Ecos del Evangelio

24 marzo, 2017 / Carmelitas
Señor, que vea

DOMINGO IV DE CUARESMA CICLO A 2017

Hoy es un ciego quien comparte con Jesucristo el protagonismo del evangelio. Siempre, pero mucho más en la época en la que vivía Jesús, el ciego, como el paralítico, como el tullido, como el leproso, etc, eran mendigos, porque la religión y la sociedad creían que sus enfermedades eran producto de sus pecados, por tanto era excluidos de la sociedad y de la religión.

El episodio del evangelio de hoy, sirve para que nos preguntemos fundamentalmente por dos cuestiones:

1- ¿Qué le ocurre al que llega a creer de verdad en Jesús y no solo se dedica al cumplimiento de unas normas?

2- ¿Qué le espera al creyente si de veras la fe germina en su vida?

Pues dos cosas muy sencillas: Primero, quien de verdad cree en Cristo, se encuentra con Él .Y segundo, fruto de ese encuentro, se transforma la vida de la persona Con Cristo se pasa de la ceguera a la luz, de la muerte a la vida. Del ir mendigando por el mundo, de ir tirando, de la rutina constante, a poder vivir autónomamente, por uno mismo, sin que se necesiten báculos, ni lazarillos Uno se mueve a la luz del día y en su camino no va solo: lo acompaña el Señor.

Hay muchas escenas evangélicas en las que se nos muestran resultados parecidos al del ciego de hoy. A todos les devuelve Jesús la capacidad de movimiento, a todos los “libera” de las amarras que los retenían, a todos les corta esas amarras y todos caminan solos, dejando al borde del camino la incapacidad que los atenazaba y cambiando por completo el rumbo de sus vidas.

El creer y seguir Cristo supone tener la madurez de la que se carecía, supone liberarse de cualquier dependencia .Jesús daba siempre, naturalmente, todo lo que tenía. Y algo tuvo Jesús, entre otras cosas, de modo expreso: la libertad.

Jesús fue, sin ninguna duda, un hombre absolutamente libre, un hombre que rompió todos los esquemas de su tiempo y todos los esquemas de los tiempos que le sucedieron. Concretamente en el terreno religioso fue un judío que “sin abolir la Ley, sino dándole su cumplimiento”, dió en su entorno y para la posteridad una lección clarísima de cómo deben entenderse las relaciones con Dios.

Difícilmente encontraremos en el Evangelio de Cristo, normas, ni reglamentos sino más bien actitudes; metas altísimas que estimulan al hombre y lo lanzan hacia un Dios Padre que está atento no a la letra sino al Espíritu.

Por eso ni Jesús ni sus discípulos guardaban el sábado, porque sabiamente opinaban que no era el sábado para el hombre sino el hombre para el sábado; ni hacían las abluciones rituales antes de comer porque no es lo que el hombre toca sino lo que el hombre alberga en su interior, lo que lo hace puro o impuro.

Por eso a Jesucristo no le importaba comer con los oficialmente “pecadores” , porque eran ellos y no los “buenos” oficiales los que lo buscaban y lo necesitaban imperiosamente; y no le importaba que una mujer como la Magdalena -que había pecado mucho, pero que había amado tanto- regara con sus lágrimas de mujer, consciente de sus pequeñeces, los pies que no habían sido lavados por el anfitrión; y no le importó que aun cuando la ley mosaica mandaba lapidar a las adúlteras “in fraganti”, aquella adúltera que estaba delante de Él saliera como nueva sin recibir ni siquiera un reproche de sus labios.

Por eso no le importó calificar a los fariseos como sepulcros blanqueados, ni enfrentarse a los herodes de su tiempo. No le importó hacer todo eso porque Jesús era, fue, un hombre absolutamente libre que no conocía más que una norma: hacer la voluntad de su Padre, un Padre que es fundamentalmente amor y misericordia.

Y, por eso, a los suyos, cuando les dice que llegará un día en que los dejará, les promete enviarles no un Código para que sepan exactamente lo que tienen que hacer en cada momento, sino el Espíritu que sopla donde quiere y de la manera más extraordinaria y hará el milagro de convertir a aquellos hombres vulgares y corrientes en hombres libres dispuestos a todo.

El evangelio de hoy, nos lanza también a nosotros, una pregunta fundamental:

¿Los cristianos damos a los que no lo son, la sensación de que somos personas maduras o más bien niños pequeños aferrados a unos ritos y costumbres en los que estamos instalados y nos negamos a crecer? ¿Los cristianos damos la sensación de ser personas capaces de autonomía con respecto a lo que se lleva o está de moda, o todavía somos ciegos o tullidos que no pueden o no saben por donde andar , porque nos negamos a madurar en lo que significa seguir a Cristo?

