Ecos del Evangelio

1 octubre, 2016 / Carmelitas
Señor, aumenta mi fe.

DOMINGO XXVII T.O. CICLO C 2016

El hombre actual ha aprendido muy bien la lección de hacerlo todo rentable. Por imperativo social, por moda, por necesidad psicológica o por lo que sea, el hecho es ese: que se busca lo rentable, se procura hacer rentable lo que se tiene y se desecha lo que no produce alguna renta. Esta actitud no se da solo en lo económico; se da en todos los órdenes de la vida, sin distinción y sin pudor. Quien tiene un amigo tiene un tesoro, afirma la Biblia; y es que los amigos son para las ocasiones, decimos; y queremos dar a entender que nos referimos a las ocasiones en las que los necesitamos, en que nos pueden reportar un beneficio o ser de alguna utilidad. Haz el bien y no mires a quién, afirma el refrán, pero con frecuencia, cuando muchos hacen un favor sienten la satisfacción de pensar que les quedarán agradecidos y quizá pueden echar mano un día de esa persona; si la ocasión llega y no les responden como esperaban, se deshacen en amargos comentarios sobre la ingratitud de esas personas y lo poco que merece la pena hacer favores a nadie. En el trabajo, en la formación, en las amistades, en los favores… en todo se busca generalmente, el beneficio y las ventajas que se pueden obtener. Es verdad que, en cierta medida, el hombre necesita algunos beneficios: el dinero para las necesidades de una vida digna, los amigos para tener compañía y ayuda en determinados momentos y situaciones, la vivienda en la que sentirse seguro y a gusto, un ramo de flores, una sonrisa. Pero cuando se va más allá de lo dicho, surge el egoísmo y el utilitarismo puro y duro. Que es en lo que estamos. El problema viene cuando este criterio de utilidad se intenta aplicar en el terreno de la fe; y entonces llega el fracaso, porque la fe no es rentable en absoluto, y si es rentable, no es fe. Al menos no el tipo de rentabilidad que normalmente buscamos. A Dios no podemos acercarnos por el camino de “lo que podemos obtener de Él”, sino por el camino del sentido que puede dar a nuestra existencia; por eso es difícil la experiencia de Dios, la fe, a quienes viven embotados por el materialismo, el consumismo o el utilitarismo. Quienes se encuentran en esta situación, lo primero que necesitan es desintoxicarse de todo eso para captar en su interior la necesidad vital de encontrar un sentido a su existencia. De aquí podemos extraer dos preguntas y que cada uno se debe responder: La primera, sobre si nuestra confianza está puesta en Dios o en otras cosas, como el dinero, las capacidades personales, los meritos, las apariencias etc. La segunda, sobre si nuestra confianza en Dios es suficientemente fuerte como para lanzarnos de verdad al servicio de su reino (si tenemos suficiente fe como para hacer que las moreras se planten en el mar, como dice Jesús). Ciertamente crecer en la fe es un proceso que hemos de ir haciendo continuamente, que nunca termina. Y por eso hay que pedir cada día, como hacían los apóstoles: “Auméntanos la fe”. Es que cuando muchos dicen fe, piensan inmediatamente en una serie de verdades que creer, en un complejo de doctrinas que suscribir. Y, sin embargo, se debería pensar, inmediatamente, en una Persona: Cristo. Creyente es, esencialmente, uno que se liga, se adhiere totalmente a Cristo. Uno que se fía de Cristo. Se trata de una realidad dinámica. Se establece un lazo de unión con Dios, no simplemente para colocarse en sitio seguro, para estar protegidos, sino para “dejarse llevar, dejarse guiar”. Nos confiamos a alguien en vistas de un camino. Se cree para “caminar con…”. No se trata de aumentar la fe en sentido cuantitativo. se trata de tener fe auténtica. Cuando se tiene fe autentica, hasta una medida insignificante es suficiente. La desgracia es que muchos llaman fe a lo que es todo menos fe. La desgracia es que no pocos creen sin creer. La desgracia es que para muchos la fe es considerada un capital que hay que guardar, un tesoro del que hay que gozar en santa paz, sin muchas complicaciones. ¿Quedará claro alguna vez que la fe, simplemente, nos permite caminar en la oscuridad, en medio de las dificultades, en medio de los aprietos y dificultades comunes a todos los hombres, con la única seguridad de una presencia, de una mano que nos aprieta, no para sacarnos de la intemperie, sino para que superemos la tempestad (como pasó a Pedro que estuvo a punto de sumergirse)? La fe no nos dispensa de la dura tarea de hombres. No es una escapatoria de las responsabilidades de la vida. No nos facilita el