Ecos del Evangelio

17 febrero, 2017 / Carmelitas
Sed perfectos como vuestro Padre es Perfecto

DOMINGO VII T.O. CICLO A 2017

No resulta fácil, por propia voluntad, el amor a los enemigos por parte del ser humano. ¿Responder al odio con amor? ¿A la violencia con la mansedumbre? ¿A la afrenta con la humildad? ¿Cómo llegar a ese grado de exquisitez cristiana? ¿Cómo regalar bien ante el mal? Pues ni más ni menos que, colocando en el centro de nuestra existencia, a Cristo. Cuando le dejamos que nos conduzca y nos guíe, la persona es capaz de llegar al grado de perfección o a esa utopía que nos puede parecer el evangelio de este día Intentemos enumerar algunas categorías de enemigos exteriores. 1- El que es diferente totalmente de mí. El que no tiene mis gustos, mis ideas, no comparte mis puntos de vista, mis esquemas. Aquel con quien me resulta imposible un entendimiento pasable. No nos podemos “aguantar” (sin que haya mala voluntad). Se da una incompatibilidad de carácter, de mentalidad, de temperamento. Y la cercanía es fuente de continuas incomprensiones y sufrimientos. 2-El adversario. El que esta siempre en contra mía, en postura hostil de desafío. En cualquier discusión, siempre se me pone en contra. Todo lo que hago, lo que propongo, encuentra su crítica inexorable y terca. Su tarea específica es la de contradecir todas mis iniciativas, mis ideas. No me perdona nada. No me deja pasar una. Es un muro compacto de hostilidad preconcebida. 3-El pelmazo. Es la persona que tiene el poder de irritarme hasta la exasperación. El que se divierte haciéndome perder el tiempo. El que se mete en medio en el momento menos oportuno y por los motivos más fútiles. Pedante, pesado, entrometido, curioso, petulante, indiscreto. Me obliga a escuchar peroratas interminables y confusas. Me embiste con un torrente de palabrería para contarme una bobada que me sé de memoria. Me cuenta sus minúsculas penas que dramatiza hasta convertirlas en tragedias de proporciones cósmicas. No tiene el más mínimo respeto a mi tiempo, a mis obligaciones, a mi cansancio. Es más, encuentra una especie de gusto sádico en tenerme prisionero en la tela de araña de sus tonterías. 4-El astuto. Es el individuo desleal, la persona especialista endoble cara. Me arranca una confidencia para ir inmediatamente a “venderla” a quien tiene un interés por ella. El individuo que se me muestra afable, benévolo, cordial, sonriente, y después me da una puñalada por la espalda. Me dice una cosa, piensa otra y hace una tercera. Me alaba de una manera exagerada. Pero después, en mi ausencia, me destruye con la crítica más feroz. En suma, el clásico tipo de quien uno no se puede fiar. Astuto, solapado, falaz, calculador, acostumbrado a tener el pie en veinte espuelas a la vez… 5-El perseguidor. El que, intencionadamente, me hace mal. Con la calumnia, la maledicencia, la insinuación molesta, los celos más desenfrenados. El que goza humillándome. El que no me deja en paz con su malignidad. Pues todas estas enemistades NO las debo aceptar como definitivas., nos dice Jesús. Y nos dice más: debo comprometerme a hacerlas evolucionar, a removerlas, encaminándolas en otra dirección. Hay que rechazar considerar estas situaciones como inamovibles. Por eso debo estar dispuesto a trabajar personalmente para darle la vuelta y transformarlas en una situación de amor y amistad. Y si, en ciertos casos, me siento atrapado por un sentimiento de desánimo, porque la empresa me parece desesperada, entonces debo mirar a la cruz. Y debo darme cuenta de que, a través de la cruz de Cristo, entró en el mundo una posibilidad infinita de reconciliación. También mi enemigo es uno de aquellos por los que murió Cristo. En una película apareció este aviso en la última secuencia. “A trescientos metros de distancia el enemigo es un blanco. A tres metros es un hombre”. Nosotros podemos completarlo de esta manera: cerca de la cruz, el enemigo es un hermano de sangre (la sangre de Cristo). Pero enumeremos también algunos enemigos que llevamos en nuestro interior 1- El egocentrismo: mirarnos a nosotros mismos, mañana, tarde y noche. 2- El egoísmo: querernos demasiado, ser incapaces de ponernos en el lugar de la otra persona y por tanto desinterés absoluto por los demás. 3- El individualismo: vivir como si todo dependiese de mi mismo. Lo propio de la persona que obra según propia voluntad, sin contar con la opinión de los demás individuos que pertenecen al mismo grupo y sin atender a las normas de comportamiento que regulan sus relaciones. 