Ecos del Evangelio

5 agosto, 2016 / Carmelitas
Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas

DOMINGO XIX T.O. CICLO C 2016

DOS AFIRMACIONES de Jesucristo en el evangelio de hoy, nos deben hacer pensar y mucho sobre nuestras vidas, no sea que estemos caminando por senderos equivocados 1ª-“Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.” Cortante y directa, esta frase de Jesús encierra una gran lección de vida. Innegablemente, los hombres de todos los tiempos, y de todas las generaciones han puesto su corazón donde han tenido su tesoro. Todos los hombres se han movido como atraídos por una aguja magnética, por ese tesoro que para conseguirlo, fuerzan lo que sea necesario el ritmo de su corazón. Por eso es tan importante saber dónde está el tesoro de un hombre, porque sabremos cómo y cuál va a ser su vida. Una encuesta de urgencia, a la que tan acostumbrados estamos, nos daría -entre otras- estas respuestas, si preguntásemos: Y usted, ¿dónde tiene su tesoro? Para unos, el tesoro sería: el poder, el placer, el reconocimiento, el dinero. Y sabríamos que sus vidas son una lucha frenética y constante para conseguirlo. Sus corazones están las 24 horas tras esos tesoros de barro, hasta que se presenta el infarto de turno, la corrupción o lo que sea menester, porque están en una competición sin descanso. A estos tesoros se apuntan una autentica “legión”, entre los que están no pocos cristianos sin ningún rubor. Para otros, el tesoro sería: las reivindicaciones del hombre, la justicia social. Y también para conseguirlo emplean lo mejor de su esfuerzo a un ritmo ciertamente intenso y trepidante. Afortunadamente, muchos hombres han puesto su mira en algo más importante que el dinero, el placer o el poder; en algo que es más importante: el hombre, pero por desgracia, solo en su dimensión material. Y aquí, ciertamente también muchos cristianos. Para otros, finalmente, el tesoro podría resumirse en una sola frase: conseguir el reino de Dios. Y aquí, según las estadísticas de cristianos, debería haber millones. Pero la realidad de la vida cristiana de muchos se encarga de desmentirlo. Porque, de verdad, de verdad, por favor: ¿Quién persigue el reino de Dios por encima de todo? ¿Quién es hoy capaz de decir que su tesoro está en ser fiel a su fe hasta el máximo de las exigencias que esta fe le exige? Todos conocemos la imagen del buscador de oro. Sin tregua ni descanso, por encima de los elementos y de los fracasos, más allá de la penalidad y de la desilusión, volviendo cada día sobre su propia angustia, el buscador de oro sigue cavando convencido de que en un golpe de martillo saldrá la chispa brillante que iluminará el resto de su vida. Ahí está su tesoro y ahí está su corazón. Ahí está su fe viva y operante, activa y enérgica. ¿Son así los cristianos en relación al Reino de Dios? Pues me temo, que una gran mayoría no. Pero podríamos hacer hoy los cristianos una experiencia interesante. Cuando estemos en casa, con un poco de paz y sosiego, atrevámonos a preguntarnos sinceramente como Pedro: Señor, ¿esta parábola la has dicho por todos o también por nosotros? La pregunta tiene sus riesgos. Quizá en el interior- no se de cuantos- sonaría una voz de modo claro y contundente que le contestaría: Esto lo he dicho por ti también. ¿Pero como puede ser que un cristiano, sí, un cristiano de hoy día, con todas las dificultades y ataques que recibimos por todos lados puede hacer suyo eso de: Tanto tienes tanto vales. Existe aquello que ves. Fíate de lo que tocas. No hay otra realidad superior al propio hombre.1.”Ante Dios, nada vale la ropa que llevas, o el teléfono móvil que utilizas; no le importa si vas a la moda, le importas tú.A sus ojos, vales, y lo que vales no tiene precio”. ¡Cuantos cristianos acomplejados ante la coyuntura que nos toca vivir! Si de verdad esperamos algo bueno, ¿por qué muchos no dan razón de ello? ¿Por qué brillan por su ausencia los cristianos en los lugares donde se deciden temas tan importantes como la vida, la Iglesia, la dignidad de las personas? En parte, la respuesta a este interrogante, viene dada, no por el fallo de las enseñanzas de Cristo, sino por la debilidad de muchos de los que se dicen cristianos. Fuera por favor complejos, medias tintas, timideces absurdas o miedos a ser señalados. ¿Acaso no es mejor morir con la cabeza alta que cerrar los ojos al mundo con la sensación de haber sido simples gallinas de corral? Un