Ecos del Evangelio

15 julio, 2016 / Carmelitas
SÓLO UNA COSA ES NECESARIA

DOMINGO XVI T.O. CICLO C 2016

Otro evangelio el de hoy, conocidísimo, pero a veces mal interpretado, incluso diría intencionadamente. ¿Qué nos quiere trasmitir este evangelio con la visita de Jesús a la casa de Marta y Maria y las dos actitudes diferentes de cada una de las hermanas? Lo que Jesús quiere decir es muy sencillo: Jesús dice a Marta que no se moleste demasiado, que no intente lucirse como suelen hacer todas las amas de casa cuando tienen algún invitado, que cualquier cosa que tenga es suficiente para comer, que ha venido a verles para hablar con ellas de Dios y de su Reino, y esto es lo que importa de la vida. Jesús no desautoriza la acción. El domingo pasado es la vida activa la que Jesús alababa en el buen samaritano. Para Jesús no hay oposición entre acción y contemplación: pero todo debe tener su raíz profunda en esa escucha atenta de la Palabra de Dios. Así, podemos llegar a ser «contemplativos en la acción» y «activos en la contemplación». Debemos dejar a un lado esas interpretaciones ya superadas del texto evangélico en las que se hacía del mismo una argumentación en favor de la “vida contemplativa” en detrimento de la “vida activa”.Pero también las equivocadas en detrimento de la “vida contemplativa”. Una mística tan reconocida como santa Teresa dice con su habitual gracejo, que, si todos hiciésemos como María, Jesús se quedaría sin comer. La mayoría de la gente, incluidos muchos cristianos, comprenden y admiran la labor humanitaria que desarrollan las órdenes religiosas dedicadas a la educación y a la atención de enfermos, huérfanos, desamparados, desahuciados, etc. Pero esa gran mayoría, incluidos cristianos, se muestran perplejos y no acaban de comprender a las órdenes religiosas entregadas a la “contemplación”. La ignorancia de la vida contemplativa, la escasa experiencia de la oración y, de otra parte, la seducción de una cultura profundamente utilitarista y materialista, favorecen todo tipo de prejuicios al respecto. ¿Para qué sirve que haya monjes y monjas, que vivan ocultos en silencio, dedicados a tiempo completo a la oración? Esa gran mayoría, de mentalidad científica, técnica, práctica y pragmática, también tienen serias dificultades para entender a los poetas, a los románticos y contemplativos de la naturaleza. ¿Para qué sirven? ¿Qué ventaja nos reportan? ¿Cómo se les computa el IRPF? ¿Qué hacen que podamos comprar en un supermercado? La gran mayoría de la gente, incluidos-repito muchos cristianos, de los países que se dicen desarrollados -¿no se en qué?- han sido absorbidos y masificados en la sociedad del consumo. Su mayor ilusión es ganar cada vez más dinero, para comprar más: casas, chalet, coches, más electrodomésticos, más acciones en bolsa, más moda, más engaños para rejuvenecer, más lo que sea. Viven para consumir, y tener una vida social, y si es con reconocimiento mucho mejor. El mundo no es para ellos más que un inmenso supermercado, en el que todas las cosas tienen un precio y una utilidad. Sólo valoran lo que se puede comprar y vender. Y así lo inapreciable, lo que más vale porque no se puede comprar con dinero, se desprecia, se menosprecia y se deja por inútil. ¿Para qué sirven los cielos, los mares, los bosques, las montañas, los animales de todo tipo? Interesa sólo la carne para comer o las pieles para vestir, pero se desprecia todo lo que no se puede “comercializar”, es decir, vender y comprar. Interesa la madera de los árboles o los minerales del subsuelo que son susceptibles de explotación. ¿Para qué sirven tantos millones de estrellas inalcanzables? ¿Para qué las aguas de los océanos? Y esta pregunta interesada, utilitaria, cicatera, embota lo mejor del hombre: su capacidad de admiración, de asombro, de contemplación respetuosa y placentera. No hay tiempo ni ganas de salir a contemplar las maravillas de la naturaleza. No hay tiempo ni ganas de callar y llenarse de gozosa contemplación ante el espectáculo gratuito y para todos que ofrece la naturaleza: el sol y las estrellas, los árboles y las hierbas y flores, las aves y los insectos, el horizonte sin fin, el azul del cielo, el verde del mar, la sinfonía de colores de la creación. Y así se procede despiadadamente contra la flora y la fauna, explotando, aniquilando, agotando, estropeando, degradando lo más maravilloso, lo que se ofrece a todos sin distinción de clase, de nación, de nivel de renta, de nivel cultural… Hay una infinita variedad de placeres y gozos menospreciados por el mero hecho de que no se pueden comprar y vender, ni comercializar, ni arrebatar a los pobres y explotados de la tierra. No es extraño que no se comprenda la vida contemplativa, pues nos hemos inventado un sistema de vida consumista, que a muchos les hacer perder de vista el espectáculo impresionante de un mundo lleno de maravillas. Y lo que es peor, quieren imponer ese ritmo de vida frenético e infernal a los demás, metiéndonos en el cerebro a través de los medios de comunicación, esa manera de vivir degradante en todos los sentidos Sobran los contemplativos, como sobran los poetas y los pensadores y los naturalistas y todos los que necesitan muy poco para disfrutar en un mundo sorprendente y maravilloso. Pero si un día fallan los poetas y los que rezan en silencio y los contemplativos, aquel día el hombre habrá dado el primer paso de regreso hacia sus antepasados los primates. Ese día habrá terminado la evolución y dará comienzo la involución, se pondrá punto y final al progreso y se iniciará el regreso a la deshumanización.¡Y creedme que no estamos lejos! Marta y María no son dos estilos de vida cristiana legítimos. Si fueran dos, querría decir que son separables, pero de su separación arrancaría su ilegitimidad. Marta y María son las dos dimensiones que toda vida cristiana debe tener: la oración y la acción. “Orat et labora” Marta y María. Una síntesis. No una contraposición ni una competición. Los cristianos que glorifican la oración, la alabanza la vida interior, la gracia, los carismas… hasta el olvido de la dimensión de la fraternidad en toda su densidad histórica debieran revisar su imagen de Dios. Porque ese Dios no es el de Jesús. Y no les puede bastar para justificarse un cierto compromiso de fraternidad en el ámbito de las relaciones privadas, íntimas, burguesas. El Reino de Jesús iba más allá. Y los cristianos dados con empeño a la transformación del mundo y de sus estructuras, a la lucha por la justicia, a la acción política en todas sus formas, hasta el olvido de la oración, la liturgia, la vida interior… deberían a su vez revisar su concepto del Reino. Porque ese Reino tampoco es aquél por el que vivió y luchó Jesús. Jesús le aclara a Marta cuáles son los obsequios que Él desea. Y se lo dice con mucho amor y ternura. Pero le deja las cosas claras. Le dice que lo que Él espera no es un aluvión de obsequios, sino el seguimiento de su Palabra. Lo que Él quiere es que le prestemos atención de verdad. Y eso se hace escuchando su Evangelio y viviéndolo a fondo. En la oración, en la entrega personal, en el amor a Dios y a los demás, en el anuncio de la Buena Nueva. De hecho, a lo largo de la historia de la Iglesia, a menudo ha sucedido que ha parecido más importante agradar a Jesús con cultos, imágenes o grandes construcciones que obsequiándolo como Él quiere: sentándonos a sus pies para escuchar su Palabra, para hacer que su Palabra guíe de verdad nuestra vida. No hace mucho tiempo, visitando a un enfermo que se encontraba rodeado de toda su familia, observé cómo sus hijos se afanaban en agasajarle con todo lo mejor. En un momento dado una hija le preguntó: “¿padre, estas bien?, ¿quieres algo más?” Después de una breve pausa y con voz débil, el padre, les contestó: “simplemente quiero estar con vosotros; no me hace falta nada más”. A aquel hombre le importaba muy poco o nada lo material; lo que de verdad quería y necesitaba era a ellos. Cada vez estoy mas convencido de que sobran medios e inventos en nuestras iglesias, dinámicas y reuniones y, por el contrario, brillan por su ausencia y hacen falta adoradores: hombres y mujeres que se sienten, al calor de un sagrario o a la sombra de un crucifijo, hablando o dejando que diga algo el silencio de Dios; cristianos que saquen chispa y jugo al paladar leyendo o masticando la Palabra de Jesús. En cierta ocasión un sacerdote se puso delante del Señor y comenzó a enumerar el completo programa de actividades cumplido en ese día: *Señor he madrugado y he bajado al despacho para atender a numerosos feligreses.*Señor, he visitado cuatro enfermos que necesitaban auxilio.*Señor, he puesto en orden la biblioteca parroquial.*Señor; tu sabes que, durante toda la tarde, he estado atendiendo a catequistas y padres. *Señor, he estado al frente de algunas decisiones para las obras que tengo pendientes en tu templo.*Señor, me he cansado en las sucesivas reuniones con los sacerdotes y grupos.*Señor, he tenido que acudir a las entidades bancarias para interesarme por la caridad de mi parroquia.*Señor, he planteado programas que serán de vanguardia y rompedores en mi acción pastoral para el próximo curso. Y así, después de una larga lista de pequeñas o de grandes acciones, el sacerdote clavó los ojos en el crucificado preguntándole; ¿qué más quieres que haga, Señor? Jesús, desde la cruz, le contestó: “has olvidado lo más importante; el estar un rato conmigo…te has olvidado de mí ¿Cuánto hace que no rezas?”. Más razón que un santo tiene el Señor cuando nos dice; “sólo una cosa es necesaria”. Me quedo con lo que Jesús propone a María : sentarnos frente a Él con asiduidad y dejar que repose, refrescándose el alma que todos llevamos dentro. Porque si no es así, lo demás sobra.

 

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