritu de Dios y la entrega por el Resucitado de su Espíritu a los suyos, para hacerles participar de su misma vida y constituir con ellos el nuevo Pueblo de Dios.

 

Pentecostés en griego significa 50, que en el simbolismo de los números bíblicos quiere decir: perfección, plenitud, cumplimiento. San Lucas nos describe cinco “Pentecostés”, cinco venidas del Espíritu Santo en diferentes momentos de la vida de la comunidad cristiana, para mostrarnos que siempre que viene el Espíritu es Pentecostés.

 

No fue pues, un solo y aislado Pentecostés. Nuestro bautismo fue Pentecostés; en la confirmación recibimos como “Don” el mismo de Pentecostés; la Eucaristía es acción del Espíritu Santo que nos reúne, nos comunica y hace entender la Palabra, y hace que la Palabra se haga Pan que alimenta, y nos envía a hacer las obras que el Padre quiere en favor de los hermanos.

 

A pesar pues de la presencia constante, el Espíritu Santo, después de veinte siglos, es el gran desconocido en la Iglesia. Y sin embargo, el Espíritu Santo es el gran artífice de la gran obra de Cristo, que no es otra que la Iglesia entendida como comunidad de los hombres que, a través de los tiempos, habrían de vivir al estilo de Cristo y no como una estructura mundana montada sobre el poder , la vanagloria y la pompa.

 

Las tres lecturas de hoy ponen de manifiesto lo que significa el Espíritu Santo:

 

El Espíritu Santo significa el paso de la obscuridad a la luz; del miedo al valor; del encierro al testimonio público; del aislamiento, al principio de una comunidad viva y misionera.

 

El Espíritu Santo es la unidad en la diversidad, es el don de lenguas, la posibilidad de llegar a todos con un mensaje que cada uno entiende como dirigido exclusivamente para él “en su propio idioma”, pero mensaje basado en el amor y no en la condena ni en la exclusión.

 

El Espíritu Santo es la profundización en el mensaje de Jesús, el momento justo en el que los apóstoles y los discípulos que lo reciben empiezan a conocer de verdad a Jesús, a interpretar sus palabras, a penetrar en su íntimo modo de ser, a ver el mundo con los ojos de Cristo y a diseñar con toda nitidez lo que debe ser la vida de un cristiano.

 

Aquellos primeros hombres que recibieron el Espíritu Santo cambiaron radicalmente. Desde ese momento ya nada ni nadie pudo frenar su iniciativa cristiana, del mismo modo que nada ni nadie había podido frenar la de aquel Maestro con el que habían convivido sin conocerlo del todo y sin poder captar la grandeza de su mensaje.

 

El mundo comenzó a ver, primero despectivamente y luego asombrado, la existencia de unos hombres aparentemente insignificantes, que no tenían poder ni influencia, ni dinero, ni armas; pero eso si, unos hombres que creían en lo que decían y por tanto lo vivían: sobre todo amando predicando en el nombre de un Señor que había muerto para que todos tuvieran vida.

Aquellos hombres no callaron ante la persecución, ni ante el halago, ni ante el dolor, ni ante el martirio. No eran muchos pero la fuerza del Espíritu que poseían era irresistible, Y de la misma manera que habían superado las dificultades del momento, superaron el tiempo y el espacio.
Aquellas primeras comunidades cristianas, en las que el Espíritu Santo vivía palpablemente, fueron incontenibles.

 

Cierto que en el transcurso de la Historia y en muchas ocasiones la fuerza del Espíritu ha quedado ahogado por el Código Canónico, por la formalidades y por la Institución. ¡Cuantas veces se ha querido atribuir al Espíritu actuaciones y decisiones, que lo único que han conseguido es matar el Espíritu y quedarse en la estructura, en la letra y en algunos supuestos carismas que han hecho y hacen que una comunidad vuelva a unos ritos de siglos atrás, como si el Espíritu lo poseyeran en exclusiva en toda su pureza! Es que son más papistas que el papa ¿Así se consigue que la gente vuelva a la fe y celebre la Eucaristía? ¡Que pena!

 

Pero no es menos cierto que siempre, y aún en los momentos más dolorosos de la Historia de la Iglesia, el Espíritu ha aleteado, ha estado presente avivando la fe, despertando la esperanza, vigorizando el amor, llevando a cabo su hermosa obra.

 

Aquí y allá han surgido hombres de talla gigantesca que se han dedicado a recordar, en todo lugar y momento, que el Reino de Dios es algo que está ya entre los hombres y se realiza diariamente cada vez que un cristiano se atreve a adentrarse por los caminos del Evangelio.

 

Cada vez que un cristiano se atreve a vivir considerando a los hombres como hermanos, y cada vez que un grupo de cristianos se reúne en nombre de Cristo para intentar que la actividad de Dios penetre en la sociedad y la transforme.

