Ecos del Evangelio

21 agosto, 2017 / Carmelitas
Ten compasión de mí, Señor

Domingo XX T. O. Ciclo A.

En la primera lectura del profeta Isaías, Dios asegura su benevolencia a cualquier extranjero que crea en Él y siga cumpliendo su ley: “Los atraeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración… Mi casa es casa de oración y así la llamarán todos los pueblos”. La elección de Israel no significa rechazo de los otros pueblos, pues está ordenada a la salvación de ellos.

En la segunda lectura de San Pablo, el apóstol no renuncia a buscar todos los caminos para conducirnos en la fe en Cristo y, dedicándose con celo a la conversión de los gentiles, lo hace con la esperanza secreta de despertar y salvar a algunos de ellos.

Dios no se arrepiente de sus dones ni de las promesas hechas a Israel, su llamada y su amor son irrevocables. Si nosotros nos arrepentimos, Él está pronto a perdonarnos, pues como los paganos -desobedientes a su palabra- somos ahora acogidos por su misericordia. Así, los judíos que rehúsan a Cristo, cuando tornen a Él, serán nuevamente sujetos de la divina misericordia.

En el evangelio de Mateo 15, 21-28, una mujer pagana toma la iniciativa de acudir a Jesús. Es una madre angustiada que vive sufriendo con una hija “maltratada por un demonio”. Cuántas madres sufren hoy en día por sus hijos, los cuales viven sin un proyecto de vida y sin encontrar el sentido de en ella. Cuántas madres salen al encuentro de Jesús gritando “ten compasión de mí, Señor”.

La primera reacción de Jesús es inesperada; ni siquiera se detiene para escuchar a la mujer. Todavía no ha llegado la hora de llevar la buena noticia de Dios a los paganos. Ella insiste y Jesús justifica su actuación: “Dios me ha enviado sólo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”. La mujer no se echa atrás y supera todas las dificultades y resistencias. En un gesto audaz, se postra ante él y detiene su marcha de rodillas. Con un corazón humilde pero firme le dirige un sólo grito: “Señor, socórreme”.

Cuántas mujeres y madres hoy piden a gritos por sus hijos como la mujer cananea. Jesús se rinde ante la mujer, su respuesta nos revela su humildad y su grandeza: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!”.

Esta mujer descubre que la misericordia de Dios no excluye a nadie. Él, el padre bueno, está por encima de las barreras étnicas y religiosas que trazamos los humanos. Jesús reconoce a la mujer creyente, aunque ella viva en una religión pagana, encuentra en ella una “fe grande”. Por lo tanto, cualquier ser humano puede confiar en Él y reconocer su fe, aunque viva fuera de la Iglesia.

Todas nosotras podemos encontrar en Él un amigo y un maestro en nuestras vidas. Él sigue haciendo mucho bien, incluso a aquellos que se han alejado de nuestras comunidades cristianas, porque Dios ve el corazón y es infinita su Misericordia.

Termino con el salmo: “Te rogamos, Señor, que seas nuestra ayuda y protección. Salva a los tribulados, compadécete de los humildes, levanta a los caídos, muéstrate a los necesitados, cura a los enfermos, vuelve a los extraviados de tu pueblo, alimenta a los hambrientos, redime a nuestros cautivos, da salud a los débiles, consuela a los pusilánimes. Amén”

Hna. Carmen Rey csj

 

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