Ecos del Evangelio

26 enero, 2019 / Carmelitas
El Señor vino para dar vida

DOMINGO III T.O. CICLO C 2019

¿Que evangelio leen quienes se dedican a hacer de las homilías una descarga inmisericorde de leyes ,preceptos, miedos y condenaciones y no un anuncio de Salvación y Liberación, que es lo que Cristo vino a regalarnos!¿Pero es posible tal desfachatez? Al fondo de cada templo debiera encenderse, al momento de la homilía, una pantalla gigante con la severa advertencia de Jesús: “Atan cargas pesadas a los demás y ellos no mueven un dedo para llevarlas”

Es un hermoso Evangelio el de este domingo para el hombre de hoy, y para el de todos los tiempos. En él se habla de Buena Noticia para los pobres, de liberación y de gracia para todos. Jesús quiso hacer esta especie de declaración programática de liberación al visitar por primera vez Nazaret, su pueblo, y no una lista de preceptos y leyes.

La idea de liberación, de libertad, está presente en todo el Evangelio y lo está en el Antiguo Testamento también. Cada vez que Dios se acerca al hombre lo hace para ”liberarlo” y, desde luego, cuando se acerca Jesucristo, cumplida ya la plenitud de los  tiempos, es un signo evidente de que la liberación definitiva ha llegado.

Curiosamente, sin embargo, muchos han hecho con insistencia machacona y con todas las honrosas excepciones que se quieran admitir, del Evangelio y su mensaje, no un mensaje de liberación, sino una ideología de dominación. La historia es una buena prueba de ello. Aunque sería más exacto decir que esta dominación se ha intentado y a veces se ha conseguido no con el Evangelio en la mano, sino con la “religión en la mano”. Es decir, con sus leyes y normas.

Vino Jesucristo precisamente a liberar al hombre, a conseguir que fuera eso, hombre; que fuera capaz de utilizar lo que lo distingue de los animales, es decir, su inteligencia y su voluntad con rectitud.

Vino para conseguir que el hombre fuera capaz de alzarse contra él mismo, y que penetrase hasta lo íntimo de su ser para desechar lo que de viejo y feo tiene y que aflore lo que tiene de espléndido y admirable.

Vino para que el hombre fuera capaz de arrojar lejos las cadenas del egoísmo que le envuelven, y que le hace olvidar olímpicamente y hasta maltratar a sus semejantes y a la naturaleza.

Vino para que fuera capaz de sentirse, con todas sus consecuencias, hijo de Dios y hermano de los hombres.

Vino para liberar al hombre en su totalidad, a fin de hacerlo apto para construir “hoy y aquí” el Reino de Dios que Cristo anunció y quiso construir como tarea prioritaria de su vida.

Vino para liberar al hombre de lo que llamamos “pecado” y que consiste en subvertir la escala de valores y en lugar de buscar el Reino de Dios y su justicia buscar la propia satisfacción por encima de todo.

Vino para que al liberar al hombre, desapareciera  en la tierra el odio, la extorsión, la discriminación, el chantaje, la mentira, y todo dolor innecesario causado  directamente por el hombre contra el hombre: la injusticia, la miseria, la opresión, la intolerancia.

Vino para construir el hombre nuevo, capaz de colaborar en la realización de la nueva tierra y de los cielos nuevos.

¿Se entiende para que vino? ¡Que no vino a imponer más normas, leyes y condenas sino para ofrecer amor y mas amor!¡Haber si queda claro para tanto sesudo y sabiondo predicador! Conviene pensar serenamente en este párrafo del Evangelio de hoy y saborear la escena en un momento como el que vivimos en la actualidad, en la que proliferan los “liberadores” y las “libertades”, pero solo para los que piensan como ellos.

Nunca se ha hablado tanto de liberar al hombre como ahora. Estamos rodeados de no pocos liberadores que nos quieren liberar para gozar del sexo, de la vida, de cada momento que se nos escapa de las manos y apurarlo hasta sus últimas posibilidades. Nunca, sin embargo, ha estado el hombre más prisionero de sí mismo, prisionero precisamente de aquello que muchos mandamases llaman liberación y que no es más que esclavitud.

Esta  liberación que nos predican y anuncian tantos mesías como pueblan nuestra sociedad, están dando trágicos resultados: vidas rotas en plena juventud; hastío cuando  apenas comienza la vida y todo debería ser una ilusión espléndida; placer sin limitaciones que acaba por convertir a muchas personas en simples animales de instinto ;  violencia moral al imponer ideologías que lo único que aportan son recortar la libertad y manipular la dignidad de las personas ;  hambre de la que es posible morir en nuestras civilizadas y estupendas ciudades; frío del que  también se muere a nuestro alrededor; soledades inmensas que llenan de vacío  nuestras populosas ciudades; injusticia que se traduce en pobreza y paro institucionalizado. Estos son los frutos de la liberación que nos anuncian muchos mesías de turno.

Frente a ellos, se alza majestuosamente Jesús, con la Escritura en la mano, anunciando que real y verdaderamente comienza con Él la auténtica y total liberación del hombre; una liberación que supone romper las cadenas personales que a cada uno aprisiona, para conseguir que cada uno sea lo que debe ser.

Y un cristiano, “lo que deber ser” es ser un sincero y verdadero hijo de Dios, con toda la exigencia que esa realidad comporta. Si cada cristiano pudiera decir que ese trozo de Escritura que hoy Jesús leyó ante los suyos, comienza a cumplirse en su propio ser, se habría dado un paso de gigante para la verdadera liberación del mundo.

Y resulta curioso que, para demostrar que Cristo era el Mesías no quiso, al deslumbrar a los de su pueblo. Si no que hizo una afirmación clara y terminante acerca de su propia persona y a lo que venia: ” a evangelizar a los pobres, a pregonar a los cautivos la remisión y a los ciegos la vista; a dar la libertad a los oprimidos y a ofrecer

Cada vez que una persona trabaja para que los hombres conozcan de verdad el Evangelio; para que sepan que son hijos de Dios y hermanos de los otros; para que haya mas altura de miras y de horizontes; para que sea posible juzgar las cosas de aquí abajo con unos baremos que a veces nada tienen que ver con las corrientes al uso. Cada vez que esto ocurre se “está cumpliendo esta escritura” de la que habla Cristo.

Cada vez que una persona se esfuerza por conseguir la remisión de los cautivos; cada vez que lucha por un orden social más justo en el que el hombre sea hombre y no cosa, persona y no objeto; un orden en el que se oigan las voces y se valoren las ideas por encima de los intereses de clase, por la verdad que encierren y no por la demagogia que destilan; un orden en el que se haga imposible el autoritarismo a ultranza para dar cabida a una pluralidad de posturas y de aptitudes… Cada vez que esto sucede, “se está cumpliendo esta escritura” de la que habla Cristo.

Cada vez que una persona intenta que los hombres vean por encima de la miopía del dinero, del poder, de la comodidad, del orgullo, del placer de ese “yo” tan bien cuidado que muchos se fabrican, aunque lo envuelvan en papel de celofán para aparentar lo contrario. Cada vez que esto sucede, “se está cumpliendo esta escritura” de la que habla Cristo.

Cada vez que una persona pregona a los cuatro vientos “un año de gracia del Señor”, un año interminable en el que, por fin, acabemos de ser lobos para el hombre; en el que acabemos de ver al otro como un enemigo al que hay que perseguir –física o psicológicamente- porque es nuestro rival en el ascenso, en el trabajo, en la ideología, en los varios aspectos de esta sociedad competitiva que nos arrastra a todos y nos confunde en su vertiginoso galopar. Cada vez que esto sucede, “se está cumpliendo esta escritura” de la que habla Cristo.

Cada vez que una persona trabaja para que los hombres no sean destruidos por ideologías que justifican el dolor, la miseria y el horror de un enfrentamiento en las sociedades y los pueblos… Cada vez que esto sucede, “se está cumpliendo esta escritura” de la que habla Cristo.

Cada vez que una persona proclama que es preciso darse la mano de verdad, olvidar rencillas, rencores y posturas irreconciliables; que es preciso acercarse sin temor ni reservas al prójimo y sentarse con él y compartir la mesa y el bolsillo. Cada vez que esto sucede, “se está cumpliendo esta escritura” de la que habla Cristo.

Desde Isaías hasta Jesús, al programa le quedaba todavía mucho por cumplir. Desde Jesús hasta nosotros, qué duda cabe que millares de hombres en la tierra se han esforzado por realizarlo. Y tampoco cabe ninguna duda de que millares más lo intentarán cumplir.

Pero de lo que podemos estar seguros es de que a nosotros-si a los que estamos aquí- nos cabe una buena parcela y una inexcusable responsabilidad en el hecho de que HOY, HOY mismo, pueda o no cumplirse “esta escritura”.

Dicho de otra manera:
Que no podemos tomar en serio a Dios, sin creer en el Hombre.
Que no podemos dar gloria a Dios, si no es amando al Hombre.
Que no podemos hacer bien al Hombre, sin tomar en serio a los más pequeños y oprimidos.

 

 

 

Volver
Carmelitas de San José

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies