Ecos del Evangelio

15 julio, 2021 / Carmelitas
SOLEMNIDAD DE LA VIRGEN DEL CARMEN

Hoy el CARMELO iluminado

con la esplendorosa fiesta de la VIRGEN SOBERANArebosa de alegría…

 

 

 

Hoy en la Solemnidad de nuestra Madre a nivel del Carmelo, mes por excelencia Mariano.

 

En las lectura tanto como en Evangelio, tenemos la preferencia de llamarnos, hijos de María, como Cristo mismo quiso que le llamáramos Madre, cuando le dice a Juan allí tienes a tu Madre, ¡Que Bonita palabra!

 

 

Unión filial que Cristo nos da, cuando dice al discípulo: “allí tienes a tu madre», nosotros como Juan también recibamos a María y llamémosla Madre. Acojamos a María en nuestro corazón y pidámosle que sepamos acoger, a los demás, como ella, supo acoger desde el principio a su propio Hijo.

 

 

En el Salmo, que más bien es un himno, que viene en la liturgia de las horas, primeras vísperas de la III semana también nos dice: nos ha destinado, por pura iniciativa suya a ser sus hijos, tanto el Evangelio, como el salmo une una unión filial con el Padre y con la Madre, ¿Cómo no vamos a sentirnos orgullosos de tan grande rango? ¡Qué privilegio tan grande! El de llamarnos hijos de Dios. Heredamos tal filiación, por parte de ambos, como si fuesen ellos nuestros progenitores y así se nos dan. Sintamos esa filiación, y no solo sentirla sino vivirla, como hijos tales. Entonces cuando nos sintamos de verdad hijos de María y hermanos de Cristo, es cuando tengamos esta pertenencia filial y en la fe.

 

 

LA ACOGIDA DE MARÍA.

 

María nuestra madre, nos acoge, no dice: este no es mi hijo, sino que escoge la voluntad de su hijo como cuando acogió el anuncio del Ángel. Así también, Juan, la acoge y se la lleva consigo a su casa.

 

Nosotros debemos tener esa apertura para acoger a tan gran Madre, como es María. Juan como hijo quiere a María, ¿Nosotros también acogemos a María en nuestra casa? Con un símil de comparación, ¿La acogemos en nuestro corazón? ¿Cómo es nuestra acogida, generosa, hospitalaria o bien por qué no nos queda de otra? Como se dice de María, apliquemos este mismo sentido para nuestros hermanos.

 

Acojamos a María, que ella es buena compañera en nuestra vida diaria. Con ella no perderemos la esperanza… y menos el camino.
En la acogida hay dos vertientes
1) el que acoge y la
2) quien se siente acogido.

 

En la primera es tan primordial como la segunda, la persona que acoge ha de tener esa apertura para acoger, es decir tiene el corazón y la puerta abierta para poder acoger, sin embargo, quien es acogido ha de ser receptivo a la acogida, pero también la persona acogida percibe esa acogida calurosa o bien de mala gana… Quién acoge desarrolla la capacidad para la que hemos sido creados amar a nuetros hermanos y esto no surge como la magia, no, sino más bien por qué también te sientes amado por ese Amor Infinito.

 

 

María, la primera en acoger, acoge el mensaje del anuncio del Ángel, acoge a Juan al pie de la cruz, su vida fue una continua acogida. Desde el principio al final, pensemos un momento en esa acogida cálida que María daría a quienes se acercaban a su casa. Aquí vemos la acogida en las personas. La acogida en la palabra en el anuncio del Ángel y en esa palabra, acoge a la Palabra con mayúscula proveniente de Dios. Y al final en la Cruz acoge la Palabra de su Hijo, cuando dice: “mujer allí tienes a tu hijo»
¿Qué acogida daría María? Una acogida muy calurosa, delicada, una acogida desde la ternura, bondadosa… tanto que quienes serían acogidos, se les pasaría el rato volando.

 

Madre, enseñamos a acoger a los hermanos, no porque me sea simpático, sino porque también es tu hijo y hermano nuestro. Que nuestra acogida sea por lo que las personas son en sí, no por los beneficios que me podría aportar, que nuestra acogida sea sincera, sencilla, afable, llena de ternura y mansedumbre. Siempre pensando que a quien acogemos, acogemos al mismo Cristo dejemos nuestros prejuicios para con los demás. Cuándo sea así, entonces, solamente entonces, estaremos en el camino correcto. Ese camino que es arduo, pero no difícil.

 

¡Con cuánto amor! María dedicaría su tiempo a quienes les venían a visitar. Me imagino que cuando salía para cogerles se sentían como en casa, con toda la espontaneidad y sencillez que les recibía.

 

 

 

¡Oh Dios!, que das a unos dones especialicemos para la acogida, gracias por esos dones. Haz qué sepamos acoger a los demás sin prejuicios humanos, sino pensando que cuando acogemos al otro, te acogemos a Ti.

 

 

 

Hna. Enedelia García Calderón

 

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