Ecos del Evangelio

26 abril, 2017 / Carmelitas
Quédate con nosotros

DOMINGO III DE PASCUA CICLO A 2017

La Palabra de Dios en general y el evangelio en concreto, como siempre es aleccionador. En el relato evangélico de hoy hemos escuchado el pasaje conocido de los discípulos de Emaús. Aquellos dos discípulos que, descorazonados y desengañados, caminaban hacia Emaús, y al final reconocieron a Jesús: al “partir el pan”.

Reconocer a Jesús y cambiar el sentido de su ánimo, fue todo uno. La angustia desapareció y fueron conscientes de que, mientras caminaban con aquel desconocido que les iba explicando las Escrituras, sus corazones ardían. La reacción no se hizo esperar: se levantaron al instante y volvieron hacia Jerusalén, la misma ciudad que habían abandonado tristemente.

Digo que el evangelio es aleccionador, porque si lo ponemos al día, fijemos en lo siguiente:

Los cristianos tenemos un momento en el que partimos el pan y escuchamos las Escrituras: es la Misa. Y ¿os habéis fijado en no pocas personas de las que asisten a las misas? No descubro ningún secreto, ni me dirijo a nadie , solo constato una realidad: gente que llega a la hora justa y se acomoda resignadamente, con mentalidad de acudir puntualmente para cumplir una obligación.

Escucha con aire distraído, y mirando sin disimulo el reloj, y ni el sermón podría recordarlo al salir de la iglesia, porque posiblemente ha aprovechado ese momento para pensar tranquilamente en algo que le interesaba mucho más que aquello que decía el predicador de turno. Espera la bendición de turno y hasta la semana que viene.

En defensa de los asistentes y en honor a la verdad, habría que decir que, en demasiadas ocasiones, esta actitud está plenamente justificada, porque un gran número de predicadores, en los sermones, no dicen nada, porque no actualizan el evangelio, no lo ponen al día y se limitan a decir cuatro palabras pietistas, cuando no a sacar a relucir condena tras condena y a explicar los castigos que según ellos Dios prepara para los no cumplidores. Todo un desvarío que sonroja, por lo menos a mi.

¿Quién sale enardecido de la Eucaristía?, ¿A quién le arde el corazón?, ¿Quién sale con una idea vital para rumiar en el resto de la semana y hacerla vida propia?, ¿Qué profundización en la vida cristiana suponen para muchos escuchar la Palabra de Dios? Y ¿cuántos se encuentran con Cristo en la fracción del pan que supone la Eucaristía? Porque esto es fundamentalmente y en esencia la Misa.

Estoy diciendo que hay que hacer un esfuerzo serio por vivir el encuentro semanal con Cristo como algo trascendente en la vida de cada uno, ese momento que deje en cada uno de nosotros la misma impresión imborrable que el encuentro con Cristo dejó en los discípulos de Emaús y por las mismas causas.

Eso podría conseguir la Misa si la despojamos de su carácter jurídico, para convertirla en un encuentro deseado y vivido que nos haga salir corriendo al mundo para contarle la gran Buena Nueva que los de Emaús dieron a los discípulos de Jerusalén: es cierto que Jesucristo ha resucitado.

Si es cierto que los cristianos hemos elegido de verdad a Cristo como Señor de nuestra existencia y modelo de nuestra vida. Si es cierto que creemos que Jesús ha resucitado, podremos superar el pesimismo y el desaliento y encontrar, cada vez que nos encontremos con Cristo al partir el pan, la respuesta para tantas preguntas que, sin duda, se nos plantearán a nuestro alrededor y la fuerza para hacer realidad el contenido de esas respuestas.

No creo que haya un ejemplo más palpable de lo que debieran ser nuestras Eucaristías que el relato evangélico de hoy. Cualquier parecido de este relato con la realidad que muchos viven los domingos en la Eucaristía es, por desgracia, pura coincidencia.

Cuántas veces nos ha ocurrido el haber puesto todo nuestro empeño en un proyecto y, éste, se viene abajo. En cuántos momentos invertimos tiempo, ideas, creatividad, ingenio, dinero o esfuerzo y vemos que, los resultados no son los esperados o los óptimos. Es entonces cuando surgen en nuestro interior, y también en el semblante las dudas, la decepción, el cansancio o la perplejidad.

Algo así debió de ocurrir con los discípulos de Emaús: tenían todas sus esperanzas puestas en Jesús. La libertad y la liberación, el futuro y sus intereses –todo- lo habían centralizado en Jesús. Y ¿qué ocurrió?