 

Tenemos pues la absoluta responsabilidad de que Espíritu Santo, no pase de largo en nuestra vida, sino de instarle a que se detenga y nos envuelva en su ruido, y nos empuje a confesar a Dios ante los hombres de la única forma que los hombres admiten esta confesión: viviendo como Dios, nuestro Dios, quiere que vivamos. En una palabra, viviendo como Cristo lo hizo.
Sobre todos los cristianos, -sean del Ponto o de Galacia, de Villaviciosa o de Espiel-, ha descendido el Espíritu y es menester que, impulsados por Él, hablemos en todas las lenguas.

 

*La lengua de la Palabra.- ¿Nunca te has planteado, amigo, ser «catequista», portavoz de la Palabra a través de tu fe, para caminar y ayudar a caminar a «otros» en el itinerario cristiano?

*La lengua del testimonio.-Ese saber entregarnos cada día a nuestras propias obligaciones puede convertirse, no lo dudéis, en el claro espejo en el que muchos, «al ver vuestras buenas obras, glorifiquen al Padre que está en los cielos».

*La lengua de nuestro saber sufrir.- Los adelantos modernos no nos han librado, no, ni nos librarán, de nuestra condición de «siervos dolientes». Pues, bien, el aprender a llevar con elegancia nuestra cruz, puede ser un modo de hablar en distintas lenguas.

*La lengua de la comprensión y del acercamiento.-Frente a una sociedad que crece cada vez más en actitudes individualistas, una sociedad en la que hemos aprendido a «aislarnos», yendo incluso por la calle con nuestros propios auriculares escuchando nuestra personal melodía, ausentes de lo que en nuestro entorno «se cuece», el Espíritu nos está impulsando, o tratando de impulsarnos si le dejamos, a curtirnos en eso de «llorar con el que llora y reír con el que ríe».

*La lengua del respeto.-Porque también con el respeto podemos llegar a los de Frigia y Pamfilia, a los de Espiel y Villaviciosa No es menester que todos piensen como yo. En cambio sí es menester que yo piense que, quienes van por otro camino, por alguna razón que yo no entiendo van. Y hay que respetarlos. Caminando, pues que es «gerundio». Ya que «el movimiento, se demuestra andando».

 

PENTECOSTÉS ES TENER CLARO QUE…

 

  • Dios nos acompaña hasta el día en que nos llame a su presencia.
  • Dios nos da siempre nuevos bríos e ilusiones.
  • Dios nos levanta, cuando caemos.
  • Dios nos une, cuando estamos dispersos.
  • Dios nos atrae, cuando nos divorciamos de Él.
  • Dios nos rodea con su silencio, a pesar del mundanal ruido.
  • Dios nos indica con su consejo para cambiar del camino equivocado.
  • Dios nos alza con su fortaleza en nuestras debilidades.
  • Dios nos hace grandes con su sabiduría.
  • Dios nos hace felices con su entendimiento.
  • Dios nos hace reflexivos con su santo temor.
  • Dios nos hace comprometidos, con el don de piedad.
  • Dios nos hace expertos, por el don de la ciencia.

 

Pentecostés, entre otras cosas, es valorar, vivir, comprender y estar orgullosos de que todo lo que nos prometió Jesús de Nazaret lo está cumpliendo y lo cumplirá. ¿Y cómo lo descubrimos? Pues sencillamente dejándonos guiar por su Espíritu.

 

Y entonces verás que se necesita con urgencia:

 

-Un ejército pacífico y unido que crea en el valor de las pequeñas cosas.

-Gente que construya la historia y no se deje arrastrar por los acontecimientos.

-Más corazones desarmados, en un mundo lleno de guerras.

-Almas magnánimas, en una sociedad interesada.

-Espíritus fuertes en un siglo de mediocridades.

-Más trabajadores y menos personas que critiquen.

-Más ciudadanos que digan: “voy a tratar de hacer algo” y menos que se
contenten con: “es imposible”.

-Un número mayor de audaces que se lancen al fondo del problema para
resolverlo y un número menor de fatalistas acomodados en la omisión.

-Más amigos que se arremanguen con nosotros y menos demoledores que
apunten solo defectos.

-Más gente que almacene esperanza y menos frustrados que acarreen
toneladas de desánimos.

-Mas personas que perseveren y menos que comienzan y nunca acaban.

-Más rostros sonrientes y menos frentes nubladas y rostros amargados.

-Más personas bien asentadas en la realidad y menos soñadores
pendientes de las ilusiones pasajeras.

-Se necesitan, en definitiva: gente de manos bienhechoras y corazón sincero, para iluminar el pesimismo de una gran multitud de personas que buscan el sentido de sus vidas.

 

Atrévete pues, apúntate, ármate de valor y de amor, porque esa clase de cristianos son los que necesita el Maestro, para cambiar el mundo.

 

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