Ecos del Evangelio

16 junio, 2017 / Carmelitas
Que el Pan de Vida sea nuestro alimento

CORPUS CHRISTI CICLO A 2017

“No sólo de pan vive el hombre”: Estas palabras, que acabamos de escuchar en la primera lectura y que pertenecen al libro del Deuteronomio, nos recuerdan exactamente las que pronunció Jesús frente al diablo en el desierto de las tentaciones. Jesús quería dar a entender que por encima de las necesidades que nos aquejan, está la imperiosa necesidad de libertad. No se puede vivir a cualquier precio, cuando el precio de costo es la propia dignidad humana. Y en ese mismo sentido escribe el autor Deuteronomio, para suscitar la esperanza del pueblo y levantar su moral que andaba por los suelos.

La interpretación de esas palabras del Deuteronomio, la encontramos en el evangelio que hemos escuchado, en las palabras de Jesús durante la última cena, la noche antes de padecer. Jesús se presenta como el pan vivo, el pan de vida y para la vida. Del pan, que todos necesitamos y que es el símbolo de las necesidades humanas, Jesús nos ofrece el pan, por el que todos suspiramos y que es el símbolo de la libertad, del amor y de la felicidad.

Tenemos que comer para vivir, pero en modo alguno podemos reducir nuestra vida a comer o consumir, si nos sentimos personas, si nos sentimos hijos de Dios.

Hoy, al recordar las palabras de Jesús, precisamente en la Eucaristía, que es memoria de Jesús, tenemos que tener los mismos sentimientos de Jesús y la misma coherencia de vida que el Maestro. Porque Jesús, que celebró el rito la noche del Jueves santo, dió su carne y su sangre el Viernes santo en el sacrificio de la cruz por la vida del mundo.

Comulgar no es, como piadosamente se suele decir, solo recibir a Cristo, sino entrar en comunión con Él, hacer causa común con Jesús. Y bien sabemos que la causa de Jesús es el hombre, sobre todo el débil, el oprimido, el empobrecido, el explotado, el reducido a la miseria y al hambre.

Pero el hombre también vive de pan: Porque es muy fácil, muy cómodo, repetir que el hombre no vive sólo de pan, cuando se tiene pan en abundancia. Pero así malinterpretamos la palabra de Dios, burlamos el sentido de la Escritura y soslayamos nuestra responsabilidad cristiana y nuestro compromiso en la comunión.

Cuando Jesús repitió las palabras del Deuteronomio frente al diablo, no negaba la necesidad de pan que tiene el hombre, sino el modo de procurarse el pan y la ambición de acaparar pan, convirtiendo en pan todas las piedras.

No todos los modos de ganarse el pan están de acuerdo con nuestra dignidad. En un mundo donde los hombres proveen sus necesidades con un trabajo, digno, cualquier otro procedimiento resulta lesivo para su dignidad. No es lícito mantener un sistema que produce pobres en abundancia y luego inventar alternativas cicateras para proporcionarles el pan con cuentagotas. Pero tampoco es conforme con la dignidad humana dedicar todos los esfuerzos para acumular pan o riquezas, incluso a costa del empobrecimiento y hambre de los demás.

La primera exigencia de la dignidad humana es la igualdad. Toda discriminación, que lesiona la dignidad del prójimo, lesiona la dignidad del hombre y, en consecuencia, la mía y la nuestra, pues también nosotros somos hombres. Sentimos como propias las injurias que se infieren a nuestra familia, a nuestro pueblo, a nuestra nación… ¿Y no sentimos como propias las injusticias contra los pobres, los que tienen hambre y sed, los que carecen de trabajo, los que se ven privados de casa, los marginados, que también son hermanos nuestros?

Compartir el pan con los pobres es comulgar con Cristo: Y viceversa, comulgar con Cristo es compartir el pan con los hermanos. Porque “el pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos de un mismo pan”. Con estas palabras Pablo alude inequívocamente a la incorporación a la Iglesia, que es la prolongación y continuación del cuerpo de Cristo.

De ahí que la Eucaristía, que es el sacramento del cuerpo de Cristo, es también e inseparablemente símbolo de la iglesia. La comunión en lo santo es el fundamento de la comunión de los santos, la solidaridad entre todos los cristianos llamados a la santidad.

Comulgar es reforzar el símbolo y lo simbolizado, el rito y la vida. Porque el sacramento no sólo significa, sino que realiza; no es sólo un reclamo, sino también un imperativo y una llamada para hacer de verdad lo que representamos, sin embargo, podemos no sólo usar, sino abusar del sacramento con riesgo de mutilar su significado.

Es lo que sucede cuando separamos irracionalmente el sacramento de la vida, la Misa de la mesa. Lo que sucede también cuando nos acercamos a comulgar con la actitud del consumidor, sin contar con los demás y sin tenerlos en cuenta, como si la comunión fuese el alimento del alma y no el alimento de la comunidad.

No podemos comulgar de espaldas al mundo y a los hermanos. No podemos pertenecer a la Iglesia, como se pertenece a un club para utilidad propia. La Eucaristía funda a la iglesia como comunidad de servicio al mundo, como prolongación del cuerpo de Cristo, que se ofrece en la cruz por la vida del mundo.

De ahí que la comunión, al tiempo que nos incorpora y mantiene en la Iglesia, nos vuelca y compromete en el servicio a los hombres, en solidaridad con todos y especialmente de los pobres. Por eso no comulgamos de verdad, si reducimos nuestra solidaridad a la espiritual y la negamos a los demás ámbitos de la vida; no tomamos en serio la comunión, si no tomamos en serio la vida, la justicia, la fraternidad.

En esta festividad del Corpus Christi, no solamente celebramos la Eucaristía; al salir Jesús, en custodia, por las calles y plazas de nuestros pueblos y ciudades, estamos expresando algo tan importante como que, su sacrificio, es para la salvación del mundo entero. ¿Lo sentimos así? ¿Somos custodias vivas en medio de un mundo que, desgraciadamente, silencia a Dios?

La procesión del Corpus no sólo es aquella que se inicia una vez al año desde la más histórica catedral o desde la más sencilla iglesia. La procesión del Corpus, la auténtica, la verdadera, es la que día a día debe realizar públicamente y a todas las horas, un cristiano que tiene fe y da testimonio de Jesucristo con la vida corriente y allá donde se desenvuelve.

Hoy, al contemplar la custodia, por supuesto que experimentamos una fuerza interior. Algo que nos llena y que nos hace vivir, muy de cerca y con verdad, la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Pero ¿y luego? A continuación, esa emoción, se ha de convertir en hechos.

Si Jesús va por delante y nos espera en los “galileas de hoy”, no podemos conformarnos con alfombrar calles y balcones, hemos de alfombrar, sobre todo, las almas, los corazones, las instituciones, la familia, la educación, los valores y tantas otras cosas que están necesitadas de un “toque de Dios”.

El Corpus, en ese sentido, nos puede venir muy bien para impregnar, no sólo con aroma de incienso, y sí con una intensa vida cristiana nuestro existir y, por lo tanto, la realidad que nos rodea. ¿Lo haremos? ¿Nos comprometemos en más propuestas de fraternidad, a la caridad, en el amor sin farsa y sin tregua?

-Que el pan de la vida, en medio de tantas mesas vacías y necesitadas, sea hoy también una llamada a dar algo de nosotros.

-Que el pan de la vida, que es el Cuerpo de Jesucristo, sea para nosotros aquel Memorial del que mucho nos amó y mucho nos dió.

-Que el pan de la vida nos haga decir aquello que nuestros mártires proclamaban “sin el domingo no podemos vivir”.

-Que el pan de la vida, ante tanto pan sucedáneo, sea una llamada a buscar la autenticidad, los bienes que merecen la pena.

El Señor nos precede en los caminos de la vida. Si le comulgamos, en este día del Corpus, hemos de implicarnos en aquello que fue su deseo: “Id al mundo entero y predicad el evangelio”

Es bueno, que el PAN DE LA VIDA, recorra nuestras calles y plazas; que vea al anciano o el enfermo que se asoman desde el balcón; que el Señor sea bendecido y honrado de mil formas, pero a continuación, nos tendremos que mojar, un poco más, para que su Cuerpo, lejos de ser arrinconado y olvidado en un sagrario, contribuya a promover la justicia, el amor, la libertad, la paz a través, de esos “otros cuerpos” que somos todos los cristianos diseminados por todo el mundo. Y, eso, si que será un buen fruto espiritual del Corpus Christi. ¿Lo intentamos?

 

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