No, no son estas preguntas algo baladí, sino algo esencial si uno quiere revisar y rectificar lo que sea necesario para seguir mas y mejor a Cristo. Es cuestión de pensarlo seriamente y dar respuesta sincera a la luz de la actuación del Maestro.

El cuarto domingo de la Cuaresma incita a la alegría. Cuando Jesús es, además de agua viva, luz en el sendero, todo está abocado al optimismo, al entusiasmo. En definitiva, la proximidad de la Pascua, nos lleva a contemplar la luz que espera detrás del fracaso aparente de la cruz.

No hay ningún día que trascurra sin pequeños milagros a nuestro alrededor. Alguien, con cierta razón, llegó a decir: “no hay motivos para no creer, todo lo que acontece por insignificante que sea, es inspiración divina”.

¿Que cuesta trabajo percibir la intervención de Dios, y su presencia, en todo aquello que hacemos, tocamos o somos? Puede ser. ¿Pero, no será que muchos cristianos están más ciegos de lo que parece y, que precisamente por eso, porque no ven con nitidez, les cuesta agradecer los dones, los regalos, los grandes o pequeños prodigios que Dios obra en sus vidas, salud, trabajo, etc.?

Estamos tan metidos en oscuridades y en problemas que, sin quererlo, todo ello se convierte en gigantescas cataratas que nos impiden ver, juzgar y actuar con claridad, a la luz de la fe, en los acontecimientos de nuestra existencia. Porque la fe no consiste solo en proclamarla con los labios, sino que hay que ponerla a trabajar en el día a día. Ahí es donde se ve si la fe que celebramos en la Eucaristía es verdadera o solo simple cumplimiento

*El ciego de nacimiento, cuando vio, confesó públicamente lo que sus padres no se atrevían: el poder y la acción de Jesús. ¡Cómo van a confesar muchos, la luz del Señor, si prefieren marchar por túneles que conducen al desencanto, y al desenfreno, fruto de la ceguera espiritual!

*El ciego de nacimiento fue valiente. No le tembló el pulso a la hora de indicar la fuente de su luz; el causante de la recuperación de su visión era Jesús de Nazaret. ¿No será que, muchos, permanecen en una constante ceguera o miopía espiritual que les impide confesar la presencia de Jesús, su fuerza, su mano, su Palabra o su importancia en la vida?

*El ciego de nacimiento fue agradecido. No sabemos si era pobre o rico, alto o bajo, prudente o primario, abierto o cerrado…..lo que si sabemos es que, Jesús, le proporcionó aquello que más necesitaba: la luz.

Aqui la gran cuestión es preguntarse con honradez: ¿Qué pedimos a Dios? ¿Luz para conocer, o fuegos de artificio para disfrutar? ¿Comprender las cosas tal como son o maquillaje para observarlas según nuestro propio interés? ¿Encontrar a Dios en el día a día de nuestra vida o buscar explicaciones en la ciencia para dejarlo en la orilla?

El mundo cuanto más se aleje de Dios, más se acercará a su autodestrucción, entre otras cosas, porque la visión de Dios aporta las fuerzas y energías necesarias para trabajar a favor de la dignidad integral (no interesada) del ser humano. Y, entre otras cosas, porque un mundo autocomplaciente, egocéntrico y con cataratas espirituales lo único que hace es elegir el camino equivocado que le llevará a constantes y graves tropiezos.

Ser ciegos en el conocimiento de Jesús, de Dios, de su Palabra es una afección mucho más grave que ser ciegos para reconocer los colores.

¿Crees en mí? Nos pregunta Jesús en este domingo de la alegría. ¿Qué le contestamos? Empecemos por decirle: ¡Señor que te vea! ¡Y, luego, daré gracias por conocerte, por verte y por curarme de tantas dolencias que afectan a mi pensamiento, corazón, alma o espíritu! ¡Señor, que te vea! ¡Y, luego, dame la fuerza necesaria para defender tu señorío frente aquellos que dicen que, las cosas en la vida, ocurren por casualidad o por simple azar!

Digo creer en Ti, y a lo mejor estoy viviendo como si no existieras.

Pretendo caminar por tus sendas y a lo mejor no palpo tu presencia.

Presumo de conocerte y a lo mejor apenas escucho tu Palabra.

Digo que ¡nadie hay como Tú! Y después a lo mejor me apunto a cualquier mesías de los tantos que pululan en la sociedad.

Confieso de palabra que te sigo, y a lo mejor tiemblo cuando las dificultades asoman.

¿SERÉ ACASO YO TAMBIEN CIEGO, SEÑOR?

 

Volver
Carmelitas de San José

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies