Ecos del Evangelio

1 noviembre, 2020 / Carmelitas
TODOS LOS DIFUNTOS: 2 DE NOVIEMBRE 2020

«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.

Nadie va al Padre sino por mí.»

 

Al día siguiente de festejar a todos los santos, ejemplos de como peregrinar por este mundo, nos reunimos para celebrar la Eucaristía en sufragio -también- de todos los difuntos, no sólo de nuestros familiares. Pero es natural, que hoy nuestro corazón se dirija sobre todo, a los nuestros. Porque cuando las personas que amamos mueren, se llevan consigo lo mejor de nosotros mismos.

 

¿Quién no se ha sorprendido con frecuencia, después de haberse quedado huérfano de un ser querido, hablando con él o reservándole la habitación de la casa que antes ocupaba, o cocinando las mismas comidas que a él le gustaban y que nos enseñaron? Los muertos dejan una reverberación en nuestra existencia, una especie de eco que los mantiene vivos y a nuestro lado, llenando el aire con una trémula vibración; y así su ausencia nunca es completa y pavorosa, sino reparadora.

 

Una vez superado el desconsuelo, y casi la desesperanza, que nos produce la desaparición física de ese ser querido que nos dejó, aprendemos que su presencia (¡su existencia!) nos sigue abrigando frente a la intemperie del corazón. Porque continúan existiendo, aunque no físicamente.

 

Cuando era niño pensaba que, debajo de los cementerios, había ciudades subterráneas comunicadas por una infinita red de pasadizos. Los muertos, según mi particular visión de ultratumba, apenas eran depositados en la fosa y después de escuchar con resignación las lamentaciones y responsos que se pronunciaban ante su tumba, se internaban en esa ciudad laberíntica que yo imaginaba como una mezcla de aquellas catacumbas que los cristianos primitivos excavaron para escapar al furor homicida de los emperadores romanos, y de aquellas galerías habitadas por jorobados siniestros, que Edgar Neville había mostrado en una de sus películas.

 

Pero la ciudad subterránea de los muertos diseñada por mi fantasía de niño, nada tenía de fúnebre, pues, aunque estuviese sumida en la oscuridad, era iluminada por sus habitantes, que brillaban como luciérnagas. Y esos muertos luminosos abandonaban cada noche su ciudad subterránea, para velar el sueño de sus seres queridos, para consolarlos en sus noches de insomnio y zozobra, para protegerlos contra las asechanzas de sus enemigos.

 

Aunque la infancia ya quedó lejos, sigo creyendo -porque así es- que los muertos amados, siguen presentes en nuestra vida de las formas más sutiles, a través de esa “comunión de los santos” en la que fervorosamente creo, tal vez, porque he tenido constantes pruebas de su verdad. Quienes nos precedieron en la andadura de la vida terrenal, forman piña con quienes todavía seguimos por este barrio, a veces intercediendo por nosotros, a veces demandando nuestras oraciones y sufragios.

 

No hay nada más hermoso, no hay forma de solidaridad más plena, que la comunión de las almas, que nos permite contemplar nuestra vida como un hilo que forma parte de un vasto y hermosísimo tapiz. Para dificultar o impedir la visión de este tapiz, se han inventado diferentes aquelarres paganos, a las que desgraciadamente se apuntan muchos cristianos, en vez de ser estas fechas, ocasión para la oración intensa por nuestros difuntos. AMIGOS, HAY COSAS EN LA VIDA, QUE NO ADMITEN BROMAS, y seria bueno, que todos colaborásemos con nuestro no, a esas celebraciones macabras.

 

La esperanza cierta en volver a ver a nuestro seres queridos, ha sido sustituida en las mentes arrasadas de esta generación, por toda clase de mamarrachadas. Mientras que los muertos, que ven las cosas cara a cara y no confusamente como a través de un espejo, se quedan solos en los cementerios, porque muchos de sus familiares se dedican a esos aquelarres. Pero-gracia a Dios- la soledad de los difuntos es beatifica. Mientras que muchas de nuestras soledades nos desesperan.

 

¡VIVIMOS PARA MORIR, PERO MORIMOS PARA VIVIR!

 

Gracias, Señor, por el don de la vida, Porque, aun siendo un viaje de relámpago por la tierra, merece la pena contemplar, gustar y sentir la belleza que tu mano creó aquel lejano día.

Gracias, Señor, por la hermana muerte que, de forma cruel o dulce, nos visita y nos recuerda que somos frágiles y no yunques; que tarde o temprano nuestro cuerpo se desmorona pero, el alma que le sustenta, va a tus brazos de Padre.

Gracias Señor, porque en el morir, está la llave del futuro vivir. Desaparecerá la oscuridad y emergerá la luz. Se evaporarán las lágrimas, y nuestros ojos te verán. Saltaremos del silencio, y cantaremos tus maravillas.

 

Porque sabemos que, más allá del duro madero, aguarda un cielo abierto por tu Ascensión gloriosa.

Porque creemos que, en tu Resurrección, está la segura y certera respuesta para la nuestra.

Porque bien sabemos que a este mundo nuestro, vinimos de noche o de mañana a darnos un breve paseo.

Porque, aunque lo olvidemos, a esta tierra nuestra, aterrizamos como lo hace un avión, hacemos una escala, para luego emprender otro vuelo más alto y definitivo.

Porque en este suelo, de gozos y de lágrimas, hemos ido dejando sudores y esfuerzos, fe, oración y confianza en Ti, que tienes la última palabra. Por eso, con todos nuestros difuntos, hoy más que nunca -mirando hacia lo alto- confesamos:

 

¡VIVIREMOS, CON CRISTO!

 

 

Sí, merecisteis algo más, mucho mas, mientras estabais aquí. Algo más que un silencio por aquellas palabras que, estando vivos entre nosotros, fueron consuelo, fuerza y esperanza. Palabras que, no sabemos cómo ni de qué manera, llenaron tantos espacios ahora muertos.

 

Merecéis mucho más que una lágrima, porque las vuestras, fueron llanto y ríos en abundancia, cuando nuestros errores o decepciones no siempre estuvieron a la altura de lo que valíais.

 

Merecéis mucho más que caer en el olvido o en el absurdo, cuando sin quererlo o sin saber por qué, dejamos vuestros restos esparcidos en bosques o en playas campos o mares, calles o plazas, cuando, como cristianos sabemos, que sois semilla destinada a descansar en un Camposanto.

 

Y seguís mereciendo muchos más que un día con veinticuatro horas de recuerdos, porque vuestras pisadas en nuestros pasos, fueron aliento y entrega permanente cuando la vida nos castigaba cruelmente en nuestro caminar.

 

Merecéis mucho más, que una lágrima sin futuro o unas flores sin eternidad. Merecéis mucho más que una añoranza sin esperanza, o un “gracias” sin un apostar por el más allá.

Merecéis mucho más que un recuerdo sin llorar previamente nuestro arrepentimiento. Arrepentimiento por las veces que, en el aquí y no en el allá, no os dimos el abrazo que ahora os daríamos; el beso que tal vez os negamos; o el oído que, tal vez por falta de tiempo, os retiramos.

 

¡Qué fácil es amar cuando alguien se va y qué difícil, el Señor nos lo pondrá, cuando tal vez nos pregunte! ¿“Qué hiciste en vida con tu hermano, tu padre, tu madre, tu abuelo o tu vecino, tu sacerdote o tu amigo”? Porque, no lo olvidemos, ellos son nuestros mientras viven junto a nosotros, pero son de Dios cuando marchan de este mundo. Y lo que NO hemos hecho a ellos, NO lo hacemos a Dios.

 

A pesar de que no correspondimos como debíamos a vuestro amor.¡Ay cuanto os amamos!

 

Os escapasteis de la familia que os vio nacer, a los cielos que hoy, en puertas abiertas, os saben acoger. ¡Alas!… ¡alas a los cuatro vientos!

Son vuestros brazos llenos de esfuerzo y tiempo, los que hemos abrazado. Diamantes… ¡diamantes vuestros ojos! con cicatrices de mucho esfuerzo y sufrimiento, pero más limpios que el agua salida de un recién estrenado manantial.

Ascendisteis habiendo sentido los azotes de un mundo turbulento, sin tiempo para la felicidad, sin días para haber recorrido las calles con serenidad.

Os habéis ido…con sonrisas y sufrimientos en el rostro, preguntando tal vez, mil porqués. Marchasteis con el alma llena de esperanzas, pero también de por qués.

 

Hoy el cielo está de enhorabuena, mientras nosotros, estamos sumidos en el llanto y en la tristeza. Entrasteis en la ciudad de Dios, sonó su trompeta más afinada que ninguna otra. Porque entrasteis en la felicidad sin ocaso, vuestros cantos eran los preferidos por Santa María, la buena madre.

Vuestro cuerpo… fue mecido por los brazos de los ángeles mayores, que supieron arrullaros a una sola voz.

 

 

Hoy…el cielo abre sus puertas de par en par. Hoy es un día de puertas abiertas.

Hoy vuestros nombres resuenan con especial emoción: y Dios, que tiene mucho de Padre y sabe otro tanto del amor, supo acogeros y enseñaros las plazas y los rincones de su nueva casa. Si, ya habéis nacido para el cielo, pero sabed, que quedáis grabados en el corazón de padres y abuelos, hermanos, familiares y amigos que hubieran dado el oro, la fortuna y el todo por vosotros. Pero sobre todo no nos olvidéis. Nosotros queremos también compartir un día y para siempre, la felicidad que ya poseéis.

Ojalá tengamos el oído, porque nos seguís hablando:

 

*Tener en cuenta -nos decís- que aunque veloces o tarde, un día, marchamos de vosotros, y es desde aquí, desde la eternidad, donde la vida y las cosas de Dios lo vemos de manera diferente.

* ¡CREED! Porque, es ahora, desde aquí, cuando palpamos el valor de la fe.
Cuando comprobamos que las dudas que teníamos fueron del todo injustas.
Cuando, al desvanecerse la ficticia nube de la existencia, contemplamos que, el Señor, nos tenía preparado un inmenso cielo con el color del Paraíso.

*No perdáis el tiempo, nos decís, en envolturas secundarias.

*No os perdáis en escaleras que conducen y finalizan en triunfos humanos pero de corta distancia.

*No os quedéis mirando a lo que pudo ser y no fue, ni pretendáis ser reyes de un reino con muchos ideales, pero con muchos sueños no realizados.

*Un día cerramos los ojos con fe y alentados por la esperanza. En unos casos sentimos vuestro cariño y vuestra mano. En otros, nos sentimos huérfanos y abandonados, como si –nuestra presencia- resultase costosa y de alto precio.

*Al partir, vimos que vuestros rostros lloraban con lágrimas amargas porque nos amabais. Y también observamos corazones fríos e indolentes como si, tal vez vosotros, no fuerais a morir nunca.

*Si queréis libraros de los eslabones de la muerte, no deis crédito a lo que aparentemente es fuerte. ¡Sólo Cristo es lo que de verdad permanece vivo y presente!

*Mientras tanto, a nosotros, nos queda el despertar del sueño. De esa noche, en la que también vosotros, entraréis hoy, mañana o en un amanecer incierto.

*Presentaros en ese momento con la fe como credencial; con vuestras buenas obras como aval y, con la confianza de los hijos de Dios.

 

 

Os esperamos sabiendo que, ahora mismo, nos empujáis más y más hacia el abrazo del Padre, con vuestra oración, vuestras flores, vuestra súplica, y sobre todo con vuestra eucaristía y vuestro amor.

 

 

¡NO DEJÉIS A DIOS, NO DEJÉIS A DIOS, Y EN ÉL NOS ENCONTRAREMOS EN ESE ABRAZO SIN FIN!
¡OS LO DECIMOS, PORQUE OS SEGUIMOS QUERIENDO!

 

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