Ecos del Evangelio

12 noviembre, 2016 / Carmelitas
Señor, que llega el día.

DOMINGO XXXIII T.O. CICLO C 2016

“¿Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?”. ¿Pero de que sirve esta pregunta inútil, si no se está cuidando el tiempo en que se vive hasta que se produzca ese momento final? ¿Pero cuando se decidirán muchos cristianos a vivir el cristianismo y dejar de lado la fe burguesa, instalada y a tiempo parcial? ¿Creéis que una fe a si sirve para algo? Si, sirve para algo, para algo fatal: para engañarse. Vamos pues a reflexionar sobre el tiempo presente, para poder rectificar lo que sea necesario, porque solo así llegaremos a buen término.

Las lecturas que hoy hemos escuchado son una enérgica llamada a no vivir adormecidos. Dios nos ama, pero también nos exige fidelidad a su amor hasta las últimas consecuencias. Y debemos ser conscientes de que esta fidelidad puede acarrearnos problemas e incluso persecuciones.

Pero hay algo más peligroso para la fe que la persecución cruenta. La opinión de S. Ambrosio ha quedado ampliamente demostrada por la historia: “Los emperadores nos ayudaban más cuando nos perseguían que ahora que nos protegen”. ¡Que vergüenza cuando la Iglesia se alía y se deja subvencionar por la ideología de turno y entonces calla como si estuviera muerta. Que vergüenza!

Las situaciones de calma, en las que el culto y el funcionamiento interno de la Iglesia no sufren dificultades sino que más bien son protegidos por el poder de turno, son propicias para convertir el cristianismo en algo “mas que descafeinado, en traidor a su fundador.” Es esa situación en la cual el evangelio no quita el sueño ni pone nervioso a nadie. Esa situación, en la que la inercia lleva a instalarse, a mirar hacia adentro, a la diplomacia que calla ante tanta indignidad reinante y en la que el servicio se reduce a algunos gestos para salvaguardar la cara.

Llegamos a convertirnos en el absurdo de “ser carteros para llevar nuestras propias cartas”; ponemos el objeto de nuestra misión en nosotros mismos y, curiosamente, los problemas internos de la comunidad aumentan porque lo que hacemos es mirarnos al ombligo. Acabamos discutiendo por una genuflexión de más o una sotana de menos. Presentamos un Cristo obsesivamente preocupado por las arrugas de su túnica o el arreglo de su pelo. Algo ridículo e hiriente en un mundo cargado de graves y vitales problemas.

Para evitar estas deplorables consecuencias de calma tan sospechosa en medio de tantas dificultades, hemos de avivarnos mutuamente la fe sacudiéndonos la rutina y la atonía, hemos de recordarnos la perseverancia en el compromiso y, sobre todo, hemos de redescubrir comunitariamente el lugar de nuestro servicio al hombre.

Es necesario que la sal siga siendo sal y la levadura haga fermentar la masa y no sea ahogada por ella. En estos supuestos, la exigencia de una conversión es más necesaria que nunca, empezando por la jerarquía que a veces parece estar en la luna de Valencia.

No tendremos una sociedad y un continente nuevo sin nuevas y renovadas estructuras; sobre todo no habrá continente nuevo sin hombres nuevos, que a la luz del Evangelio, sepan ser verdaderamente libres y responsables”.Se trata de convertirse para hacerse disponibles desde el amor, haber si se entiende.

No podemos olvidar que la autenticidad de nuestra fe se mide por nuestra donación a los hermanos. Por nuestra defensa de la dignidad de toda persona, porque todos somos hijos de Dios. Este es el test del cristiano. Siento decirlo, pero esta Iglesia introvertida, narcisista, replegada sobre si, miedosa y muchas veces aliada con la ideología de turno, no es la iglesia de Jesús, sino un círculo de hombres que coinciden en sus egoísmos ¡Conmigo que no cuenten para eso!

Ser Iglesia es comprometerse a servir. Ser Iglesia no es ser socio de una entidad religiosa en la que se nos ofrecen seguridades para el tiempo y la eternidad, previo pago de ciertas imposiciones. Ser iglesia es construir con otros creyentes una fraternidad en que todos comulguen con la misma esperanza y estén dinamizados por la misma fuerza que los potencia para darse a los demás.

Aquellos discípulos corrían el peligro de dejarse engañar fácilmente. Y muchos cristianos de hoy-incluido clero y jerarquía- no es que corran el peligro, es que se dejan engañar.¡Parece mentira que no hayamos aprendido de la historia, y que ésta se repita!

