Ecos del Evangelio

21 agosto, 2017 / Carmelitas
Señor, socórreme

DOMINGO XX T.O. CICLO A 2017

El evangelio de hoy nos resulta duro y chocante, casi parece estar en contradicción con el más grande de los postulados de Jesús: el amor incondicional a todos los hombres sin distinción alguna.

En un primer momento, Jesús no accede a los ruegos de una mujer que no pertenecía a su pueblo ni a su religión: era una sirofenicia pagana. Y, sin embargo, cuánta necesidad tenía ella de ver curada a su hija.

Llama poderosamente la atención que, no contento con eso, Jesús justifica su actitud diciendo que había venido solamente para las ovejas descarriadas de Israel, y como esto no bastaba para convencer a la mujer, la trata como a aquel perrito que se acerca a la mesa del amo para recoger algunas migajas. Finalmente, vista la fe de aquella mujer, le concede lo que le pedía.

Este episodio refleja muy bien la situación de la primitiva Iglesia que no se consideraba abierta a los pueblos paganos sino solamente como la consumación de la historia de Israel.

Es cierto que los profetas habían vislumbrado el carácter universal del mesianismo, tal como lo dice la primera lectura: también los extranjeros vendrían al Monte Santo, a la Casa de Oración, para ofrecer sus sacrificios y oraciones, aceptando previamente el cumplimiento de la alianza y del sábado. Pero nunca se tomó esto muy en serio…; el peso de la raza era demasiado fuerte.

Para comprender el evangélico de hoy, debiéramos comenzar por el final. Jesús accede a curar a aquella mujer, vista su gran fe.

El caso de la cananea no era distinto al de los demás judíos que se acercaban a Jesús: de no mediar la fe, no había nada que hacer. Tampoco a ella se le concede el milagro porque sí; Jesús no acepta ser considerado como un ser taumatúrgico sin más: interpreta que debe entablar una relación distinta con quienes lo sigan o le pidan algo.

En definitiva: el Reino de Dios llega a todo hombre que se abre a la fe. En este sentido, el relato de hoy puede ser visto como un primer esbozo de la universalidad del Reino que, como bien sabemos por los Hechos y por las Cartas de Pablo, tardó muchísimo en ser aceptado por los apóstoles y por la iglesia judía.

El evangelio es pues una llamada a la conciencia universalista de la Iglesia que debía recorrer aún mucho camino, y aún lo debe hacer, para superar esa barrera que ciertamente existe en la relación con los pueblos de otras razas y credos.

Decía, pues, que la aceptación de la mujer se fundamenta en su actitud de fe. Es eso lo que puso a prueba Jesús con sus constantes negativas para concluir con una alabanza que nunca destinó a ningún miembro de su raza: “¡Qué grande es tu fe!En la fe de la cananea se prefiguraba la gran fe de los pueblos paganos que superaron a los judíos en la acogida del Reino.

Hoy en la 2ª lectura, el mismo Pablo se duele, como judío que era, de la obstinación de su pueblo en rechazar la llamada del Reino, si bien no pierde la esperanza. Fue esa negativa lo que condicionó favorablemente el contacto de la Iglesia con los no judíos…

Los cristianos seguimos representando un escaso porcentaje de la población mundial, pero eso no nos impide sentirnos el auténtico pueblo de Dios, depositario de su salvación frente al mundo de las tinieblas que está más allá de nuestras fronteras.

Pero este evangelio nos hace caer de nuestras fatuas cavilaciones. Si lo único importante es la actitud de fe de aquella mujer, bien podemos hacernos dos preguntas: 1ª- si nosotros vivimos con autenticidad la fe de Jesucristo; 2ª- si esa actitud humilde y confiada en Dios no la encontramos también fuera del mundo cristiano.

El caso de la cananea muestra lo mismo que el del centurión romano, que la fe en Dios es perfectamente compatible con una situación de paganismo. Por lo tanto, la universalidad del Reino no debe confundirse con la universalidad de la Iglesia. No es cuestión de números y estadísticas de bautizados, sino de gente que vive en una actitud sincera y humilde ante Dios. ¿Esto es tan difícil de entender?¿Cuanto tiempo tiene que pasar para dejar de lado tanta estadística y asumir que se trata de convencimiento , de fe?

Es aquí donde nuestros prejuicios pueden jugarnos una mala pasada. Hasta puede parecernos absurdo que el Reino se manifieste fuera de nuestras estructuras en aquellos «perritos» que tímidamente se acercan a nuestra mesa muy bien servida.

Estamos demasiado acostumbrados a identificar el cristianismo con lo que siempre se hizo , con los ritos y normas en las que hemos crecido y considerarnos los depositarios de la fe. Los “otros” se tiene que adaptar(¡pero que falacia la que vive el cristianismo de occidente!)

Como en tiempos de Jesús, también ahora no es una cuestión de fe en el Reino lo que nos encierra, sino un problema de prestigios, de nacionalidades, de intereses históricos e incluso económicos. En definitiva: una cuestión de poder.

Hoy, a la luz de este evangelio, debemos considerar nuestro viejo tabú con referencia a los que no son cristianos. Podemos darles el nombre que queramos siempre que los sintamos mucho más hermanos que antes, en la medida en que también ellos viven aquella sinceridad de corazón, aquella búsqueda del Reino y aquella fe confiada en Dios que es la característica de la auténtica religiosidad.

No se trata de preguntar «si todas las religiones son iguales». Ciertamente que no lo son, pues saltan a la vista sus diferencias. Pero sí importa descubrir que aun en esas diferencias se puede manifestar el único Reino de Dios.

También puede preocuparnos que se hable de fe en personas que ni siquiera conocen a Jesucristo. Aquí, una vez más, no debemos confundir nuestra miopía con la mirada profunda de Dios. No creamos que porque conocemos dónde nació Jesús o cómo vivió y porque nos llamamos cristianos, todo está resuelto en favor de nuestra pertenencia al Reino…

Dejemos a un lado esa vieja manía de preguntarnos cómo hace Dios para que su Reino llegue a todos los hombres. Hagamos nosotros todo lo necesario para que, al menos, nos llegue a nosotros. Dios tiene sus caminos para que ninguna «cananea» se quede con las manos vacías teniendo una “fe tan grande”.

Muchas son las fronteras que el cristiano tiene que atravesar para encontrarse con el Reino de Dios; pero, quizá, ninguna tan difícil como las fronteras de los prejuicios y del orgullo religioso.

Dejemos de plantear los problemas desde el punto de nuestro interés. Poco importa ahora saber quién tiene razón o quién sabe más de religión. La respuesta de Jesús es clara: importa la fe. La fe elimina las barreras raciales y religiosas. La fe es dejar que Dios obre como mejor le plazca; entretanto, nosotros dejémonos conducir nuestra vida por un evangelio que supera todas las miopías.

Muchos personas están fuera porque no hemos sabido acogerles, porque les hemos exigido un cambio de cultura, de actitud ante la vida, que ni el mismo Cristo ha pedido. Les hemos pedido una “circuncisión” que ya fue abolida por la ley de libertad que Cristo ha implantado de una vez para siempre.

*Pidamos al Señor, porque a veces le pedimos cosas muy poco serias, que nuestra fe sea sólida. Que no haga aguas a pesar de los torpedos que recibimos de un lado y de otro.

*Pidamos al Señor, porque a veces somos muy variables, que nuestra fe y nuestra oración sean constantes. Que no sea hoy “sí” y mañana “no”. A un padre se le quiere las 24 horas del día. Y, a Dios, se le gana por donde más se pierde: por el inmenso amor que nos tiene.

*Pidamos al Señor que, nuestra oración, sea insistente. Como el rezo del rosario, como los besos de los enamorados, como los piropos de todo un pueblo a su Patrona o a su Patrón que, al lanzarlos al viento, saben que alcanzan –tarde o temprano- los favores implorados.

Seria una lástima que muchos cristianos nunca cambien y, al final les suceda como a la cananea: una “infiel” fue la que recibió la ayuda de Jesús, mientras que los fieles, seguros de su “fidelidad”, dejaron pasar la oportunidad.

Dice un escritor español que: la Iglesia española actual es como un ejército con malos oficiales. “En cualquier ejército, si al frente se ponen oficiales que actúan como gallinas distraídas, sólo atentas al estipendio y al escalafón, inevitablemente se cosechan derrotas. Entonces la tropa termina pasándose al enemigo (por inercia, por desfondamiento, por compadreo, por cobardía o ansia de medro); y los pocos fieles que no se pasan, son inevitablemente triturados”.

Ahí dejo este comentario, porque cualquiera con ojos, oídos y con los pies en el suelo, lo suscribe. Yo por lo menos sí.

 

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