Ecos del Evangelio

28 junio, 2017 / Carmelitas
Perder para ganar

DOMINGO XIII T.O. CICLO A 2017

Si el domingo pasado nos decía Cristo- por tres veces- que no tuviéramos miedo en dar la cara por Él y su evangelio, si queremos ser de los suyos. Hoy además nos da unas consignas que a muchos les pueden parecer desconcertantes: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mi, no es digno de mi; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mi”.Pero tratemos de explicarlas y veremos que lo que nos dice, no tiene nada de desconcertante si queremos seguirle de verdad.

Primera condición: el seguimiento de JC, para poder anunciar y construir ahora su Reino, debe ser RADICAL.Es lo que significan esas palabras exigentes que hemos escuchado.

Jesús habla así, y da la impresión como si fuera un rival, un adversario de las personas que tenemos a nuestro lado, de las personas a las que nos sentimos llamados a amar más: nuestra familia. ¿Qué quiere decir esto? ¿Acaso Jesús está en contra de la familia, y nos pide que la dejemos de lado y no nos preocupemos de ella? Realmente, ¡nos resultaría muy extraño que Jesús nos pidiera semejante cosa! Sería inhumano…

Jesús no nos pide que dejemos de lado a la familia, o que no nos preocupemos de ella. Lo que Él sí nos exige, es que, en todo lo que vivimos, en todo lo que hacemos y amamos pongamos por encima de todo sus criterios: lo pongamos a Él, a su Evangelio, por encima de todo.

¿Qué quiere decir amar a los padres más que a Jesús?

Sería el caso, por ejemplo, de aquel hijo que ve claro que Jesús le pide que se haga sacerdote, o vaya a ayudar en un país del Tercer Mundo y, por miedo de lo que dirán sus padres lo deja correr. O -más simple- aquel hijo que ve que podría dedicar un tiempo a la semana a trabajar en algún servicio social o participar en un grupo de reflexión cristiana, y no lo hace porque sus padres lo quieren todo el día a su lado.

Son ejemplos que no me invento, sino que se dan en la realidad. Es cierto que uno no debe marchar a un país del Tercer Mundo si sus padres son muy mayores y necesitan del hijo para que les sostenga. Pero es cierto también que los padres no deben ser obstáculo para que el hijo pueda realizar su propio seguimiento de Jesús.

¿Y que quiere decir, por ejemplo, amar a los hijos o a las hijas más que a Jesús?

Sería el caso, por ejemplo, de aquellos que tienen como única preocupación que sus hijos lo tengan todo, y estén muy preparados para tener buenos puestos en la sociedad, y se gastan mucho dinero en llevarlos a buenos colegios, y olvidan que parte de este dinero que gastan en sus hijos deberían gastarlo más bien en ayudar a otra gente que no tiene tantas posibilidades.

O sería el caso también de aquellos que dan a los hijos todos los caprichos, y los maleducan haciéndoles creer que son más que los demás, y no les enseñan el desprendimiento, ni la generosidad, ni el deseo de que en el mundo todos seamos iguales.

O el caso de aquellos que obsesionan a sus hijos con un espíritu competitivo, y los convencen de que sólo deben vivir para estudiar, y tratan de evitar que realicen actividades sociales o de Iglesia diciéndoles que «esto es perder el tiempo en tonterías».

Se trata de que el espíritu del Evangelio debe impregnar nuestra vida entera. Se trata de que el Evangelio nos llene totalmente, impregne todos los poros de nuestra piel.

Por eso, y aquí esta la segunda condición: Jesús, después de hablar de los padres y los hijos, añade: «El que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí».

Este es el meollo de la cuestión. «Coger la cruz» no quiere decir únicamente aguantar con espíritu sereno aquellos males que no podemos resolver. «Coger la cruz» quiere decir seguir el camino de Jesús como Él nos enseñó, afrontando los esfuerzos, sufrimientos y renuncias que este seguimiento comporta.

Amar, ser generoso, trabajar al servicio de los demás, luchar por la justicia, no es fácil. Cuesta, y a veces comporta rupturas, y a veces puede llegar a significar persecución como lo significó para Jesús.

Pero este es el camino de la felicidad y de la vida. Es el camino que nosotros debemos seguir. Es el camino que a nosotros nos ha tocado el corazón y nos ha cautivado por dentro, si es que de verdad seguimos a Cristo.

Y tercera condición: Se trata de la necesidad de ayudar y acoger a los mensajeros del evangelio. Es decir a los profetas que gracias a Dios continúan existiendo en nuestro tiempo.

El verdadero profeta es un “coleccionista” Tiene el pésimo gusto de coleccionar piedras, no aplausos. Quiero decir las piedras del rechazo, de las condenas calculadas, de la hostilidad sin fundamento, de las sospechas, de las ejecuciones primarias, de las intrigas de pasillo.

El verdadero profeta es alguien que marca la carretera. Sin preocuparse si los otros le siguen detrás. Y sin mendigar aprobaciones o aplausos previos. Aquí está precisamente la diferencia entre el verdadero y el falso profeta. El profeta falso busca las carreteras “trilladas” por el éxito, por la popularidad, por la facilidad, por la publicidad.

El verdadero profeta señala el camino del evangelio por el que debemos transitar, lo traza fatigosamente con el instrumento de la incomodidad. El profeta falso no puede estar solo: tiene necesidad del número, de la cantidad, de los aplausos, de las inclinaciones, de la fotografía para los periódicos. El profeta auténtico, sin embargo, consigue vivir, dolorosamente, en compañía de aquellos que… vendrán después para enterrarlo y homenajearlo, pero todo eso está demás.

El verdadero profeta es el hombre de los excesos, de la impaciencia, porque tiene una palabra que comunicar que le explota dentro y no puede depositarla en los armarios de los compromisos y del oportunismo; pero es también el hombre de la paciencia incansable, porque sabe que la palabra debe pudrirse en la oscuridad, en el rechazo, en la incomprensión, en el sufrimiento, para después dar fruto.

“La vocación del profeta se acredita cuando un individuo se olvida de sí mismo para dejar hablar solamente al amor probado de la humildad” (P. Talec). Es alguien que sabe hablar (y su palabra es áspera, ruda, deja su marca en profundidad), pero sabe también callar (y sus silencios son tan inquietantes como las invectivas). “Profeta es quien no pone en el platillo de la balanza el peso de las palabra, sino el peso de la vida”.

El verdadero profeta es un “culpable”. Su reloj va adelantado algún decenio respecto a la masa. Por eso el profeta tiene el inconveniente imperdonable de tener razón con mucha anticipación respecto a los demás. Es culpable de ver claro en medio de la confusión.

Tiene la desgracia de leer el presente. Una concepción vulgar tiende a presentar al profeta como un individuo extraño, una especie de mago que prevé el futuro. No. El profeta tiene el sentido del hoy, de la historia.

El verdadero profeta es uno que tiene la culpa de ser obediente, hasta la… desobediencia. Su desobediencia, en definitiva, es una desobediencia en nombre de una obediencia más alta: a la conciencia y a Dios. Sobre todo, el profeta es culpable de proclamar una verdad crucificada, pisoteada, escarnecida, solitaria.

Mientras- y hay que reconocerlo-muchos que se dicen cristianos sólo se fían de una verdad aplaudida, triunfante, y están dispuestos a abrazar una verdad tranquila, confortable, que haya recibido una consagración oficial del jerarca de turno desde la poltrona, que esté garantizada por el éxito. Para muchos que se dicen cristianos está bien no una verdad escandalosa y arriesgada, sino una verdad que posea las credenciales de las estadísticas y del poder.

Entonces, ¿estamos todavía dispuestos a acoger, a hospedar al profeta conociendo sus “pésimas” costumbres? ¿Caemos en la cuenta de que abrirle las puertas de nuestra casa quiere decir perder la paz, porque él tendrá algo que decir en contra nuestra, y no dudará en criticarnos? Estará bien barrer todas las ilusiones. Acoger a un profeta significa, en el fondo, acoger a un Dios que, casi nunca, está de acuerdo con nosotros…

Alguien dijo, con cierta razón, que los cristianos tenemos que aprender a “jugar en bolsa”. No precisamente en aquella que el mundo económico propone para enriquecerse abusivamente.

El cristiano convencido, ha de estar dispuesto a perder de lo suyo (tiempo, bienes materiales, esfuerzo) para que un día Jesús pueda reconocernos como aquellos que se arriesgaron y arriesgaron abundantemente en su nombre y en favor de los demás.

*Que los modos de ver las cosas sean los de Dios y no los nuestros.

*Que la voluntad a la hora de vivir, venga condicionada por la voluntad de Dios y no solamente por la nuestra.

*Que aquello que realicemos se corresponda con los planes de Dios y no exclusivamente con nuestra agenda personal.

*Que en el día a día, sepamos morir un poco a nuestro “yo” para que brote un poco Dios.

*En definitiva, perder para ganar.

 

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