-Queda mucho camino por recorrer Por eso Jesús, hoy, les advierte que vayan con cuidado y no esperen que dentro de cuatro días vayan a encontrarse con el Reino de Dios realizado.

No creamos que si ocurren acontecimientos inesperados -o guerras, o persecuciones, o la aparición de cualquier líder que afirme tener la clave de todos los enigmas, o algunas de esas profecías que últimamente vuelven a estar de moda- es signo de que todo termina y viene el Reino.

Creamos firmemente que este Reino vendrá, que el camino de los hombres tiene que llegar a la felicidad que Dios ha prometido, pero que por muchos signos que vean no nos asustemos, que el fin no va a venir en seguida: queda mucho camino por recorrer todavía, queda mucha constancia y esperanza a mantener, queda una larga historia de seguimiento de Jesús, antes de llegar juntos al día gozoso de la vida.

Y lo que ahora importa, como decía también en la primera lectura el profeta Malaquías, es creer que, si caminamos por el camino de la verdad, si honramos el nombre del Señor, si no somos como los malvados y perversos -los que creen que no necesitan a nadie, que son los dueños de todo-, nos iluminará el sol de la felicidad, que lleva la salud en sus alas. Seamos conscientes, por tanto, de que nuestra vida se juega aquí, día tras día, entre tropiezos y contrariedades, rodeados de esos problemas que cada uno vive y que hacen difícil nuestro camino.

Nuestra situación no es desde luego la de las guerras y persecuciones que el evangelio anuncia y que los primeros cristianos tuvieron que sufrir, pero sí es una situación que también exige valor y entrega, y no dormirse, y exige esfuerzo por seguir adelante en la fidelidad a Jesucristo. Ahí, en esa situación, en nuestra situación, con constancia y perseverancia alcanzaremos la verdadera vida.

¿Qué vivimos en medio de contrariedades y zancadillas? ¡Por supuesto! Llama la enfermedad a nuestra puerta; las cosas no nos salen como nosotros quisiéramos; a veces –Dios- no se nos revelará con la fuerza que quisiéramos.

Porque los “pequeños cataclismos” no se dan sólo en la corteza de la tierra, también, en el corazón del hombre, en la felicidad, en su bienestar, en su mente, en su pensamiento….ocurren pequeños accidentes que, a veces, nos hacen tirar la toalla y concluir que Dios hace tiempo que se desentendió del mundo.

¿Qué hacer frente a ello? Cargar las pilas en lo que somos y tenemos con la fuerza de la fe, la esperanza y la confianza en Jesús. Un día vendrá. En el momento que menos pensemos. Pero, mientras llega, no dejemos de salir al camino. No nos cansemos de mirar al cielo. No consintamos que, las persecuciones de guante blanco (porque también nosotros somos perseguidos por nuestra forma de entender la vida) sean más fuertes que nuestros ideales. No olvidemos el presente, aun cuando estamos pensando en el futuro; ni olvidemos el futuro aun cuando estemos volcados en el presente.

¡Señor que llegue el día!

Donde mi vieja vida, sea recompensada con otra, buena y definitiva.

Donde Tú, y sólo Tú, seas el centro de toda mi historia.

Donde vea, y sólo piense, que Tú eres lo más valioso.

¡Señor que llegue el día!

Porque siento que, mis días, me producen cansancio.

Porque veo que, mis días, están demasiado vacíos de cosas trascendentes.

Porque intuyo que, mis días, están excesivamente llenos de trastos inservibles.

¡Señor que llegue el día!

Y, cuando llegue, que por lo menos me encuentres con fe.

Y, cuando llegue, que por lo menos me tropieces con esperanza.

Y, cuando llegue, que por lo menos me halles esperando tu llegada.

Y, cuando llegue, me sorprendas vestido con traje de fiesta.

¡Señor que llegue el día!

Y, si tardas en llegar, que no me aleje de Ti.

Y, si tardas en llegar, que no me limite a cumplir tus preceptos.

Y, si tardas en llegar, que no finja quererte.

Y, si tardas en llegar, cuando lo hagas, salga corriendo a tu encuentro.

¡Señor que llegue el día!

Porque, así entenderé, que la historia tiene su curso.

Que la historia tiene un feliz término.

Que la historia, cuando estás Tú dentro, es horizonte cierto.

Que la historia, si le faltas Tú, está abocada al fracaso.

Por eso, y por mucho más, ¡QUE LLEGUE TU DIA, SEÑOR!

 

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