Ecos del Evangelio

7 julio, 2016 / Carmelitas
¿Quién decís que soy YO?

No existían en tiempos de Cristo empresas demoscópicas a quien encargar un sondeo de opinión, y decidió hacerlo Él directamente, sin intermediarios. Elaboró dos preguntas y se las planteó a bocajarro a sus discípulos, que quedaron desconcertados.

“¿Quién dice la gente que soy yo?”. Y aparecieron, enseguida, las diversas opiniones, los consabidos tantos por ciento. Pero esta primera pregunta sólo era para tantear el terreno, para abrir camino o, quizás, para despistar. Sencillamente era pregunta de contraste. La verdaderamente interesante era la segunda.

“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? ¡Ah! para ésta, no tenían respuesta adecuada, por lo que el porcentaje más elevado hay que colocarlo en el “no saben, no contestan”. Sólo uno de los doce, Simón el pescador, se atreve audazmente a dar su opinión, como le sale de dentro, como se lo dicta una voz interior: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Así de claro, así de rotundo, aunque sin comprender bien su pleno significado, sus connotaciones más profundas. Lo mismo que ocurre a muchos cristianos actuales y asiduos a la Eucaristía, que sí, afirman que Cristo es el Mesías y el Señor. ¿Pero saben realmente lo que eso significa?

*Jesús es el Mesías, el Señor, el Hijo de Dios vivo, el Libertador…, pero no como nosotros los imaginamos. *Jesús es el Mesías, pero su mesianismo no se lleva a cabo de una manera política, calculadora, de cesiones mutuas con los otros poderes. La única política cristiana es la del amor, comprensivo y sin violencias, pero unívoco y eficaz. *Jesús es el Señor, pero no a la manera de los señores de este mundo, que se jactan de ser servidos por los demás. Es el Señor, porque ha venido a servir y dar la vida por todos. *Jesús es el Hijo de Dios vivo, porque ha venido a dar su vida y morir en la cruz, para recobrar la vida verdadera y hacerla posible para todos. *Jesús es el Libertador, pero no a la humana usanza, es decir, no atropellando las libertades de los demás, para garantizar la libertad de hacer yo lo que me da la gana, sino haciéndose esclavo de todos en el amor. Porque sólo es posible la libertad para el amor, por amor y desde amor. Lo de más es esclavitud.

¿Quién dice la gente que somos nosotros, los cristianos? Porque hoy Cristo es para la gente, lo que de algún modo somos los cristianos. Me refiero al Cristo que padeció y murió, pero que resucitó y vive en los cristianos. Y nosotros, los cristianos, ¿qué decimos de nosotros mismos? ¿Cuál es nuestra identidad?.

Pues mirad repasemos el programa de Cristo y meditemos seriamente si es el nuestro, no sea que nos llevemos un chasco, como se lo llevó Pedro, cuando quiso apartar a Cristo de su camino, de su misión.

Jesús realizará paso a paso, al pie de la letra, su programa, hasta el colmo de la cruz, en donde todo se habrá cumplido; más aún, lejos de apartarse de su camino, dice claramente a todos sus discípulos que es preciso que cada uno tome su cruz y le siga, pues la suerte que Él va a seguir, ha de ser también norma de conducta para todos sus discípulos: “El que quiera salvar su vida la perderá pero el que pierda su vida por mi causa la salvará”.

Estas palabras tienen ya un hondo significado universal y no sólo para los discípulos de Cristo. En efecto, la vida sólo puede ponerse a salvo cuando se arriesga, pues vivir es elegir, optar y, consiguientemente, en todo momento un riesgo.

Cuando uno no está dispuesto a poner en juego su vida por la causa de Cristo es ya un hombre muerto para la libertad. Y entonces su verdadera vocación quedará bloqueada por ese temor a perder la vida. Sólo el que está dispuesto renunciar a comodidades, ambiciones, apariencias, vanaglorias, etc., es un hombre libre, es un hombre vivo. Así, pues, vivir es siempre estar dispuesto a dar la vida.

La causa de Cristo es la salvación del hombre porque esta es la voluntad del Padre, para esto vino Jesús al mundo, para que “tengamos vida y la tengamos abundante”. Jesús no defendió su vida. Es impresionante el silencio que guardó ante los tribunales y no lo es menos el que sostuvo en la cruz cuando le decían: “Si eres Hijo de Dios baja de la cruz y creeremos en ti”.

No era ésta la señal que Cristo quiso darnos sino otra muy distinta. Precisamente, quedándose en la cruz dando su vida por los hombres es como demostró que era no solamente un hombre íntegro, sino también el mismo Hijo de Dios, capaz de superar la muerte y entrar en la gloria de la Resurrección. Esta es nuestra esperanza. La vida cristiana sólo es vida cuando se entrega por los hombres, por la causa de Cristo y esto vale también para la Iglesia.

También la Iglesia es para los hombres .Y solo es Iglesia de Cristo si es para los hombres. En la medida en la que esté dispuesta a servir a los hombres y menos entretenida en defenderse frente a los hombres, será la Iglesia que Cristo fundó. Si no, no deja de ser una institución mundana más, que es en lo que se convierte no pocas veces.

Lo mismo que no es más cristiano el que más defiende a su Iglesia, sino el que más defiende a los hombres con el evangelio como testimonio. No ayuda a sacar adelante la esperanza de la Iglesia de Cristo, más que aquél, que ayuda a sacar adelante la esperanza de los hombres. Después de una intensa preocupación de los católicos por los asuntos caseros de nuestra Iglesia ya es hora de empezar a preocuparse cada vez más de los asuntos universales del mundo. Porque el mundo es la casa común de todos.

— «El que quiera seguirme… » Cada uno debe elegir entre los pensamientos de Dios y los criterios de los hombres. Seguir viviendo la religión como un conjunto de ritos y normas y tener a la Iglesia como una institución mas de este mundo a la que hay que seguir como corderitos sin rechistar. O seguir a Jesús desde una opción libre y consciente. Esto supone que analicemos el problema, que estudiemos el Evangelio, que comprendamos las palabras de Jesús y que las comparemos con otros caminos. Y después, decidamos. Jesús no puede obligarnos a tomar una decisión u otra. Eso depende de cada uno.

Pero quien quiera seguirlo, que sepa que deberá hacerlo de acuerdo con el modo indicado por el mismo Jesús. No podemos fabricar un cristianismo sin Cristo.

–«Que se niegue a sí mismo…»Si «negarse a sí mismo» significara: anularse a uno mismo como persona, no ser capaz de tomar una decisión, esperar que otro piense y decida por mi, someterse incondicionalmente a la autoridad religiosa y otras cosas por el estilo, es obvio que ni yo lo aceptaría. Porque de nada nos vale que nos libremos de tal o cual dominación para caer después bajo otra esclavitud. Un cambio de amo no nos haría más libres.

¿Entonces que quiso decir Jesús con esa afirmación?Jesús ha rechazado como venida de Satanás toda forma de religión que sea signo de poder sobre los hombres. Cuando nos adherimos a las diversas formas de poder -por ejemplo, del dinero- no nos damos cuenta de que estamos bajo su dominio; a tal punto nos identificamos con ese poder, que llegamos a tener la ilusión de que somos más en la medida que tenemos más. Se trata de una trampa sutil porque el enemigo está dentro de nosotros y se hace pasar por nosotros mismos.

Es que toda tentación externa tiene su aliado en algo que está dentro de nosotros: el egoísmo; ese egoísmo que nos aprisiona y nos traiciona. Pedro y los demás apóstoles corrieron el riesgo de traicionar a Dios por egoísmo. Judas traiciona a Jesús por ese mismo egoísmo no superado; y por egoísmo traicionamos a la esposa, a los hijos, o a un amigo.

Que quede claro pues, que la autentica libertad del hombre comienza por la liberación interior. Y es en el interior de cada uno, donde ha de librarse la primera y decisiva batalla.

Por tanto «negarse a sí mismo» significa que quien quiera la liberación que trae Jesús, debe comenzar liberándose en su propio interior de cuantas fuerzas internas lo tienen aprisionado; liberarse de la mentira, del orgullo y de la vanidad, de la apariencia, del afán de lucro y de la autosuficiencia…

Y no hay otra alternativa: o el hombre se niega a sí mismo en cuanto hombre egoísta, y entonces podrá llenarse de la libertad de Cristo, o bien optará por un vivir para sí mismo, rechazando la fe de Cristo. Solo quien se da a los demás es verdaderamente libre. Y es entonces cuando se entiende la siguiente expresión de Cristo

–«Que cargue con su cruz de cada día y se venga conmigo.» Jesús no habla de buscar la cruz, sino de seguirle a Él. La cruz no se busca, se acepta. Porque LA CRUZ es siempre la consecuencia de ser discípulo de Jesús, de seguirle, de perseguir la verdad, la justicia, el amor.

Nada más humillante que nos carguen con una cruz. Por eso Jesús dice: “Que no te la carguen, tómala tú mismo, por amor” La cruz es un modo de afrontar la vida, y ese modo debe ser aceptado desde el corazón. Tomar la cruz es preguntarse cada día: ¿En qué puedo servir a mi hermano? ¿Cómo puedo engendrar vida en quien la necesita?

Hay quienes se aferran de tal modo a sí mismos, que salvar su vida es lo único que les importa. Todo es pensado y vivido en función de su egoísmo. Para Cristo, ese hombre está perdido, es un pobre hombre. Y Jesús quiere hombres pobres, no pobres hombres. El discípulo de Jesús arriesga todo por un ideal. Si Cristo lo libera interiormente, justo es que por esa libertad lo arriesgue todo, aun la misma vida. ¿Qué valor puede tener una vida sin libertad interior?

Esta es la cruz del cristiano: la que surge del amor como forma de vida. Sí amas de verdad, vendrá la cruz y debes aceptarla y asumirla. Si te la imponen eres un esclavo cristiano…, esclavo, al fin. Si no la tomas, eres esclavo de ti mismo. Si la tomas libremente, morirás en ella. Pero morirás como hombre libre. Por eso vivirás.

Ahora pues, después de todo lo dicho, creo que estamos en condiciones, para que cada uno de los que me escucháis, conteste quien es Cristo para Él. No sea que se este siguiendo al Cristo de las conveniencias e intereses que se haya inventado cada uno.

 

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