Ecos del Evangelio

10 febrero, 2017 / Carmelitas
Sé auténtico

DOMINGO VI T.O. CICLO A 2017

El evangelio que de este domingo es la continuación de los que hemos ido siguiendo en estos últimos domingos, y que corresponden a lo que se conoce como el Sermón de la Montaña, en el que Jesús dirige su enseñanza a los discípulos y a la multitud que los seguía.

Jesús, afronta hoy una cuestión polémica para sus oyentes: ¿Las enseñanzas de Jesús rompen con la Ley de la religión judía o no? Y la respuesta de Jesús es muy clara: No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a darles plenitud. O sea, que Jesús no va contra la Ley judía, sino que quiere completarla. La religión judía tenía, y tiene, unos valores muy positivos. Pero para Jesús no basta, nos pide más: “Si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos”

Al reino de los cielos no se puede llegar solo por el cumplimiento de unas normas y unos ritos. El derecho, la ley, lo más que puede conseguir es asociar a las personas pero nunca unirlas por el corazón en una unidad inseparable. Con el derecho se llega a la justicia, con el amor a la bondad. Y la bondad funde voluntades, aúna espíritus y enlaza a las personas.

«Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: todo el que está peleado con su hermano será procesado».

Aquí empiezan los «peros» de Jesús que invitan a pasar del derecho al amor, de la cordura humana a la locura divina, del orden a la sorpresa y de la justicia al regalo. «Peros» que vienen a expresar que todo aquello que no brota del amor y de la esperanza debe ser desterrado de nosotros porque no es evangelio. Vivir en el amor es participar de la vida del otro, es crear y recrear vida, es ayudar a crecer.

Para conseguir la felicidad, la plenitud, la realización, la bienaventuranza o la santidad no podemos quedarnos o conformarnos, con el derecho o la ley. El amor a la vida del prójimo es lo que crea, profundiza y ensancha la nuestra hasta la eternidad, rompiendo las barreras espacio/temporales, permitiéndonos experimentar la trascendencia.

«Habéis oído el mandamiento: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su corazón».

Cada uno de nosotros es autor y actor de su propia vida que va escribiendo a través de sus palabras y del lenguaje de sus actos y deseos. La autenticidad de la persona se manifiesta tanto en sus actos como en sus actitudes; hay que sentir y actuar al unísono, desterrar toda contradicción: pensar de una forma y actuar de otra es de locos. Pecar, caer en contradicción, lo haremos muchas veces; pero vivir en la contradicción por sistema es vivir en la esquizofrenia y eso trae malos resultados siempre.

«Sabéis que se mandó a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus votos al Señor”. Pero yo os digo que no juréis en absoluto. A vosotros os basta decir si o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».

La vida crece cuando el hombre va del derecho al amor, cuando dejando de lado la defensa de lo que le es propio se hace defensor también de lo ajeno. Cuando aparece el amor en la vida del hombre todo derecho queda obsoleto y pobre.

Amor y derecho no son antagónicos pero no pueden darse juntos, si aparece el amor sobra el derecho. Cuando uno está enamorado no necesita que le dicten leyes para vivir unido a la persona amada. Cuando desaparece el amor puede aparecer hasta la traición, por eso y para ese caso se necesita el derecho, para organizar y ordenar una vida al margen del amor.

El amor potencia nuestra propia personalidad y desarrolla la del otro. Amar es crecer y ayudar a crecer. Cuando el amor que siento por otro no lo mejora ni me mejora, no es verdadero amor. En esto, como en todo, uno recoge lo que siembra, («Le darán lo que escoja», Ez 15, 16). Nada se improvisa. Quien siembra vientos, recoge tempestades. Quien generosidad, generosidad, quien soledad, hastío y aislamiento.

No se puede aspirar a ser santo, ni plenamente feliz, en este mundo conformándonos con el derecho, reduciendo nuestras relaciones interpersonales al estricto marco del derecho positivo. Ningún cónyuge alcanza la felicidad por cumplir al pie de la letra el Derecho Matrimonial. Se puede ser fiel al derecho y ser un desgraciado, hay que pasar por encima de él e instalarse en el amor.

El evangelio de este domingo VI nos viene estupendamente. Frente al “todo vale” que nos propaga la actual sociedad. Frente a eso, Jesús nos dice el “pero yo os digo”.

-Frente al aborto (porque el ser humano se siente dueño de su propio cuerpo), el Señor nos recuerda que –el 5º mandamiento- sigue tan vigente como lo conoció y escuchó Moisés: “No matarás! “Y que, la vida, viene de Dios y, solo Dios, puede disponer de ella.

-Frente al olvido o la marginación de los más mayores (cuando la sociedad

afirma que ya han cumplido), el Señor nos trae a la memoria el 4º mandamiento de lo revelado por Dios en el Monte Sinaí: “honrarás y respetarás a tus padres”.

-Frente a la opulencia en contraste escandaloso con los países más pobres, el Señor nos lleva al 2º mandamiento: “amarás al prójimo como a ti mismo”.

-Frente a las imposiciones y adulaciones de los que mandan, Jesús nos recuerda que, sólo Dios, es digno de ser adorado y de ser tenido como suprema ley a favor del hombre.

La Palabra de Dios, sus leyes, no son ningún adorno para la humanidad. Es la constatación de un hecho real: muchos de los que creen en el Señor no tienen orientada y cimentada con fortaleza sus vidas en Cristo; si muchos llevaran a sus vidas el menaje de Cristo, otro gallo les cantaría.

Jesús no quiere esclavos de su Reino. La ley del Señor, desde el momento en que está sustentada en el amor, requiere discípulos libres (no obligados), con luz propia (no con imitaciones), con sal y picante (no derretidos o vencidos).

Los cristianos deben ser en el mundo lo que el alma en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo.

A nadie se nos obliga a creer, pero quien opta por Cristo, y cumple su voluntad y espera en Él, se da cuenta de que vivir según Cristo es un gran regalo, un privilegio.

Cristo que sabe cómo se está con Dios metido en el corazón, desea para nosotros lo mismo que Él ya tiene: la felicidad auténtica. ¿Y cómo se alcanza?: sirviéndole con alegría y con prontitud, con entusiasmo y con diligencia, con perfección y con humildad.

La vida crece cuando el hombre va del derecho al amor, cuando dejando de lado la defensa de lo que le es propio, se compromete con el prójimo. Cuando aparece el amor en la vida del hombre todo derecho queda obsoleto y pobre.

Los entendidos, los fuertes y los cobardes, defienden o pretenden defender el amor con leyes. Los débiles, pero con corazón, superan las leyes con el amor.

Iba un peregrino camino de Compostela y, en un anochecer, mirando hacia las estrellas preguntó: “Señor; ¿qué quieres de mí?: Vivo según tu Palabra y camino por tus sendas. Te busco…y no sé si acabo de encontrarte”. Y una voz desde lo más profundo del silencio le contestó: ” no quiero nada de ti, te quiero a Ti”. Esta es la ley del Señor. Sus mandamientos están encaminados precisamente hacia ello: a un encuentro real, misterioso y personal entre Dios y el hombre.

En resumen: los mandamientos de Dios siguen siendo más actuales que nunca, aunque no pocos se los salten y queden tan tranquilos, porque ellos se las dan de que son los únicos que saben lo que es bueno y malo y los que deciden, porque van de sobraos por la vida.

 

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