Ecos del Evangelio

25 mayo, 2017 / Carmelitas
Te vas pero te quedas

LA ASCENSION DEL SEÑOR CICLO A 2017

Yo me imagino que los Apóstoles, después de la angustia del Viernes Santo, debían vivir gozosos los días siguientes a la Resurrección, disfrutando de la presencia del Señor, recordando con Él momentos y acontecimientos de su vida pasada, sintiendo su cercanía, asimilando sus enseñanzas y anhelando el cumplimiento de sus promesas. Es seguro que aquellos hombres no olvidarían nunca los momentos vividos juntos al Resucitado y que, cuando los vivieron, debieron desear que no acabasen.

Pero no se puede vivir de nostalgias. Aquellos hombres no estaban previstos desde toda la eternidad para estar siempre quietos alrededor del Maestro, oyéndole y comiendo con Él el pescado que había preparado amorosamente para ellos.

Cristo se encarga de sacarlos de su ensimismamiento y, en vísperas de su marcha definitiva, les da una “orden terminante”: Id al mundo. Es una llamada de atención que los orienta hacia su verdadero destino, que les deja claro lo que tiene que ser su principal foco de atención: los hombres.

Todo lo que habían vivido, lo que habían oído, lo que habían presenciado, todo lo que se les prometía, no les era dado para ellos solos, para que lo guardaran en el fondo de su corazón o en los entresijos de su memoria; les había sido dado para que lo transmitieran a los hombres, a todos los hombres. Y para eso tenían que vivir con los hombres, en medio ellos, participar activamente de sus problemas, de sus inquietudes, sus esperanzas y sus desasosiegos; tenían que estar al lado de los hombres compartiendo con ellos lo que verdaderamente les interesaba, aquello para y por lo que vivían, aquello que daba sentido a su existencia.

De ninguna manera se puede concebir a un cristiano viviendo al margen de los hombres y por eso no puede justificarse la imagen, común hasta hace poco e incluso en nuestros días, del cristiano indiferente ante los acontecimientos vitales de su tiempo, empequeñecido ante la evolución del mundo, miedoso ante las novedades, esquivo ante la marcha de la historia. Un cristiano así no ha entendido su misión y, desde luego, nunca podrá ser semilla, fermento, luz y sal.

No podemos quedarnos « plantados mirando al cielo». Hemos de volver a la ciudad, al trabajo… pero siendo sus testigos aquí y allá. Que la memoria de Jesús no sea nostalgia ni simple recuerdo, sentimiento intimista inoperante, intrascendente. Sino impulso de seguirle hacia los hombres, hacia el Reino.

La Ascensión es una invitación al realismo cristiano y no una evasión a un falso cielo deseado. Los ángeles invitan a mirar a la tierra y preparar su vuelta aquí entre los hombres. La fe es una alienación si uno se despreocupa del mundo. Esa fe alienante está condenada por los mismos ángeles: «Galileos, qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse». Teilhard de Chardin decía: «La fe en JC se podrá en el futuro conservar o defender, sólo a través de la fe en el mundo».

Nos ha resultado más cómodo ubicar a Xto, el Hijo de Dios, a la derecha del Padre en el cielo, que hacer sitio al Hijo del hombre en nuestro mundo y por encima de nuestros intereses. Creer en Dios no es muy difícil, sobre todo si lo situamos en el cielo. Lo difícil -y eso es el cristianismo- es aceptar que Dios se ha hecho hombre, que es hombre, que vive y está con nosotros, precisamente en el prójimo. Eso es difícil de creer, porque eso nos compromete y nos complica la vida, cuestionando nuestra seguridad, nuestro bienestar, nuestro progreso frente al riesgo, malestar y subdesarrollo de tantos millones de Xtos vivientes… en los que no creemos y a los que olvidamos y rechazamos.

Lo dice claramente Cristo. Y además dice para qué hemos de ir: para hacer discípulos. Atención a la palabra: discípulos, no prosélitos. Prosélitos hacían los fariseos y en su fanatismo eran capaces de recorrer el mar para conseguir un solo prosélito. Pero cuando lo conseguían convertían al prosélito en un ser desgraciado, agobiado con las pesadas cargas que echaban sobre sus hombros, atado al carro de la Ley. Nada tiene esto que ver con el mandato de Cristo.

El Señor quiere discípulos, no prosélitos; discípulos que respiren la libertad que Él trajo a la tierra; que sean como el Maestro. Quiere discípulos que, como Él, digan que hay que ocupar los últimos puestos y los ocupen; que digan que hay que servir a los hombres y que los sirvan de verdad; que digan que Dios es amor y se lo crean y lo vivan; que digan que hay que perdonar y perdonen; que digan que los pobres y los que sufren y los que no saben son los preferidos de Dios y sean también sus preferidos. Hay que ir al mundo para conseguir discípulos de un Maestro que vivió todo cuanto dijo.

Conseguir esta clase de discípulos es fundamental para el cristianismo porque los hombres podrán discutir las palabras e incluso las ideas pero difícilmente discuten la vida, los hechos, las realidades contantes y sonantes. De ahí que los cristianos no seremos eficaces, sobrenaturalmente hablando, si no somos capaces, individual y colectivamente (como Iglesia) de vivir lo que decimos creer.

Es fundamental adquirir ese estilo de vida, reflejo práctico de la fe, si queremos cumplir fielmente el mandato del Señor que hoy nos recuerda expresamente el Evangelio. Y para que podamos cumplirlo, el propio Evangelio recoge hoy una espléndida promesa de Cristo: “Y sabed que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Es una promesa que deberíamos recordar “todos los días”.

El que manda a los suyos al mundo con la misión de descubrirle a Dios no es ningún muerto, ni un gran ausente, es un ser vivo que está respirando al lado de cada uno de los suyos, todos los días. Si los cristianos podemos ir al mundo sin miedo y sin complejos es porque sabemos que no vamos solos, que junto a nosotros está realmente el Maestro, tan realmente como estaba con aquellos once que les oían sus últimas palabras sobre la tierra. Es importante que nos creamos esto y que lo vivamos, porque ahí radicará nuestra fuerza.

Es muy posible que en nuestra salida al mundo sintamos frecuentemente la tentación de abandonar el intento, de refugiarnos en nuestros cuarteles de invierno para huir de la responsabilidad o no luchar contra el desaliento o la impotencia. Nada de esto sucederá de forma definitiva, aunque sintamos la tentación, si estamos convencidos de la verdad que encierra la promesa que hoy nos hace Cristo; si de verdad creemos que a nuestro lado, participando de nuestras dudas, decisiones, avances y retrocesos, está Cristo vivo.

Hay que pensar en este Día de la Ascensión cómo cumplimos el mandato de ir al mundo, de salir de nosotros y de nuestra cómoda indiferencia; hay que pensar hasta que punto cumplimos el mandato de Cristo y vivimos junto a los hombres enseñándoles cómo se practica todo lo que El enseñó; hasta qué punto estamos convencidos de que tenemos en la mano la mejor solución para el mundo, que cambiaría radicalmente si se aproximara a la autentico mensaje de Cristo basado fundamentalmente en una gran verdad: que Dios es Padre y todos los hombres hermanos. El mundo nuestro, a pesar de sus ampulosas declaraciones, está falto de la voz que le lleve el eco de Cristo y le haga reaccionar ante tanta promesa incumplida y tanto deseo insatisfecho.

No nos quedemos con los ojos mirando al cielo. Entre otras cosas porque, Dios nos necesita como “otros cristos” anunciando sin temor ni vergüenza, con pasión y con entusiasmo la novedad del Evangelio.

-Si estamos bautizados, ¿por qué no estamos dispuestos a realizar la tarea de la fe? ¿Por qué no pasamos del rito al reto del Reino? ¿Buscamos el Reino de Dios y su justicia? ¿Somos heraldos del Reino?

¿Qué anunciamos, qué dicen nuestras obras, nuestras palabras, nuestras ilusiones, nuestras expectativas? Vamos a la Iglesia Estamos en la Iglesia. Pero la Iglesia no es un edificio formado por piedras, por muy bonitas que sean, sino un conjunto de personas con una misión concreta ¿Qué hacemos en y con la Iglesia? ¿Participamos en la misión de la Iglesia? ¿En qué colaboramos con nuestra parroquia? ¿Estamos activos en sus organizaciones? ¿En el voluntariado en tantas tareas de la Iglesia?, ¿o lo dejamos todo para profesionales? ¿Cómo, entonces, profesamos nuestra fe?

TE VAS, SEÑOR, PERO TE QUEDAS

Te vas, Señor, pero te quedas en el Evangelio.

Te vas, Señor, pero vives en los que te amamos.

Te vas, Señor, pero hablas en los que dan testimonio de Ti.

Te vas, Señor, pero te dejas comer en la Eucaristía.

Te vas, Señor, pero te haces audible por la oración.

Te vas, Señor, pero te dejas adorar en el Sagrario.

Te vas, Señor, pero te dejas abrazar en el prójimo.

Te vas, Señor, pero te dejas ver en el que sufre.

Te vas, Señor, pero te haces visible en el amor.

Te vas, Señor, pero gritas en el que habla en tu nombre.

Te vas, Señor, pero vendrás en un nuevo soplo del Espíritu.

Te vas, Señor, pero nos enviarás la fuerza de tu presencia.

Te vas, Señor, pero nos darás el hálito de tu vivir.

Te vas, Señor, pero andarás en los pies de tus enviados.

Te vas, Señor, pero tu nombre será universalmente conocido.

Te vas, Señor, pero vivirás en los que guardan tus mandamientos.

Te vas, Señor, pero tu Iglesia debe espabilar para ser un signo mas trasparente de tu presencia.

Te vas, Señor, pero tu partida nos hace madurar.

Te vas, Señor, pero tu Ascensión es suerte que nos aguarda.

Te vas, Señor, pero tu vida en el cielo es plenitud de felicidad.

Te vas, Señor, pero tu estar en el cielo, es garantía y seguridad de todo lo que nos espera cuando se vive, como Tú lo has hecho, primero en la tierra.

Te vas, Señor, pero más que nunca…vemos que te quedas.

Amén.

 

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