4- El racionalismo: pensar en lo que perdemos o ganamos, cuando prima en el pensamiento solo lo practico, lo contante y sonante antes que la fe o la religión.Es cuando se pone la razón como fuente principal y única del conocimiento humano en general. 5- La ausencia de Dios: cuando en el centro instalamos exclusivamente nuestro propio bienestar y dejamos a un lado al Señor, y entonces nos convertimos a nosotros en dioses y a las personas y a las cosas en ídolos. Frente a estos enemigos internos y externos tenemos muchas armas para hacerles frente: la oración, la solidaridad, la fe, la comunidad y las promesas de Jesús que, por la fuerza del Espíritu, nos asiste hasta el día en el que vuelva definitivamente. ¿Cómo nos encontrará Cristo cuando vuelva? ¿Luchando contra los enemigos de la vida cristiana o sometidos a ellos? ¿Amando solo y exclusivamente a “los nuestros y a nosotros mismos” o brindando nuestra amistad a los que piensan de distinta manera a nosotros? ¿Con las puertas abiertas a la fraternidad o con los balcones cerrados a lo que ya tenemos conquistado?¿Convertidos en testigos de su amor sin condiciones o deshojando la margarita cuando ya no abra tiempo para rectificar? Ojala que, el Señor, nos ayude a hacer de nuestra vida una ofrenda y un amor que no sea excluyente. Lo tenemos difícil pero si nos dejamos guiar por Él es posible. En una sociedad utilitarista en lo que todo se vende y se compra, como es la nuestra, las cosas sólo parecen tener sentido si responden satisfactoriamente a preguntas como “¿qué saco yo con esto?” o “¿para qué sirve esto?” Lo gratuito es difícilmente comprensible. Las cosas gratuitas se identifican a las que no tienen sentido, a lo absurdo. Y sentido tiene hoy para muchos, solo y exclusivamente lo que sirve para mi mejora material. El calificativo “amigo”, por ejemplo, ha venido a significar cualquier relación, por superficial que sea, con tal que exista la posibilidad de necesitar la ayuda de esa persona. La amistad se convierte en agarradero para subir en la vida. El buen “trepa” debe tener amigos que, con sus recomendaciones y enchufes, faciliten su labor escaladora. Todo debe servir para algo. Pues sin comprender lo gratuito, lo que NO lleva consigo una contraprestación, es imposible entender mínimamente lo que puede significar el amor que Dios nos tiene, o el que se nos pide que tengamos a los demás, incluso a los enemigos. Con el amor, o con Dios, no se comercia, ni siquiera honradamente, como hacían los fariseos. Dios y su actuar son gracia. Múltiples son los pasajes del A.T. en los que se expresa la idea de que el amor que Dios tiene a su pueblo es absolutamente inmerecido. Por tanto el amor ha de ser impagable El amor verdadero es algo bien distinto al trabajo de unas relaciones públicas. No es mandar regalos a los clientes para conservarlos y sacarles provecho comercial. El Espíritu de Jesús nos llama, no sólo a no emplear ningún tipo de violencia contra el hermano, sino a perdonarlo e, incluso, a amar al enemigo. Quien de verdad es seguidor de Cristo y no solo de una normas y requisitos comprende perfectamente lo que es darse y amar gratuitamente sin pedir nada a cambio. “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”, es decir, sed misericordiosos como lo es vuestro Padre. La palabra misericordia significa en labios de Jesús amor gratuito, a fondo perdido. Un amor así no será posible si el desarme no es tan profundo que llegue al corazón del hombre. Los fusiles contra el amor no se disparan solos, ni solo con las lenguas o los dedos, las balas siempre salen del corazón. “Sed perfectos como vuestro Padre del Cielo es perfecto”, es decir,la perfección no es conquista de unos pocos, ni una orgullosa lucha por ser mejores que otros…, sino que se alcanza viviendo como hermanos… amándonos los unos a otros hasta el extremo, hasta la sinrazón… como Cristo mismo nos ha amado. Así queda resumida la santidad y la perfección cristianas en el mandato nuevo vivido en todas sus consecuencias, como el mismo Jesús. Por eso en vida de la madre Teresa de Calcuta, en un programa de televisión nos decía: “la santidad, la perfección, no es un lujo, ni una utopia, sino un deber”. ¡Y cuantos hay que ni le prestan atención siendo el principal y primer negocio de nuestra vida!

 

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