camino. Simplemente le da sentido. Tiempos difíciles para la fe. ¿Qué fe es buena y sólida si, previamente o en alguna situación, no ha sido probada? En este occidente muchos cristianos se han acostumbrado a vivir una fe “entre celofanes”. Sin más complicaciones ni más compromisos que el saber que Dios estaba ahí y con una iglesia que, en muchas ocasiones se entiende como una especie de “estación de servicios o supermercado espiritual ”; me sirvo cuando quiero, donde quiero y como quiero. Y esa es la realidad para quien tenga ojos y oídos Ha llegado el momento de la verdad. Sobran bancos vacíos en muchas iglesias y, en cambio, hacen falta (más que nunca y urgentemente) cristianos y católicos comprometidos en la causa y por la causa de Jesús: en la política y en la economía, en la familia y en el círculo de amistades, en la enseñanza y en la medicina, etc. ¡Si tuvierais fe! Entonces la gran mayoría de los cristianos lucharían a tiempo y destiempo contra aquellos que pretenden reducir la vivencia de la fe a un ámbito personal y privado. ¡Si tuvierais fe! Entonces la gran mayoría de los cristianos se resistirían con todo el vigor que la fe nos aporta, ante aquellas otras tendencias que pretenden que la fe sea simplemente manifestación popular o cultural. ¡Y cuantos hay que así la entienden! ¡Si tuvierais fe! Entonces la gran mayoría de los cristianos dejarían a un lado, aún cuando a veces sea necesario, el aspecto íntimo de la fe para hacerlo público. ¿Acaso el sol se ha creado para que esté permanentemente oculto detrás de las nubes? ¿Acaso desde el laicismo, interesado y trasnochado nos dejaremos amordazar a los que sabemos que Dios es una instancia superior a todos los que proyectan leyes y normas? ¿Entonces por que muchos compatibilizan la sumisión a los cesares de este mundo con la fe en Dios? ¡Si tuvierais fe! Entonces la gran mayoría de los cristianos han de saber que la fe proclamada de palabra ha de ir avalada con hechos y propuestas (no imposiciones pero tampoco cesiones) para que el mensaje de Jesús no sea recluido en la cómoda sacristía o entre los cuatro muros blanqueados de una iglesia. «Amigos a Cristo no se le conoce de oídas, sino con los ojos del corazón .No se puede continuar viviendo de una fe meramente heredada y sociológica, sostenida y apoyada por un ambiente, que ha cambiado radicalmente. Ya no podemos seguir viviendo de una fe «sólo de oídas»; necesitamos ver con los ojos, con los ojos iluminados del corazón de los que hablaba san Pablo. Necesitamos esa vivencia honda y personal de Dios que nos lleve a decir, a pesar del incomprensible problema del dolor y del mal: «Sé de quién me he fiado»; o, como decía Habacuc: «La visión espera su momento…, y no fallará; si tarda, espera, porque ha de llegar sin retraerse». Pablo llama «tesoro» a la gracia y a le fe recibidas. A cada creyente le ha sido confiado este tesoro: el tesoro de la fe, el tesoro del Evangelio, el tesoro de la vida nueva de J.C. Un tesoro para ser amado, para ser conservado, para ser vivido, para ser transmitido en toda circunstancia de la vida, con la fuerza del Espíritu Santo. 1-La fe y Dios son inseparables. Aquello a lo que aplicas tu corazón y de lo que te fías, es propiamente tu Dios. Por eso lo opuesto a la fe no es el ateísmo sino la idolatría. Porque todo el mundo tiene sus dioses, en los cuales apoya su vida. Dioses del negocio, del poder, del placer, del deporte, o también dioses en el campo religioso, pero que están bastante lejos del Dios que revela Jesús 2-Si se tiene fe hay que dar la cara. Pablo en una situación comprometida, cuando él mismo está ya prisionero en la cárcel y cuando está a punto de desatarse la persecución de Nerón contra los cristianos, escribe a su discípulo Timoteo y le exhorta a que avive su fe y dé la cara por Jesús y por el evangelio. Y argumenta que el espíritu que se nos ha dado a los cristianos no es un espíritu de cobardes sino un espíritu de fortaleza y de buen juicio. Y esta recomendación del apóstol es la primera tarea para los creyentes. Lo primero es dar la cara, no esconderla, ni encogerse de hombros. La religión, contrariamente a lo que piensan muchos, se ocupa, de los hombres, de los hermanos. Utilizar la religión para zafarse de los asuntos humanos, es un peligro denunciado muchas veces por Jesús en el evangelio. La misión de la Iglesia, la que le confió Jesús, no es salvar a una institución, sino a los hombres, sobre todo, a los más pobres y desatendidos de todos. Espero que se entienda.

 

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