anciano, a su nieto, le instruía con lo siguiente: “tengo en esta mano una moneda de dos euros; pero, si te esfuerzas un poco más, te garantizo que en el jardín, en un lugar escondido, tienes cien más”. El niño le contestó: “abuelo, dame esa moneda hoy, que las otras….ya los buscaré otro día”. ¡Cuantos en el fondo son un poco como este niño. Lo inmediato les puede y les vence. El esfuerzo, la vigilancia, el sacrificio no son buenos amigos de las nuevas generaciones y, por ende, tampoco de muchos cristianos. Optan por “los servicios mínimos” “cumplir el expediente” “unas oraciones de vez en cuando” “hoy sí, pero mañana no” “fe sí pero Iglesia no”, etc., etc. ¿No es hora ya de tomarse en serio las cosas de Dios, y ser coherente o dejarlo? Por treinta monedas vendió Judas al mejor amigo y, a veces, por cuanto menos, muchos cristianos entregan, delegan, olvidan o marginan a Jesús de sus vidas. 2ª- Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas: Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle, apenas venga y llame. Dios vino, viene y vendrá. El cristiano debe esperar, acoger y vigilar. Mi pensamiento se va a la orilla de cualquier costa sembrada por los legendarios faros. Siempre encendidos y con su importante cometido: vigilando para que los barcos lleguen a buen puerto. La vigilancia cristiana puede estar perfectamente representada por ese faro que espera a que su Señor llegue en cualquier momento. Para que si el Señor se acerca, no encuentre obstáculos para entrar en la vida de los que creemos en Él. Para que si el Señor se decide presentarse definitivamente, nos encuentre oteando el horizonte con los prismáticos de la oración, de la escucha y meditación de su Palabra, de la riqueza de corazón, intentando cumplir su voluntad y comprometidos en el mundo con los esquemas de su reino. Existe una vieja leyenda que me contó un amigo sacerdote sobre un escultor de un Cristo penitente del siglo XVII. Había tallado y finalizado su obra cuando, de una forma imprevisible, la imagen le habló: “¿dónde me has visto que tan bien me has tallado? El artista le contestó: “en mi corazón Señor”. En el corazón es donde hemos de guardar un lugar privilegiado para que Dios siga hablando y nos siga diciendo algo. Puede ser que el mundo se empeñe en pontificar que es de día cuando, en realidad, bastantes almas y bastantes contemporáneos nuestros viven en una interminable e insoportable noche. Frente a ello hemos de seguir subiendo hasta la azotea de nuestra vida para encaminarnos con fe y con esperanza hacia el futuro. Necesitamos despertar de tanta pesadilla que nos amordaza y nos manipula. Necesitamos ser “guardas jurados” de nuestra vida cristiana para que, cuando el Señor llegue, nos encuentre creyendo, amando, cantando y pregonando sus alabanzas. Amigos, El mundo es una «sinfonía inacabada», y cada uno debe aportar su personal melodía. No una melodía para ser cantada, bailada y gozada en el salón cerrado de nuestro propio «yo», sino en ese gran templo de los hijos de Dios que es el Reino. Lo cual quiere decir que tenemos que ser protagonistas no sólo de la espera del Reino, sino ya, desde ahora, de su construcción. Dios nos ha dado unos talentos que debemos administrar y hacer fructificar. Debemos tener muy claro que hay que tener un orden de valores que evidentemente no es coincidente con el orden de valores de nuestro mundo. Es más bien un ir contracorriente, es lo de “haceos talegas que no se echen a perder”, lo del “tesoro inagotable en el cielo” del evangelio de hoy. “Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá”, debemos hacer lo que el Señor quiere. Las palabras finales de Edin Stein en su última carta, escrita a su priora durante su camino hacia Auschwitz, decían así: “la sabiduría de la cruz, solamente se puede conseguir si se siente cómo su peso carga sobre uno mismo”. Estaba convencida de ello desde el primer momento». «Por fe» supo Edin Stein cargar con la cruz para entrar finalmente en «la luz que no tiene sombras». Estaba preparada y en vela cuando llegó su Señor. ¿Qué papel y qué significado juega la fe en nuestra vida? ¿Estamos convencidos de que merece la pena tener fe, fiarse de Dios? ¿De verdad? ¿Entonces estamos dispuestos a ponerlo a mandar en nuestras vidas? Quien así lo haga, no se arrepentirá, al revés, se dirá así mismo: ¿Pero, cómo no lo he hecho antes?.

 

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