Ecos del Evangelio

2 febrero, 2017 / Carmelitas
Sois la sal de la tierra

DOMINGO V T.O. CICLO A 2017

Todo el evangelio en su conjunto no tiene desperdicio, pero hay narraciones como la de hoy, que son especialmente importantes y serias y que deben servirnos para discernir por donde va nuestro seguimiento de Cristo.

Muchos se presentan como la sal y la luz de nuestro mundo: políticos con vocación de salvadores; científicos con complejo de creadores; médicos con pretensiones de ser amos y señores de la vida y de la muerte; pensadores que se tienen conocedores de todos los misterios del hombre; teólogos y hombres de Iglesia que se sienten poseedores de los misterios y la verdad de Dios…; todos pretenden saber la verdad sobre todo lo humano y lo divino y, por tanto, se creen capacitados para conducir a la gente, gente que solo tiene que obedecer. Vayamos a desenmascarar la realidad que nos envuelve.

1- Nuestro mundo está construido sobre la conveniencia personal.

Todo lo que a uno le conviene es bueno, lo que no le conviene es malo; y esto se convierte en uno de los máximos criterios de discernimiento: la propia conveniencia, el propio interés, lo que me vaya bien a mí, lo que me apetezca.

El yo, en definitiva, por encima de todo y de todos. Y, además, elevado a nivel de categoría, de valor fundamental. Desde esta óptica, claro, hemos llegado a lo que estamos: todo está permitido, todo es bueno con tal de que me convenga; ése es el criterio de discernimiento, eso es lo que se invoca a la hora de escoger, de valorar, de tomar decisiones.

2- Nuestro mundo también está construido sobre la exigencia de los derechos.

Hablar de deberes ni pensar, los deberes para los demás. Pero en cambio si de los derechos y sólo de los derechos. Hay derecho a la huelga, pero no hay deber de respetar que otros no quieran realizar una huelga. Hay derecho de usar libremente del propio cuerpo, pero no existe el deber de ser responsable con las consecuencias que esto pueda traer, las consecuencias e “inconvenientes” se eliminan. Hay derecho a expresarse libremente pero no hay deber de respetar al prójimo que no piensa como yo. Hay derecho de ejercer libremente las tareas informativas, pero no hay deber de hacerlo responsablemente diciendo la verdad.

3- Nuestro mundo está construido por el supuesto valor moral de lo mayoritario.

Si la mayoría lo hace, es bueno; si la mayoría lo dice así será. Si la masa acepta tal cosa, tal cosa se necesita. Si los políticos consensúan una cosa, ésa es la buena. Si todos piensan así, ése es el pensamiento adecuado. Si la mayoría lo rechaza, es malo. Si a nadie le gusta, no es bueno. Si nadie lo quiere, es rechazable.

Pensemos en lo fácil que es manipular la opinión pública y las consecuencias que podemos sacar son de pesadilla. Nada es definitivamente bueno o malo, todo depende del sentir de la mayoría, o lo que es lo mismo, de la moda, de lo que se lleve (y, en el fondo, de lo que algunos espabilados manipuladores quieran que esté de moda, se lleve, o sea opinión de la mayoría).

Pues hoy el evangelio es muy claro para el cristiano que quiera escucharlo:

Vosotros sois la luz del mundo, vosotros sois la sal de la tierra. Veinte siglos han pasado desde que Cristo pronunció esta frase dirigida, a través del tiempo a todos sus discípulos. Y el mundo ha sido y es un brusco contraste de luces y sombras y un espectáculo a veces impresionante de corrupción.

Lo innegable es que, en demasiadas ocasiones, la zona oscura la han ocupado no pocos cristianos tan ricamente. No es evidente que muchos cristianos sepan cómo y cuándo se ha de ser luz y sal. Pero las dudas, que podamos tener las disipa hoy Isaías con unas frases que son un auténtica traca, con una página que parece, por su vigor y su tono incisivo y directo, arrancada de la propaganda de cualquier movimiento reivindicativo al uso.

Ser luz es: compartir el pan, y el techo y el vestido. Ser sal es desterrar la opresión, el gesto amenazante y la maledicencia. No se puede decir más en menos. Y, naturalmente, añado. Es hacer todo esto por Dios.

Y ahora vienen una serie de preguntas que se le pueden ocurrir a cualquiera:

¿Almacenan los cristianos el pan en la alacena mientras cientos de estómagos carecen de él? ¿Cierran los cristianos con abundantes llaves su techo mientras otros hombres viven en chabolas o viviendas miserables donde apenas pueden ser personas? ¿Consideran los cristianos al hombre, a cualquier hombre, como de su propia carne y los miran y lo quieren y lo atienden como si de si mismos se tratara?

¿Han sido los cristianos capaces de trasmitir al mundo, con gesto amable y alegre, el contenido del mensaje cristiano sin tratar de imponerlo con la espada? ¿Viven los cristianos codo a codo con los hombres sus diarios problemas y participan activamente de ese entramado de gozo y dolor que es la vida de todo ser humano? Evidentemente hay muchos,, muchísimos que almacenan, cierran, poseen, desprecian e imponen. Luego, no son luz ni sal.

El cristianismo ha estado lejos, en muchas ocasiones, de ser luz y sal, porque la luz y la sal deben estar en la fábrica, en el despacho, en la oficina, en el tajo, en la tienda.

La luz y la sal tienen que estar en la diversión, en el paseo, en el problema concreto, en la cuenta corriente, en el sistema fiscal justo, en la política honestamente concebida y realizada, en la política que busca el bien común por encima del sillón y del escaño.

La luz y la sal están en el trato sencillo y amable, en las manos que se tienden con comprensión, sin imposición y sin esperar nada a cambio.

La luz y la sal no pueden ser para el cristiano sólo el culto; no es luz y sal el hombre rezador aislado de sus semejantes. No es luz y sal el hombre que llama a Dios Padre y no tiene a los hombres por auténticos hermanos.

Algo ha pasado con el cristianismo cuando la sal y la luz la ponen, en demasiadas ocasiones, hombres que no parten de Cristo, ni pretenden llevar la humanidad hacia Dios. Creo, sinceramente, que si el cristianismo no se hubiera cerrado tan ostentosamente a su propia carne, nadie hubiera podido arrebatarnos la bandera de la liberación ni de la justicia que nos propone el evangelio. El problema es serio y conviene meditarlo.

En ningún lugar del evangelio se dice que el ser cristiano, sea fácil. No hay más que abrir el álbum fotográfico de los primeros seguidores de Jesús, de los apóstoles, de los santos, santas y mártires de los primeros tiempos, o incluso de los incidentes y reacciones que causan las palabras del evangelio cuando se predican tal cual sin añadirles agua, para que levanten ampollas.

Ser sal y luz, implica ser fuertes hasta el final. Valientes y coherentes con todas las consecuencias. O lo que es lo mismo. Lo decisivo no es tener hombres y mujeres bien formados doctrinalmente sino ser testigos vivientes del evangelio.

Creyentes en cuya vida se pueda ver la fuerza humanizadora y salvadora que encierra el evangelio cuando es acogido con convicción y de manera responsable.

El cristianismo ha confundido demasiado ligeramente la evangelización con el hecho de querer que se acepte socialmente «nuestro cristianismo». Por eso, las palabras de Jesús que nos urgen a ser «sal de la tierra» y «luz del mundo» nos obligan a hacernos preguntas muy sinceras y serias.

¿Somos los creyentes una «buena noticia» para alguien? Lo que se vive en nuestras comunidades cristianas, lo que se observa entre los creyentes, ¿es «buena noticia» para la gente de hoy? ¿Para quiénes?

¿Ponemos los cristianos en la actual sociedad algo que dé sabor a la vida, algo que purifique, sane y libere a los hombres de la descomposición espiritual, de la violencia enquistada en nuestro pueblo, del egoísmo brutal e insolidario?

¿Vivimos algo que pueda iluminar a las gentes en estos tiempos de incertidumbre y ofrecer una esperanza y un horizonte nuevo a quien busca salvación?

La crisis de fondo de cualquier época- también de esta- es siempre la perdida de los valores espirituales de la sociedad y a la que se han apuntado muchos cristianos. Y no hay que tener miedo a decirlo porque es así.

Como solución a la crisis de la fe en Dios, hay que ir al redescubrimiento de la verdadera imagen de Dios: “la del Dios de acá, en lugar del Dios del más allá” La del Dios Padre misericordioso, en contra de ese Dios que nos enseñaron omnipotente y castigador, siempre dispuesto a condenar.

Jesús ha traído a Dios de “aquella” orilla a “ésta”.Y al traerlo, la fe de muchos cristianos ha quedado descolocada, con el pie cambiado. Pero si queremos conocer como es y como actúa nuestro Dios, no tenemos mas, que escuchar y seguir el camino que Cristo nos enseña en el evangelio, así de simple. Y hoy nos llama a ser sal y luz del mundo, tal como Él lo fue.

¿Y tu que lees este comentario lo eres?¿De verdad? Piénsalo y contrasta tu vida con el evangelio antes de contestar.

 

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