Ecos del Evangelio

5 agosto, 2017 / Carmelitas
Transfigúralos, Señor

LA TRANSFIGURACION DEL SEÑOR 6 DE AGOSTO CICLO A 2017

La celebración dominical de hoy tiene un acento peculiar porque coincide con una fiesta del Señor: la que conmemora su transfiguración en la montaña como un anuncio -que precede a su pasión- de su resurrección gloriosa.

Los discípulos son obstinados y sólo quieren ver a Jesús como un Mesías triunfal e invencible. Pero Él no se deja encasillar en esas pretensiones puramente mundanas de sus discípulos y de la multitud. Es fiel a la voluntad del Padre y por eso acude a la oración, para recibir la guía necesaria para elegir el camino adecuado.

Cuando sube al monte, símbolo del encuentro de Dios con el ser humano, en compañía de Pedro, Juan y Santiago, éstos se duermen. No son capaces de imitarlo en la oración. Únicamente se despiertan cuando ven la gloria del Hijo de Dios, que era lo único que ellos querían ver. Pedro se adelanta y le pide a Jesús que hagan tres chozas iguales: para el profeta Elías, el legislador Moisés y el Maestro Jesús de Nazareth. Estos entusiastas planes son contrarios a la voluntad de Dios. El Padre quiere, ante todo, que la humanidad escuche a su Hijo y comprenda su camino, que no pasa por el triunfalismo de Pedro y los discípulos, que no pasa tampoco por el triunfalismo de muchos de sus actuales seguidores.

El camino de Jesús no es el de los triunfos rimbombantes, sino el de un éxodo a Jerusalén. En esta ciudad el Mesías había de sufrir porque la gloria de Dios no actúa desde el terror y el poder infalible, sino desde la más llana humildad. “La gloria de Dios es que el ser humano viva” (san Ireneo de Lyon), y eso era lo que pretendía Jesús: las personas somos todas iguales ante Dios y debemos vivir en continua solidaridad, resolviendo los conflictos por la vía pacífica. Sin embargo, los discípulos estaban empeñados en un mesianismo que era el del demonio, porque se basaba en el poder, en el prestigio y en el dinero.

El éxodo a Jerusalén exigía un cambio de mentalidad: el camino no iba a ser una arrolladora campaña política triunfal, sino una formación para el servicio en medio de dificultades y constantes tentaciones. Los discípulos sólo comprendieron esto después de la muerte de Jesús. La experiencia del resucitado los llevo a comprender el verdadero sentido del mesianismo de Jesús.

La revelación que los discípulos recibieron en el monte fue una reprensión por su obstinación. Ellos estaban empeñados en convertir el proyecto de Jesús en un eco más de los imperios que los hombres han fundado en la tierra. La voluntad de Dios se muestra contraria a este propósito al señalar que el camino correcto es el que emprende Jesús.

Mucho clero y movimientos religiosos hoy caen en la tentación que padecieron los discípulos. No entienden que el camino de Jesús es el de la humildad, la solidaridad, la compasión y el servicio desde la debilidad y la apertura incondicional al ser humano. Por esto, tratan de convertir sus “vocaciones” e instituciones en grandes emporios dedicados al crecimiento propio y no al servicio del ser humano. Su mentalidad se va anquilosando y terminan imponiendo sus particulares ideales a los fieles. Sustituyen así el proyecto de Jesús por su propio proyecto egocéntrico. Temen la debilidad y humildad con las que el Hijo de Dios realizó su éxodo para transformar al ser humano decrépito en hombre o mujer nuevos.

Cierto que el cristianismo es haber encontrado nuestra propia imagen de hombres en Jesús de Nazaret. Cierto que ello nos compromete en la transformación radical y estructural de esta tierra. Pero precisamente por todo ello es necesaria en todo cristiano que sea verdadera la presencia de un elemento místico de configuración (y transfiguración) con Jesucristo.

No se puede reducir el cristianismo a las tareas sociales, a la lucha ideológica, a reivindicaciones salariales, a mejores humanas y sociales en el tercer mundo, a lucha obrera. Si en todas estas luchas el cristiano no se siente alentado por una presencia interior de Jesucristo, si pierden para él sentido la oración, la contemplación y la espera del Señor más allá de la muerte y de todas las realidades terrenas, su cristianismo habrá sido castrado en uno de sus elementos esenciales.

Dicen que el verdadero revolucionario no deja de ser un místico. Y en la Iglesia estamos pasando quizá de tener muchos místicos evasivos a tener ahora muchos revolucionarios que no son místicos. Lucha y contemplación.

No se trata de oscilar de un extremo a otro. No se trata de buscar la línea media, el equilibrio exacto en el punto medio. Se trata de buscar la síntesis, la suma. Estoy diciendo que la contemplación, la trascendencia, la nostalgia del cielo, la anhelante espera de la venida del Señor Jesús tiene también un lugar necesario y esencial en la vida cristiana.

Por tanto lucha y contemplación son gemelos inseparables. La lucha diaria nos debe llevar a la contemplación y la contemplación a la lucha diaria.

El Evangelio del Tabor es una invitación a la esperanza, pero también a la realidad de una existencia consagrada al cambio, al crecimiento. Al crecimiento y a la transformación del hombre, de la comunidad y de la Historia.

Pero para eso, previamente hay que hacer nuestra esa invitación de la voz de Dios que les dice a los presentes en el Tabor: ” Este es mi Hijo. Escuchadlo”

Los hombres ya no tenemos tiempo para escuchar. Nos resulta difícil acercarnos en silencio, con calma y sin prejuicios al corazón del otro para escuchar el mensaje que todo hombre nos puede comunicar. Encerrados en nuestros propios problemas, pasamos junto a las personas, sin apenas detenernos a escuchar realmente a nadie. Se diría que al hombre contemporáneo se le está olvidando el arte de escuchar.

La experiencia de escuchar a Jesús puede ser desconcertante. No es el que nosotros esperábamos o habíamos imaginado. Incluso, puede suceder que, en un primer momento, decepcione nuestras pretensiones o expectativas.

Su persona se nos escapa. No encaja en nuestros esquemas normales. Sentimos que nos arranca de nuestras falsas seguridades e intuimos que nos conduce hacia la verdad última de la vida. Una verdad que no queremos aceptar.

Pero si la escucha es sincera y paciente, hay algo que se nos va imponiendo. Encontrarse con Jesús es descubrir, por fin, a alguien que dice la verdad. Alguien que sabe por qué vivir y por qué morir. Más aún. Alguien que es la Verdad.

No estamos solos. Alguien cercano y único nos libera una y otra vez del desaliento, el desgaste, la desconfianza o la huida. Alguien nos invita a buscar la felicidad de una manera nueva, confiando ilimitadamente en el Padre, a pesar de nuestro pecado. ¿Cómo responder hoy a esa invitación dirigida a los discípulos en la montaña de la transfiguración? “Este es mi Hijo amado. Escuchadlo”.

Quizás tengamos que empezar por elevar desde el fondo de nuestro corazón esa súplica que repiten los monjes del monte Athos: “Oh Dios, dame un corazón que sepa escuchar”.

Cuenta Santa Teresa que hablando de Dios con el Padre García de Toledo, su confesor, vio a Jesús transfigurado que le dijo: “En estas conversaciones yo siempre estoy presente”. Y el Padre se hizo presente y su voz desde la nube decía: “Este es mi Hijo, el Elegido. Escuchadlo”.

Era como decirles: No os escandalicéis de su muerte en cruz, es mi voluntad y el único camino de la Redención. Ese hombre que camina hacia la muerte es mi Hijo, que no sólo tiene la naturaleza de Dios, sino que también recibe su poder. Seguid el camino que Él va a recorrer. Su muerte y vuestra muerte terminarán en una glorificación transfigurada.

Transfigúrame, Señor, trasfigúrame.

Quiero ser tu vidriera, tu vidriera azul, morada y amarilla.

Quiero ser mi figura, sí, mi historia, pero por Tu gloria traspasado. Transfigúrame, Señor, transfigúrame.

Pero no a mí solo; purifica también a todos los hijos de tu Padre que te rezan conmigo o te rezaron, o que acaso ni una madre tuvieron que les guiara a decir el Padrenuestro.

Transfigúranos, Señor, transfigúranos.

Si acaso nada saben de ti, o dudan, o blasfeman, límpiales el rostro, como a ti la Verónica; descórreles las densas cataratas de sus ojos; que te vean, Señor, como te veo.

Transfigúralos, Señor, transfigúralos.

Que todos puedan, Señor, en la misma nube que a Ti te envuelve , despojarse del mal y revestirse de su figura nueva, y en Ti transfigurarse. Y a mí, con todos ellos, transfigúrame, Señor, transfigúrame . AMEN

 

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