Ecos del Evangelio

19 abril, 2017 / Carmelitas
Señor mío y Dios mío

DOMINGO II DE PASCUA CICLO A 2017

Celebramos en este II domingo de Pascua la fiesta de la Divina Misericordia instituida por el recordado Papa S. Juan Pablo II. Y en este domingo cada año leemos el evangelio en el que el protagonista es el “apóstol incrédulo”: Tomás el mellizo.

Pero además S. Juan en el evangelio, nos habla de aquella primera comunidad cristiana y de como debe ser en adelante una comunidad cristiana, una parroquia, y es un tema también importante que no debe pasar por alto. Vayamos por partes.

1º- Podemos decir que la figura de Tomás es contradictoria.

Como decía antes, se le ha calificado de «incrédulo» y se ha hablado de este pasaje como de las «dudas de Tomás». Tomás vendría a ser el símbolo del hombre cerrado al misterio; que sólo es capaz de aceptar la realidad física que puede ver con los ojos y tocar con sus dedos y con sus manos: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». No se conforma ni siquiera con ver al Resucitado: exige meter sus dedos y sus manos en las llagas del Crucificado.

Es a ese Tomás incrédulo, al de ayer y al de hoy, que sigue anidando en el corazón de cada uno de nosotros, al que Jesús le sigue diciendo hoy: « ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto».

Dichosas esas generaciones de veinte siglos de cristianismo. Dichosos esos millones de hombres y de mujeres, que han creído y creen en Jesús resucitado aunque no lo han visto con los ojos ni han metido los dedos en sus llagas… Dichosos aquellos que tienen los ojos limpios, que ven con los ojos iluminados del corazón a Jesús resucitado.

2º- Pero, por otra parte, hay un aspecto positivo, generalmente poco subrayado en la figura de Tomás.

Porque no sólo es el «incrédulo», también puede ser entendido hoy como «el hombre de fe adulta»; el que no se deja arrastrar por entusiasmos fáciles, las corrientes en boga, las afirmaciones y opiniones de los otros…

Aquel Tomás que había dicho, demasiado fácilmente, «vayamos y muramos con él», quizá experimentaba tras su fracaso cobarde en la cruz que hay que madurar y sopesar las respuestas. Que el camino de Jesús exige vivencias profundas y son insuficientes los entusiasmos superficiales y sensibles.

¿Por qué el discípulo incrédulo resultó el más creyente? Porque así actúa Dios. Él dió el paraíso al buen ladrón, que mereció la crucifixión por sus crímenes. Él da al obrero de la última hora lo mismo que al obrero de la primera hora. Él da su gracia a los humildes, y Tomás reconoció su obstinación y se humilló. La fe es un don maravilloso de Dios, un tesoro inestimable que Dios nos concede cuando concurren dos cosas: la humildad y el testimonio. La humildad del que cree y la vivencia y la trasmisión de lo creído a los demás

3º- Pero del evangelio de hoy podemos deducir también una serie conclusiones muy válidas para nuestras comunidades cristianas

En primer lugar nos encontramos con que Jesús. Él es el único y verdadero centro de una comunidad cristiana. La comunidad, una parroquia, no es algo que se constituye espontáneamente; ni es algo surgido por un capricho de unas personas empeñadas en mantener vivo un sueño.

La comunidad cristiana existe, única y exclusivamente, porque Jesucristo ha muerto y ha resucitado. Sin Cristo muerto y resucitado nunca hubiese surgido la comunidad: la única razón de ser del nacimiento y existencia de la comunidad es que Jesucristo ha muerto y ha resucitado.

Jesús es, por tanto, el centro vital de una parroquia; y Él mismo le da a sus miembros la confianza que necesitan para poder llevar adelante su misión: Él, mostrándoles los signos de su triunfo sobre la muerte, les anima a trabajar positivamente en la misión de trabajar en favor de la liberación de los hombres.

Por tanto nada de protagonismos por parte de nadie, porque el único protagonista de la comunidad cristiana es Cristo y todos los demás empezando por el sacerdote están al servicio de Cristo. Y esto ha de quedar claro en muchas comunidades cristinas, cuando se ven protagonismos, recelos, envidias, etc.

Por eso hay algunos interrogantes a los que debemos responder con sinceridad: ¿Es Cristo muerto y resucitado el centro de nuestras comunidades? ¿Nos anima su presencia a trabajar por la liberación de los hombres?

¿Los cristianos somos la alternativa que Jesús ofrece a los hombres para sacarlos de su situación de cerrazón, anunciando y denunciando todo lo que atente contra la dignidad humana y no callándonos ni replegándonos como cobardes? “Si no somos capaces de anuncia a Cristo que está vivo, no somos cristianos”, nos ha dicho el Papa, mas claro agua.

Cristo fue alternativa de vida en su momento; ahora, que ya no está presente como hombre, brinda a su comunidades, a nuestras parroquias en particular la posibilidad de que esa alternativa continúe en pie, presente entre los hombres: Él -su alternativa-, se mantendrá viva entre los hombres siempre que la comunidad se mantenga fiel a Cristo muerto y resucitado.

Eso quiere decir también que por encima de devociones y carismas particulares, muy aceptables, nuestro centro debe ser Cristo y su mensaje ¿Es así en nuestras parroquias? ¿Entonces por qué la falta de asistencia a las celebraciones del domingo, el día mas importante para el cristiano, el día de su resurrección y anticipo de la nuestra?

Otra cuestión: ¿Son nuestras comunidades, son las parroquias alternativa real y válida al mundo de hoy, consumista, materialista, pasota, egocéntrico, insolidario…? ¿Es decir damos testimonio de austeridad, de solidaridad, de defensa de todo lo que vaya a favor de la dignidad humana o nos distinguimos poco de la sociedad actual?

La comunidad cristiana se constituye exclusivamente por la vida de Cristo. Nuestras comunidades son la prolongación de la doble misión de Jesús de mostrar el amor del Padre y presentar al mundo con nuestro testimonio que es posible otra manera de vivir ¿Es decir somos sacramento de la presencia de Dios en el mundo?

¿Se reconoce la presencia de Cristo en nuestras comunidades, en nuestra parroquia?, ¿Es nuestra parroquia lo suficientemente clara y transparente como para que cualquiera descubra ,el amor de Dios a través nuestro?

Nuestras comunidades deben revisarse, por tanto, a la luz del evangelio y tratar de descubrir si realmente son lo que deben ser; La fe se recibe de la comunidad eclesial (como don de Dios) y en ella debe vivirse.

La fe no me la invento yo y la vivo yo solo como a mí me conviene. Gran lección como siempre la de San Juan, otra cosa es que las parroquias no se quieran dar por enteradas.

Estamos en Pascua, el tiempo de la fiesta y de la alegría que nace en nosotros porque Jesús ha resucitado; y, si queremos transmitir este gozoso anuncio a los hombres, el mejor camino es vivir conforme a lo que creemos; lo demás servirá de bien poco.

Y en este testimonio ocupa un lugar importante la humildad y la sencillez de quienes estamos convencidos de que el camino para llegar a la fe no es, normalmente, fácil. A esta fe, nos recuerda los evangelios, llegaron los apóstoles por medio de un signo: el sepulcro vacío; un signo que, para muchos otros, no significa nada especial. Pero ese pequeño grupo de amigos de Jesús supo leer aquel signo, supo ver con otros ojos que los de la cara y supo lo que aquello significaba.

Hoy día sigue habiendo signos, pero éstos siguen necesitando que alguien los llene de sentido, que alguien los sepa interpretar, que alguien los desvele apostando en ello su vida. ¿Seremos nosotros?

Ser testigos de Jesús muerto y resucitado es poner toda la vida al servicio de la causa de Jesús; ser testigos de Jesús no es participar de una tradición social y de unas costumbres ancestrales, sino tener la experiencia de que Jesús está vivo, dando sentido a mi vida personal y concreta, como da sentido a la vida de todos los que formamos la comunidad de los creyentes.

Ser testigos es vivir juntos, como hermanos, mostrando ante los hombres que nos sentimos y somos hermanos, porque todos tenemos un Padre común que nos llama a vivir una vida en plenitud. ¿De verdad lo creemos esto los cristianos?

« ¡SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO!» ¡Qué hermoso ejercicio repetirlas cuando hemos equivocado el camino y deseamos volver al buen camino! ¡Qué bello decirlas cuando nos sentimos muy cansados y no tenemos ganas de hacer una oración larga! ¡Qué oportuno acudir a ellas cuando necesitamos que se nos eche una mano porque estamos desilusionados! ¡Que gratificante pronunciarlas cuando en nosotros también se instala la duda como en Tomás! ¡O cuando la soledad nos sube por los entresijos del alma envolviendo nuestro corazón en la niebla! ¡Qué gratificante, en fin, pronunciarlas cuando queremos reafirmar nuestra fe en Cristo resucitado!

 

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