Pues lo mismo que aconteció en los más cercanos a Jesús, ellos volvían al lugar de partida, a sus orígenes, a sus trabajos…y lo hacían cabizbajos, pensativos y como fracasados.

Caminaban pero sin rumbo. Hablaban pero con nostalgia. Miraban pero sin horizonte alguno: ¿Dónde estaba Jesús? ¿ .Dónde quedaban sus promesas? ¿Dónde todas aquellas expectativas repentinamente quedaban sepultadas con su ausencia?

Los de Emaus, siguen dándose en muchos cristianos, y se produce cuando piensan que la fe es una frustración, cuando piden efectos inmediatos, cuando no dejan a Jesús caminar a su lado y se cierran a toda novedad y a su Palabra.

En el campo de la fe no todo es luz. Existen sombras y momentos de prueba. Noches en las que es necesario afinar el oído para percibir la voz del Señor. Emaus es el camino que espera a todo creyente: no todo será fácil, no siempre todo estará claro. No todo saldrá como nosotros pensemos. Las dudas, la incertidumbre, la desilusión, los altibajos…acompañan en el itinerario a todo aquel que sigue a Jesús.

¡Qué más quisiéramos que un camino señalizado e iluminado por las certezas!

¡Qué más quisiéramos que una fe adornada con una seguridad permanente!

¡Qué más quisiéramos que Jesús nos hablara con claridad en los momentos más graves y decisivos de nuestra vida!

¡Pero no siempre es así! Jesús quiere cristianos adultos. Conscientes de aquello que llevan entre manos y de aquello en lo que creen. Y, el camino de la fe, es una alternancia de luz y de oscuridad, de alegría y de pena, de fuerza y de debilidad, de aceptación y de rechazo.

En la mayoría del testimonio de los santos se nos narra con frecuencia la “noche oscura”. Pero, a continuación, se nos indica que “el día siguiente” de esa “noche oscura” viene siempre garantizado y amanecido por la presencia y la compañía de un Dios que nunca falla.

Al escuchar este impresionante relato de los discípulos de Emaus tendríamos que sacar algunas conclusiones:

1º-Los amigos no se demuestran solo cuando las cosas están o salen bien, también, sino sobre todo cuando fracasan.

2- Los de Emaus no traicionaron a Jesús, pero no perseveraron hasta el final, porque dudaron de las palabras del Señor, cuando les dijo a todos: “volveré”.

3- Igual que los de Emaus también nosotros necesitamos un camino de vuelta, es decir, un alejarnos de esas situaciones donde se mata a la verdad y se vive en la mentira, donde no se escucha con nitidez su Palabra. En consecuencia necesitamos de un espacio para descansar y posibilitar que el Señor salga a nuestro encuentro.

4- No olvidemos que nuestro Dios no es un Dios derrotado ni arruinado. Su resurrección es para nosotros el trofeo, la victoria definitiva sobre nuestra propia muerte. Si pensamos que Jesús es solo un líder o un personaje extraordinario en la historia de la humanidad, nos quedaremos como aquellos discípulos que iban a Emaús desencantados y tristes.

5- A pesar de todos los pesares, no podemos consentir que la razón o la apariencia nos traicione. Los de Emaus seguían queriendo a Jesús. ¿Le queremos nosotros? ¿Hablamos en el camino de nuestra vida de Él? ¿No lo estaremos silenciando con la cobardía y desesperanza de muchos cristianos?

6- No dudemos que como a los de Emaús, a nosotros también Cristo nos sale al encuentro para que desaparezcan el desencanto y la desilusión con la que quizás muchas veces vivimos ¿Qué puesto ocupa Jesús en el termómetro de nuestras conversaciones, decisiones, elecciones, etc.?

Nosotros, como los de Emaus, encontramos a Cristo, escuchamos su palabra y partimos el pan. Después de recibir sus enseñanzas y su alimento, deberíamos de salir entusiasmados, tratando de dar testimonio de lo que hemos visto y oído.

Son muchos los que esperan un poquito de luz de Cristo a través nuestro. ¿Y si nosotros no lo hacemos quien lo hará? Por eso lo primero es desterrar eso de asistir a Misa por cumplimiento. A la Misa se asiste porque se necesita como el aire que se respira. Cuando un cristiano llega a entender esto, es cuando está en condiciones de ser testigo de Cristo.

 

Volver
Carmelitas de San José

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies