Ecos del Evangelio

11 enero, 2020 / Carmelitas
SOLEMNIDAD DEL BAUTISMO DEL SEÑOR. CICLO A

ESTE ES MI HIJO AMADO, EN QUIEN ME COMPLAZCO

 

 

Hoy con el Bautismo del Señor culminamos el ciclo litúrgico de la Navidad e iniciamos el Tiempo Ordinario, un tiempo que nos puede parecer rutinario dentro de la Iglesia, porque quizás no hay grandes celebraciones, pero en realidad, nos desarrolla toda la vida pública de Jesús, una vida cargada de sorpresas, por todo lo que el Señor nos va dando a conocer sobre Él y el Padre a lo largo de su vida. Dichas sorpresas quizás no siempre pueden parecernos positivas y alentadoras, ya que el Señor en muchas ocasiones, nos parece tener un comportamiento duro con nosotros, pero todo ello es para que podamos comprender su mensaje de salvación.

 

“Se presentó a Juan para que lo bautizara” que acto de humildad y sencillez el del Señor, hace ocho días los magos de Oriente nos invitaban a adorarlo y a reconocerlo como Rey del mundo; hoy, este mismo Rey sin dejar de ser lo que es, se pone ante uno que está por debajo de Él para que lo Bautice. Con este ejemplo, el Señor nos enseña que en nuestras vidas el tener títulos no es para estar por encima de los demás, pues por muchos estudios y cargos que podamos tener, los demás siempre nos pueden aportar grandes cosas, aunque a primera vista puedan parecer insignificantes.

 

«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?» Juan sabe cuál es su lugar, él en ningún momento pretende ocupar el sitio del Señor, pero conviene que sea él quien inicie una nueva etapa en la vida de Jesús.

 

Juan es el precursor, es quien ha preparado sus caminos y por tanto debe dejar de hacerle preguntas y hacer lo que Él le pide para dar “cumplimiento a toda justicia”. Para el Precursor quizás no es nada fácil hacer la voluntad del Señor porque sabe que su bautismo es con agua, de purificación, de conversión, y Jesús al ser el Hijo de Dios no necesita de ello, aunque sí que es necesario para que una vez más, se nos manifieste quien es Jesús y de donde viene.

 

Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Con el bautismo, a Jesús se le abrieron los cielos y fue invadido por la presencia del Espíritu de Dios que todo lo penetra, todo lo invade, todo lo transforma.

 

Nosotros los cristianos al participar de la Divinidad del Padre por el Hijo en el Sacramento del Bautismo, también se nos abren las puertas del cielo y al mismo tiempo el Espíritu Santo empieza a habitarnos. Por el bautismo, Jesús nos hace partícipes de todo cuanto el Padre le ha dado, por eso, necesitamos hacernos conscientes de este don tan grande que hemos recibido para no dejarnos llevar por el espíritu del mal; nos dice San Pablo que los bautizados “somos coherederos del Reino de Dios” y por tanto hemos de aprender a administrar dichos tesoros que serán los únicos que el Padre tendrá en cuenta el atardecer de la vida.

 

Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» Que misterio tan profundo es el que se nos comunica, una voz desde lo alto revela que Aquel sobre quien posa el Espíritu Santo es el Hijo de Dios; por primera vez vemos en el Evangelio de Mateo la presencia de la Santísima Trinidad actuante y operante: el Espíritu que se posa sobre el Hijo y la voz (Padre) que habla reconociendo que Jesús es el Hijo en quien Él se complace, es a quien ama. Por eso todos los bautizados aprendemos a conocer el amor incondicional del Padre para con nosotros, amor como ese no hay otro, es un amor que purifica, limpia, perdona, salva, etc…

 

Un sacerdote carmelita en una conferencia hacia las siguientes preguntas:

– ¿Quién sabe que es hijo de Dios?

– ¿Quién se siente hijo de Dios?

– ¿Quién vive como hijo de Dios?

 

Son tres preguntas a las que los oyentes en la primera, todos levantaron la mano; en la segunda unos cuantos, y en la tercera nadie; porque vivir como hijos de Él no es tan sencillo. Sabemos que es importante saber nuestra identidad y sentirla, aunque eso no es suficiente, porque lo que realmente cuenta, es nuestra forma de vivir de acuerdo a lo que se nos ha dado.

 

Jesús vivió de acuerdo a la voluntad del Padre, renunció a muchas cosas porque sabía que eso no estaba de acuerdo al plan salvífico que Dios tenía preparado para la humanidad por medio de Él. Jesús se sabe amado en todo momento por el Padre, y es eso lo que quiere que nosotros aprendamos a descubrir en cada momento de nuestra vida, su amor incondicional, un amor que implica vivir según Él, es decir, con fidelidad a la alianza hecha con nosotros.

 

 

Hna. Yina Marcela Rubiano Cabiedes CSJ

 

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