Ecos del Evangelio

15 septiembre, 2018 / Carmelitas
¿Quién decís que soy yo?

DOMINGO XXIV T.O CICLO B 2018

¿Y vosotros, ¿quién decís que soy? Pedro le contestó: -Tú eres el Mesías. Y empezó a instruirlos:-El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días.

Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió, y de cara a los discípulos increpó a Pedro:

-¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!

Pedro luminoso y Pedro oscuro. Pedro, descubridor de la salvación que nos viene del Mesías y Pedro, obstáculo para que dicha salvación se realice. Pero, piedra sobre la que se edificará la Iglesia y Pedro, piedra de tropiezo para el «arquitecto» de la Iglesia. Pedro, Pontífice y Pedro impidiendo que Jesús tienda ese «puente» entre la tierra y el cielo. Cara y cruz de una misma moneda.

El mismo Pedro que, iluminado por Dios, a la pregunta de Jesús «¿Quién dice la gente que soy?», responde: «Tú eres el Hijo de Dios», ese mismo Pedro, inspirado por Satán, increpa a Jesús que quiere «subir a Jerusalén», diciéndole: «No lo permita Dios». ¡Pedro grande, Pedro pequeño! ¡Hombre rico, hombre pobre! ¡Blanco y negro! ¡O, por lo menos, gris, bastante gris!

¿Qué es el hombre Señor? Por un lado, su grandeza. Me doy cuenta de que he sido colocado en una alta esfera. Ciudadanos del cielo, moradores de la casa de Dios, sobre esta maravilla de nuestra naturaleza humana, ha sido construida una sobre-naturaleza, por la que «mirad qué amor nos ha tenido Dios, que no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que de verdad lo somos», dirá Juan. A lo que añadirá Pablo: «Y si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo».

No son frases hechas. En la intersección de lo humano y lo divino, llevamos «semillas de eternidad», «llevamos tesoros infinitos en vasijas de barro», según Pablo. Y según los salmos, «Dios nos hizo un poco inferiores a los ángeles, nos coronó de gloria y todo lo sometió bajo nuestros pies».

Sí, ése es nuestro luminoso costado. Pero ved su reverso.-El mismo Pablo hace el retrato: «Llevo yo en mí un ángel de Satanás que me esclaviza». Y en otro lugar: «Por eso, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero».. Ese es mi retrato. Ángel y demonio. Capacitado, por la gracia, para llegar a la santidad. Y a la vez en peligro de aterrizar, por la tentación, en la ignominia.

Y como Tú, Señor, así aceptaste a Pedro -luz y sombra-, para que empuñara el timón de la Iglesia y a nosotros, oscilantes entre el bien y el mal, nos elegiste como ladrillos de tu edificio, he ahí el resultado: tu Iglesia es «santa» y así lo proclamamos; pero también «pecadora» y así lo constatamos. «Creo en la santa Iglesia pecadora», resume Cabodevilla. Así debería rezar en el Credo

Es santa, sí. Porque es capaz de santificar a los pescadores. Porque tiene la medicina para nuestras enfermedades. Porque en ella vive y actúa el Espíritu. Porque tiene y distribuye el pan de la Palabra y el Pan de la vida. Porque en su seno ha crecido «una multitud inmensa, que nadie podría contar» de seguidores del Cordero. Porque, en fin, ya aquí en la tierra, es el borrador del «Reino de los cielos» que un día llegará «a la medida de la edad adulta, a la plenitud».

Pero también es pecadora. Igual que el hombre, la Iglesia, ha caído en todos los pecados: en la avaricia y el ansia de poder, en la cobardía y en la intolerancia, en la pereza y en la dureza de trato para con sus hijos, en el ritualismo paralizante y en no reconocer que es pecadora.

Por eso también a ella, como «Pueblo de reyes y asamblea santa», le urge escuchar a Pedro que advierte: «Nuestro enemigo el diablo nos ronda buscando a quién devorar». Y a Pablo: «Quien crea estar seguro, ¡ojo!, no caiga». Y sobre todo escuchar a Jesús, que dice: «Vigilad y orad, para que no caigáis.. . »

Y todo esto viene por la gran verdad que muchos cristianos y clero olvidan:

Hemos olvidado con demasiada frecuencia que la fe no consiste en creer en algo, sino en creer en Alguien. No se trata de adherirnos fielmente a un credo y, mucho menos, de aceptar ciegamente «un conjunto extraño de doctrinas», sino de encontrarnos con Alguien vivo que da sentido radical a nuestra existencia.

Lo verdaderamente decisivo es encontrarse con la persona de Jesucristo y descubrir, por experiencia personal, que es el único que puede responder de manera plena a nuestras preguntas más decisivas, nuestros anhelos más profundos y nuestras necesidades más últimas.

En nuestros tiempos se hace cada vez más difícil creer en algo. Las ideologías más firmes, los sistemas más poderosos, las teorías más brillantes se han ido tambaleando al descubrirnos sus limitaciones y profundas deficiencias.

El hombre moderno, escarmentado de dogmas, ideologías y sistemas doctrinales, quizás está dispuesto todavía a creer en personas que le ayuden a vivir y lo puedan «salvar» dando un sentido nuevo a su existencia. Por eso ha podido decir el teólogo K. Lehmann que «el hombre moderno sólo será creyente cuando haya hecho una experiencia auténtica de adhesión a la persona de Jesucristo».

Produce tristeza observar la actitud de sectores católicos cuya única obsesión parece ser «conservar la fe» como «un depósito de doctrinas» que hay que saber defender y guardan bajo siete llaves, contra el asalto de nuevas ideologías y corrientes que, para muchos, resultan más atractivas, más actuales y más interesantes.

Creer es otra cosa, amigos. Antes que nada, los cristianos hemos de preocuparnos de reavivar nuestra adhesión profunda a la persona de Jesucristo. Sólo cuando vivamos «seducidos» por él y trabajados por la fuerza regeneradora de su persona, podremos contagiar también hoy su espíritu y su visión de la vida. De lo contrario, seguiremos proclamando con los labios doctrinas sublimes, al mismo tiempo que seguimos viviendo una fe mediocre y poco convincente.

Los cristianos del siglo XXI hemos de responder con sinceridad a esa pregunta interpeladora de Jesús: «Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?».

Ibn Arabi escribió que «aquel que ha quedado atrapado por esa enfermedad que se llama Jesús, no puede ya curarse». ¿Cuántos cristianos podrían hoy intuir desde su experiencia personal la verdad que se encierra en estas palabras?

¡Qué interpelación tan seria e incisiva la de este domingo! ¡Quién dice la gente que soy yo! Porque, malo será que llenemos nuestra iglesia, nuestra parroquia, nuestras dinámicas de grupo, nuestras acciones sociales, nuestros calendario con puntera técnica, ciencia, métodos, medios, dinero y dejemos a un lado lo que es medular en nuestro campo evangelizador: ser difusores del amor de Dios, de la persona de Jesús, de su mensaje, de la gran familia que somos y vivimos en la iglesia.

* ¿Qué dicen de Jesús los que han sido bautizados y viven como si no lo estuvieran?
* ¿Qué expresan de Jesús los que piensan que con bautizarse, comulgarse, confirmarse y casarse por la iglesia ya han hecho un gran favor a Dios?

* ¿Qué afirman de Jesús los catequistas que creen que con impartir una catequesis es suficiente pero, a continuación, no viven la eucaristía dominical?
* ¿Qué atestiguan de Jesús tantos de nuestros hermanos que, perteneciendo a la iglesia, viven indiferentes a lo que ocurre dentro de ella?

Hemos de redescubrir el valor de la Eucaristía, en el Día del Señor, porque nos ayudará– no solamente en la acción renovadora del mundo – sino en el conocimiento de Jesús de Nazaret.

Que no nos ocurra como aquel alpinista necio, que después de ascender y descender de una gran montaña le preguntaron: ¿Qué horizonte se ve desde allá arriba? ¿Qué has visto cuando subías? Y, el montañero, les contestó: “la verdad es que como iba tan pendiente de subir no me he percatado de lo que había a mi alrededor”. Tan pendiente de las cuerdas que…olvidó disfrutar de tantas sensaciones que le rodeaban.

O como aquel fan de un cantante, que tarareaba la melodías de sus canciones pero nunca supo ni lo que significaba sus letras ni el contenido de las mismas.

¿Qué decimos nosotros en el ascenso de nuestra vida sobre Jesús de Nazaret? ¿De qué cuerdas nos tenemos que soltar para afirmar y demostrar que –de verdad- somos sus seguidores?

¿No creéis que a estas alturas es hora ya de hacernos seriamente la pregunta que Cristo plantea a Pedro?

 

 

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